La historia de la ciencia ficción uruguaya
(2013, Llantodemudo)
.el chiste que siempre supimos...
David Bowie, “Slip Away”
1
La pornografía y la ciencia ficción están separadas por milímetros —dijo
Alfredo Kowak de espaldas a uno de los cuatro o cinco paisajes postapocalípticos
de Montevideo. Me pareció que miraba hacia el otro lado, hacia el centro o hacia el
monumento a los Caídos en la Guerra Civil.
Estábamos tomando una cerveza en la estación de servicio de Rondeau y
Libertador, ante una intersección ballardiana de paredes enormes que se levantaban
a modo del vasto panorama y desfile de todas las amenazas contra el cielo
registradas por la ciencia ficción distópica.
—El mundo en que transcurren los relatos porno es fantástico —continuó
Alfredo— es otro planeta, el planeta del porno, donde todas las minas están
buenísimas y el sexo es la cosa más fácil. Sos un repartidor de pizza que va a
entregar una muzza, te abre la puerta un minón con unas tetas hasta acá; entonces
sacás la chota y la mina te la va a chupar automáticamente porque es un alien, es
de otro planeta, ¿entendés? Nada de emociones, nada de explicaciones, nada de
nada... sacás y slurp...
Me serví otro vaso de cerveza.
—Entonces —continuó— me pareció natural escribir también porno, y todavía
más escribir porno de ciencia ficción. Siempre se puede pensar que eso no es en
realidad ciencia ficción, o sea cambiando ahora de manera de definir las cosas,
pero paga mis cuentas. Algunas.
Agarró mi libro. Me pareció que indagaba en el índice y en la bibliografía;
pasó las páginas como si buscara un apellido en la guía telefónica y, tras una pausa
teatral destinada, supongo, a darme a entender que estaba calibrando sus palabras
con cuidado, cerró el libro y me miró a los ojos.
—Le estás dando cabida a gente que no se lo merece —dijo—, todos estos
pendejos que mencionás, el del libro ese, ¿cómo se llama?... Amor... Endor...
— Gandor, el libro de Pablo García...
—Ese mismo. Estará muy bien escrito y lo que quieras, pero como ciencia
ficción es patético. Ni siquiera me parece bien escrito. O sea, es ingenuo, no tiene
sustancia, parece que el tipo nunca leyó nada posterior a Bradbury. Y tampoco
daba para meter a esta mina, la Fernández; está claro que eso no es ciencia ficción.
Es una pajereada hipster.
Tomó otro trago.
—¿Voy a buscar otra? —le pregunté, haciendo el ademán de levantarme.
—Yo no tengo un peso más; ando justo.
—No importa —le dije— invito yo.
Me levanté, tomé la botella vacía, caminé hacia el interior de la estación de
servicio y le dije a la chica que atendía, bastante interesante y con pinta de trola,
que le dejaba el envase porque iba a buscar otra cerveza. Asintió y miró el Msn en
la pantalla. Por un momento pensé en pescar su dirección de correo, pero dada mi
miopía ella habría notado el esfuerzo y mis intenciones y yo no tenía ganas de
pasar por esa situación, cualquiera fuese su resultado. Ya ante las heladeras abrí la
de las cervezas y tomé la que me pareció más fría. Regresé al mostrador, dejé un
billete de cincuenta; la chica me dio el vuelto y sonrió. El equivalente de esta
escena en el planeta del porno hubiese incluido una guiñada, una bajada al baño y
una buena chupada mirándome a los ojos con esa cara que ponen las actrices porno
cuando tienen una pija en la boca. Y paja, escupida, golpecitos con la cabeza de la
japi en los cachetes, garganta profunda y arcadas. A la vez, como porno de ciencia
ficción, hubiésemos intercambiado pautas genéticas para originar una especie
demente que dominara el universo, le cambiara las constantes como supremo acto
de destrucción... o sería exterminada en el intento. Y dejaría su memoria grabada
como una nota a pie de página a la radiación de fondo de microondas.
Alfredo seguía ojeando mi libro cuando volví con la cerveza. Ya sin disimular
leía con atención el capítulo dedicado a su obra.
—Hiciste bien en no decir nada en el libro sobre la guita de la convención o El
sueño de Tesla\ tampoco se trataba de ajustar cuentas. Y con respecto a mis
cuentos, está bien lo que ponés, me gusta que marques esa evolución de salida. Yo
me di cuenta tarde, pero ahora me parece totalmente lógico que no vale la pena
escribir desde un género, que tarde o temprano hay que salir. No podés morirte en
la ciencia ficción, como no podés morirte en el policial, el terror o el fantasy. Hay
que trascender, hacer buena literatura. Dolfer tiene razón. Pensar así a Scarone le
parecía una estupidez, pero yo ahora lo veo como algo coherente. Lo de los
géneros es un tema comercial, a mí ya no me interesa en lo más mínimo si escribo
ciencia ficción o fantasy o steampunk o cyberpunk o qué. Lo único que te digo, y
te tiro otra más porque somos amigos y nos entendemos: me gusta que hayas dicho
que la primera historia de la ciencia ficción uruguaya la escribí yo... la tuya será la
más completa, pero me gusta que la reconozcas como la segunda.
Llené su vaso y el mío; brindamos.
—Por la ciencia ficción uruguaya —dijo—; por el arte y la amistad. Por El
Planeta Con Una Sola Calle.
—¿El qué? —pregunté, con la cerveza en alto, sin beber.
—El Planeta Con Una Sola Calle; ¿no te acordás de aquel cuento de Andreoli?
Bueno, no se llamaba así, se llamaba de otra manera, pero la idea estaba genial. Era
un planeta con una calle sola. Imagínate que la calle va de A hasta... M, ponele.
Vos querés ir de A a F o de D a L, y vas por la calle, ¿no? Caminás ponele hacia el
oeste. Pero resulta que es flechada, entonces si querés ir de M a B o de G a E, si
querés moverte por la calle hacia el este, no podés. Y tenés que seguir al este, dar
toda la vuelta al planeta, meterte en las junglas, los desiertos, los océanos, las
cordilleras, todas las cosas raras que te puedas imaginar, todo, todo, y recién ahí,
dando la vuelta al mundo, que aparte es enorme, recién ahí llegás a A o B o C.
Bueno, con Andreoli decíamos que la ciencia ficción uruguaya es el planeta de una
sola calle. Si querés que te den bola, si querés llegar a algo, tenés que recorrer todo
el mundo. Y ahí, recién ahí, parece que te leen. O que te tienen en cuenta las
editoriales... Justo cuando te chupa un huevo, ¿no?
Bebió un traguito de la cerveza y agregó:
—Pero parece, acordate de eso: parece. Si no mirá al viejo Morales o a
Migliano...
Iba a decir algo cuando me detuvo.
—Y hablando de recorrer el mundo... ¿se sabe algo de Scarone?
Antes de dedicarse a la pornografía Alfredo había trabajado en Los libros de
Babel, una librería por 18 de Julio donde nos conocimos a fines de 1994. Yo tenía
dieciséis años recién cumplidos y un par de meses atrás me había autoeditado un
librillo de cuentos de ciencia ficción, alentado por un profesor de teatro de mi
liceo, veterano loser, con ínfulas de vedetonga literaria y sin otro público que un
montón de pendejos aburridos, para colmo afiliado a uno o varios de esos grupejos
de escritores llenos de viejas pitucas a las que los maridos ex milicos les financian
los libros horribles. El librito se llamó El ataque del señor de los insectos e incluía
cuatro cuentos cortos y uno más largo, todos ingenuamente derivados (entiéndase
copiados) de algún estándar del género. Armé un sistema de preventas y llegué a
casi tres cuartas partes del precio de la impresión, con el resto cubierto por mis
ahorros. Se imprimió en la imprenta que quedaba justo al lado de la casa de
Marcio, uno de mis amigos de entonces, sobre quien valdría la pena escribir una
novela (a sus dieciséis tocaba maravillosamente bien el piano, supongo que al nivel
de un prodigio, vivía con sus abuelas, era alcohólico y visitaba todos los días a su
madre, quien las noches de luna llena salía con una pistola a su jardín y le
disparaba a una pared habitada por espíritus) y lo presenté con mis compañeros del
grupo de teatro. Representamos la única obra de teatro que escribí y escribiré {La
máquina de soñar universos era el título; por suerte no la conservo) y, ya cerca del
final, mientras dedicaba libros a mis compañeros de clase, apareció Juan Carlos
Migliano, a quien yo jamás había leído y era amigo o conocido de mi profesor de
teatro. Me saludó con un apretón de manos, se llevó mi libro (gratis) y pronunció
unas palabras de tipo espero que siga con esta vocación literaria pasada su
juventud, joven escritor.
Una tarde entré a Los libros de Babel y le pregunté al primer vendedor que me
atendió si tenía a la venta Dune, de Frank Herbert. Alfredo, entusiasmado, lo sacó
de un estante y me lo ofreció, la edición de bolsillo de la editorial Ultramar. A
partir de ese momento me convertiría en cliente fiel de esa librería, y no pasaría
mucho tiempo antes de que empezáramos a hablar de la mínima presencia del
género en Uruguay, de que sería genial que existiera una revista en la que publicar,
al modo de las célebres Galaxy, The magazine of fantasy and Science fiction,
Asimov’s y todas las que conocíamos por los copyrights de los libros que
repasábamos vibrando en fiebre.
—Decime una cosa, ¿vos escribís? —me preguntó un día. Por ese entonces mis
padres tenían un comercio en una galería a dos cuadras de donde trabajaba
Alfredo; le dije que si me esperaba unos minutos podía ir a buscar algo de lo que
había escrito para pasárselo. En el local tenía algunos ejemplares del librillo; tomé
uno y casi corrí de vuelta a la librería para regalárselo. Prometió leerlo esa misma
noche y lo cumplió: al día siguiente, cuando me aparecí en Los libros de Babel, lo
primero que comentó fue que en realidad el cuento que abría el libro no era de
ciencia ficción sino “una buena historia de fantasmas”. Sentí que había llegado la
primera lectura inteligente de mi libro. Hasta el momento sus únicos lectores
habían sido compañeros de liceo y familiares; llegué a dejar algunos ejemplares en
librerías pero ante el grosor mínimo del librito, apenas un cuadernillo de 45
páginas sin lomo, las reacciones variaron desde el rechazo puro y duro, con la
mirada de cómo podés atreverte mocoso insolente a pedirnos que vendamos esta
porquería, hasta el discurso condescendiente, a veces bienintencionado, de pero no,
pibe, eso acá desaparece en los estantes, salís perdiendo si lo dejás y además... a
ver... no, pibe, ¡además es de ciencia ficción!
Pero eran los noventa.
Los otros cuentos no le habían gustado tanto, y el más largo —que yo sentía
como el plato fuerte del libro— le parecía muy inacabado (curiosamente no detectó
la copia evidente de “Los reyes de la arena”, de George R.R. Martin).
—La verdad —dijo—, tendrías que haber esperado, no haberte apurado tanto
en publicarlo. Los cuentos están bien, para alguien de tu edad están muy bien, pero
yo no hubiese sacado un libro.
Tampoco había recibido ese tipo de crítica hasta el momento. Fingí que estaba
de acuerdo.
—Mirá —añadió— yo tengo dos proyectos; uno es armar una antología de la
ciencia ficción uruguaya pero de verdad, ¿entendés? no las basuras que sacó hasta
ahora la gente de la cultura, la gente que en realidad de ciencia ficción no entiende
un pomo. Pero igual para eso falta mucho, falta investigar, falta reunir cuentos.
Vos pasame lo que tengas y cuando me guste alguno lo separo para incluir en la
antología, ¿te parece?
Asentí. Ya imaginaba que en máximo seis o siete meses aquel libro saldría a la
venta y allí estaría mi nombre y mi mejor cuento.
—El segundo proyecto no es solamente mío; de hecho yo me enteré hace un
par de días. Es la idea de otro escritor, el que para mí es el mejor escritor uruguayo
de ciencia ficción, Emilio Scarone. —Hizo una pausa, como testeando si acaso lo
conocía o lo había oído nombrar— Bueno, Scarone y otra gente están por sacar una
revista. Habían publicado un número en el 89 y se terminaron peleando, pero eran
otros en ese momento, no el mismo grupo de ahora. Estaba pensando que vos
podrías colaborar; si te parece le pido a Scarone que se venga un día por acá y
conversamos los tres. A la hora que salga nos vamos por ahí a tomar una cerveza.
Le dije que sí, que por supuesto. Supongo que los ojos me brillaban con la luz
que brotaba de las ventanitas en un acelerador de partículas a punto de explotar. A
la semana siguiente nos encontramos los tres y, para decirlo como se diría en una
novela (aunque en una novela seguramente la aparición de Scarone se haría esperar
un poco más, se inflaría de expectativas de lector, se adornaría, se volvería casi
épica, todo para apuntalar más y mejor la desilusión por el medio y la especulación
mística al final), fue así como hice mi entrada a la historia de la ciencia ficción
uruguaya. De hecho, si pensara en una ucrania personal, en un punto de
divergencia a partir del cual, negando el acontecimiento real, derivara una historia
totalmente diferente de mi vida, aquel día de diciembre del 94 sería el indicado
para un trabajo al menos interesante. Pero ahora apretó el FF: siguieron reuniones,
discusiones, traiciones y decenas de cuentos y novelas fallidas, editamos dos
números de la revista, logramos que el movimiento creciera, se diversficara,
incluyera gente dedicada a videojuegos, al cine, a la música, y, hacia fines del 96,
todo terminó. Todo, justo cuando empezábamos a soñar con una convención a
nivel latinoamericano, porque habíamos ganado un concurso de eventos del
Ministerio de Educación y Cultura, obtuvimos 5000 dólares de premio y, en un
plazo que no fue mayor a un mes, todo el dinero desapareció y junto a él el
movimiento, los dibujantes, los animadores, los roleros, los músicos, todas las
capas externas de la estrella perdidas en su explosión final que dejó, como siempre,
el núcleo ennegrecido y apagado. Mezquino, comprimido en sopas subatómicas de
rencor y dibujitos feos.
Así fue que abandoné la ciencia ficción; otros dejaron de dibujar o escribir, yo
opté por escribir y publicar libros que tenían poco y nada que ver con el género y
—no puedo evitar que todo esto suene como un mea culpa — empecé a ganar
visibilidad, a ser leído, a pelearme con idiotas, a llamar la atención de esa manera
que funciona, en Uruguay, para que te odien pero te recuerden siempre; entonces,
hace ya unos cuantos años, pensé que la historia de la ciencia ficción uruguaya,
patética y absurda, cómica e imposible, debía ser contada en un libro. Me reuní con
Matías Andreoli, Alfredo Kowak, Marcos Giménez y todos los que habían orbitado
alrededor de Emilio y su visión, su tonta, entusiasta, ingenua visión de un
movimiento de ciencia ficción en Uruguay; los entrevisté, investigué sus cuentos y
sus cómics publicados a lo largo de revistas y fanzines impresas y online de todo el
mundo; establecí sus biografías, sus bibliografías; los relacioné en dos, tres líneas
temáticas que iban desde Quiroga y Piria hasta los últimos textos
cienciaficcioneros aparecidos en antologías o en ediciones de concursos literarios;
los agrupé, los clasifiqué y los ponderé como héroes de las guerras culturales,
felizmente pasadas, porque este tipo de historias, como las de las bandas de rock,
se escriben desde el alivio, desde el presente de nubes que se disipan y el subsuelo
en descomposición.
El libro apareció en mayo de 2007 con el título de Cual retazo del espacio:
Historia de la ciencia ficción uruguaya, y desde entonces me ha quedado claro que
quedan cosas por decir, que están allí apenas la cáscara y los huesos y la promesa
de sustancia mientras que la carne, la verdadera carne, está ausente.
Indefectiblemente, entonces, me encontré escribiendo algo más, el otro lado de la
historia, si se quiere, y así este libro, que ha de ser leído ante todo como una novela
pese a que todos sus protagonistas son “reales”, es parte de la experiencia de haber
pertenecido a aquel grupo y por lo tanto mi crónica de sus días; es también una
confesión, y una pregunta que, hasta ahora, carece de respuesta. Y, como se ha
dicho tantas veces en tantos libros, estoy escribiendo ahora (digamos por ahora que
esa es la razón) para encontrar esa clave perdida, esa vida de la memoria, ese
espíritu artificial de los tiempos capaz de llenar los huecos vacíos de tantos días,
meses y años y darnos la tibia sensación de un sentido, de un significado.
La primera de las entrevistas se la hice a Matías Andreoli en abril del 2005.
Matías había conocido a Emilio poco después de la aparición del primer número de
Vermilion Sands, en 1989, y con la partida de Pablo Arismendi —nunca quedaron
del todo claros los motivos—, el puesto de mano derecha pasó a ser ocupado por
él. La de Pablo no fue la única deserción, además, y dado que el grupo original se
había dispersado por todos los nichos diminutos que empezaban a abrirse en el
recién recuperado ambiente cultural uruguayo, Emilio y Matías, solos, no pudieron
seguir adelante; cuatro años más tarde, sin embargo, el movimiento resurgiría de
sus cenizas, como diría Emilio en su versión heroica de los hechos.
Cuando nos reencontramos para la entrevista fue inevitable cagarnos de la risa
de algunos viejos chistes de las reuniones del movimiento, las historias
inverosímiles que contaba Emilio todo el tiempo incluyendo mujeres que caían a
sus pies saturadas de admiración, puertas de taxis que se abrían y femmes-fatales
despampanantes que lo invitaban a subir para acelerar de inmediato hacia el hotel
más cercano, tipos a los que golpeaba hasta casi matarlos en algún rincón sombrío
de una galería desolada, más el larguísimo desfile de idiotas, en su mayoría
dibujantes, que pasaron por la revista aferrándose a sus hojas A4 arrugadas y
arriesgando sus irreconocibles superhéroes garabateados a lápiz.
Matías, por otro lado, era el único del grupo que pasaba casi tanto en el
gimnasio como leyendo cómics o libros de ciencia ficción; su teoría era que la
inteligencia debía estar acompañada de un desarrollo físico análogo, intentando
desmentir el cliché del genio escuálido y nerd al que acosan los giles del liceo.
Supongo que en algún momento de su vida lo habrían cagado a golpes con
demasiada frecuencia y que eso lo llevó a la determinación de devolver con
intereses cada piña y patada recibida. Para ello se dedicó con una aplicación
obsesiva a las pesas, el karate, el aikido y el taekwondo, disciplinas en las que
alcanzó un nivel importante. Otra teoría es que los cómics de superhéroes y las
proezas de los jedi terminaron por calar demasiado hondo en su conciencia; sea
como fuese, Matías decía admirar a Arthur Machen porque además de un gran
escritor había sido levantador de pesas y a Thomas Disch porque en la foto de la
contraportada de 334 posaba mostrando unos antebrazos enormes; de hecho la
violencia física era, no siempre en broma, su recurso favorito para terminar
discusiones. Los científicos de sus cuentos se abrían camino golpeando a los que
contradecían sus teorías, por ejemplo, y proclamar “te rompo todos los huesos” era
su manera favorita de imponer un punto final. Aquello funcionaba de un modo
bastante deliberado como punchline o remate chistoso, y a la vez, además, como
uno de esos segmentos —tan evidentes en Emilio— que iban articulando su
personalidad y su leyenda personal. Cuando nos conocimos, en la primera reunión
del movimiento, me quedó mirando con el ceño fruncido.
—Pero Emilio, este pibe no será un enclenque, ¿no?
Y el aludido, que nos había presentado, me aclaró que para Matías (en su
“personalísima manera de entender el mundo”, dijo) un “enclenque” era una
persona, generalmente delgada y frágil, que carece de la fuerza necesaria para
luchar por sus convicciones.
—No, claro que no —le dije— ¿cómo voy a ser un enclenque si estoy acá, con
ustedes?
—Ah, respuesta inobjetable —dijo, palmeándome con fuerza la espalda.
—Matías es el único escritor uruguayo contemporáneo al que respeto de
verdad — comenzó Emilio—, que escribe ciencia ficción dura pero sin caer en los
típicos pastiches de mongochos como Asimov y Clarke.
—Pará —lo interrumpió Matías—, decí lo que quieras del memo Asimov, pero
con Clarke no te metas o te rompo todos los huesos. ¿Dónde más que en Clarke vas
a encontrar el sentido de la maravilla en estado químicamente puro? Como en
Rama o La ciudad y las estrellas o “El muro del fin del mundo”.
Emilio replicó que a él le gustaba Bailará, quien para Matías era un farsante, y
que no por eso dejaban de estimarse como escritores o amigos. Yo asistía a aquella
charla deslumbrado: estaba conociendo a personas capaces de discutir con pasión
sobre paradigmas de la ciencia ficción. Esa noche, terminado el encuentro, Matías
-que vivía con su esposa y su hija en un apartamento sobre Boulevard Artigas, a
unas siete cuadras de mi casa- me propuso compartir un taxi. A lo largo del viaje
declamó el relato abreviado de su vida y opiniones, desde su militancia durante la
dictadura pegando carteles de los sucesivos plebiscitos (y huyendo en más de una
ocasión de las balas, cuando la cosa recrudeció en 1984) hasta la novela que estaba
escribiendo, titulada El sueño de Tesla, sobre una invasión extraterrestre en la que
los aliens modificaban la historia humana con ayuda de máquinas del tiempo,
enviándose señales (se establecían en estaciones dispersas por distintos momentos
del tiempo y los universos paralelos) a través del arte y la literatura, especialmente
la ciencia ficción, y triangulando posiciones en una compleja trama de realidades
paralelas que divergían en puntos específicos, como nodos en una red.
—Mirá —decía—, acá el tema es Emilio. No hay nadie en este país de mierda
que sepa más de ciencia ficción que Emilio Scarone. Eso lo tenés que tener claro.
Pero más allá de eso, el tipo tiene fallas. Grandes fallas. Resentimientos de muchos
tipos, sociales y literarios. Esa tendencia a estar siempre mintiendo historias
pelotudas y no darse cuenta de que nadie le cree todo lo que cuenta que le pasó
antes de llegar a la reunión o el sábado de noche, porque es total, absurdamente
inverosímil. Es más: una vez le dije Emilio que si algún día él ve una nave espacial
de la que bajan cuatro alienígenas iguales a Pamela Anderson que lo invitan a
recorrer la galaxia con ellos, por más que sea verdad es obvio que no lo va a poder
contar jamás, porque se cae de maduro que nadie lo va a creer. Pero el no entiende.
Pero si es verdad, Matías, agarra y te dice. Le tenés que romper todos los huesos
para que entienda. Y es elemental, a vos te debe parecer absurdo hasta tener que
decirlo, pero él no lo entiende, aunque parezca mentira. O sea... lo entiende, con la
cabeza, porque mongólico no es, pero no lo comprende, no lo asimila. Va y lo
cuenta, pah, y los aliens eran minas con flor de culo, estuve garchándomelas todo
el viaje hasta Regulus V y las hice gritar. A él le falla eso: darse cuenta de que
nadie le cree, que todo el mundo lo escucha y no dice nada porque es buen tipo y la
mayor parte de las veces no importa que diga tantas estupideces, y mucho menos
señalárselas. O que escribe bien, tiene buenas ideas y escribió los mejores putos
cuentos de ciencia ficción que se hayan escrito en este país de mierda. Pero cuando
te hable de literatura, más allá de la ciencia ficción, ahí menos que menos le hagas
caso, o tomá lo que te diga con pinzas. Hay cosas que vas a tener que leer que él
jamás en su vida las tuvo en cuenta, y que sin embargo son fundamentales. Nadie
puede ponerse a escribir novelas sin haber leído a Proust, para empezar, y tenés
todo el universo de la poesía, aunque Emilio te diga que es cosa de putos: lo
máximo es T.S.Eliot, que tenés que conseguirte ya, Cuatro cuartetos, ya mismo. Y
todo eso nos lleva a Borges. Mirá, yo puedo cagar a patadas a cualquier estúpido
que piense que lo que escribo es basura, pero si viniera Borges y me dijera que mis
cuentos son una idiotez, bajo la cabeza, le digo sí señor y me voy a mi casa a
borrar todo y a empezar de nuevo. Una mente privilegiada. Es más: si pudiera
perderme en la mente de alguien, en todo el universo derivado de la mente de
alguien, la que elegiría sería la de Borges, sin dudarlo ni un solo instante. La mente
de Borges, ahí hay un cuento. Un tipito viaja a la mente de Borges. Lo voy a
escribir.
Años después, mientras reunía material para Cual retazo del espacio, di con un
libro que había aparecido en medio del bache de cinco años entre el primer número
de Vermilion Sands y la reestructuración del grupo. Era una colección de cuentos
compilada por Amadeo Marinari, un idiota de la escena pseudoliteraria
pseudojazzera pseudocool, casi sobreviviente de los años ochenta y autor de una
columna sabatina para el diario El país a la que era una especie de lugar común
detestar, de una manera totalmente justificada por cierto; sin embargo, pese a
integrar la lista de las figuras más despreciadas de la “cultura” nacional, Marinari
se las había arreglado para convencer a alguno de los dueños o editores en jefe de
la editorial Nuevo Siglo de publicar No más futuro , proyecto que había arrancado
en una de las tantas reuniones lloronas en el Sorocabana con todos los escritores
cuyos cuentos habían quedado inéditos después de que quedara claro que no iba a
haber un segundo número de Vermilion Sands (y no lo habría sino hasta cinco años
más tarde, cuando entré al movimiento) y que por lo tanto todos los cuentos “en
lista de espera” habían quedado huérfanos. ¿Quién iba a publicar cuentos de
ciencia ficción, entonces, y para colmo pésimamente escritos? A alguien, entonces,
se le ocurrió la idea de poner plata entre todos, armar un libro con todos esos
cuentos y buscar a alguien “conocido” o alguien “de la cultura” que lo prologara.
Nunca supe cómo fue que dieron con Marinari -o por qué terminaron por
elegirlo a él-, cuyas conexiones con la ciencia ficción eran poquísimas o ninguna;
lo que sí está claro es que el proyecto pasó a sus manos y lo mejor que se le
ocurrió, como la rata que era o es, fue cagarse en los giles que lo habían
convocado, descartar los cuentos cuyos títulos le parecían demasiado de género
(por ejemplo “Temporada de caza alienígena” o “Los cruceros
interdimensionales”), llamar a un montón de amigotes o chupamedias con cuentos
“fantásticos” que nadie más quería publicar, fugados todos de los tallercitos
literarios y las tertulias en el Mincho o cualquiera de los barcitos frecuentados por
los aspirantes a literatos, y llevarlo todo a Nuevo Siglo, donde se las arregló para
que lo publicaran sin pedirle un peso (y, por tanto, embolsándose la plata que le
habían entregado los incautos).
Finalmente, en el índice de No más futuro los autores de Vermilion Sands
quedaron en clara minoría; Emilio, sin embargo, tuvo algo así como suerte. El
diagramador de la editorial lo llamó tras encontrar una palabra que no comprendía
y que podía ser un error; se pusieron a conversar, el diagramador repasó la lista de
escritores incluidos y, ante la merma evidente en el número de escritores
vinculados a Vermilion Sands, Emilio preguntó si pese a esos cambios el dinero
reunido por los escritores todavía era suficiente.
-¿Dinero? -imaginemos que preguntó el diagramador- ¿Qué dinero? Lo pone
todo la editorial...
Emilio montó en cólera, como decían los literatos, y de inmediato procedió a
llamar a todos los afectados por la “estafa”. La opción era, por supuesto, buscar a
Marinari, cagarlo a patadas en el orto, sacarle toda la plata y buscar otro
prologuista, aunque eso implicara demorar todavía más el libro. Parecía razonable,
por supuesto, pero lo gracioso o lamentable fue que, pese a que parecieron
indignarse y putearon de manera convicente, ninguno de los estafados hizo nada de
lo sugerido por Emilio. Ninguno retiró su cuento, Marinari siguió al frente del
proyecto y nadie vio un peso de aquella colecta.
Emilio se enteró de la fecha y la hora de la reunión en la que sería repartido el
libro y entró al Sorocabana justo en el momento en que Marinari abría los
paquetes. Tuvo lugar entonces su más brillante pieza de oratoria, la larguísima
puteada ante la concurrencia atónita (se contó después que Marinari trató de
escapar hacia el baño pero fue interceptado por el índice señalador de Emilio y su
peor mirada de demente) en la que desde la exposición de la crapulencia, lo
acomodaticio, lo chuverga, lamescroto y sorbesperma, la debilidad moral, la
estupidez y la cornudez flagrante de todos los participantes del libro, contentos
como las vacas que pastan a la sombra del matadero, pasó a referirse al país
completo, nido de roedores, atajo de micos aulladores, de hijitos de mamá
incapaces de hacer lo que corresponde y bancársela, país de hipócritas, país de
canchas limpias y baños abyectos, poblado por mentes mezquinas, paralítico,
cuadripléjico, deshonroso, contaminante, país que odia todo lo bueno y lo brillante,
que decapita a todo aquel que sobresalga, que arruina toda iniciativa que amenace
con renovar la galería de fósiles y tomar por asalto el reino de los mediocres.
O al menos así fue como él lo contó.
En cualquier caso, fue gracias a No más futuro que Matías publicó sus
primeros relatos: todos ellos variaciones tributarias de temas de Borges, todos ellos
pastiches del estilo de Borges, todos ellos ridículos leídos en retrospectiva. Pero él
nunca dejó de defenderlos ni de creer perfecto y genial aquel estilo
pseudoborgesiano del que se había movido apenas algunos milímetros cuando lo
conocí —es decir, ya no empleaba palabras como “fatigar” o “verbigracia”, pero
todavía estaban, fundidos en una lógica de ciencia ficción dura, los laberintos, las
traiciones, la infamia, las falsas reseñas, los libros perdidos y los eternos
conjurados.
—¿Ahora estás escribiendo? —le pregunté.
—No, ni ciencia ficción ni fantasía ni nada literario; viste cómo es la
docencia... te hace afinar la puntería en lo que realmente te importa. Me quedo con
la divulgación científica. Ahora estoy administrando dos foros y un blog sobre
astronomía y física. Y milito en el gremio.
—¿Así que nada de ficción? —insistí.
—Nada.
—¿Sos el Asimov uruguayo entonces?
—Poné eso en tu libro y te rompo todos los huesos.
Pese a que su soñada antología jamás fue publicada, Alfredo Kowak se las
arregló para escribir una historia de la ciencia ficción uruguaya que estableció a la
crítica social y política como eje del género en el país, a la vez que dejó muy clara
cierta hipervaloración de la vertiente distópica entendida como respuesta literaria
al desfile de calamidades políticas entre mediados de los sesenta y el comienzo de
la década del noventa. Era fácil, despúes de todo: se respondía a la Guerra Civil
con guerras interplanetarias, se reconstruía el régimen de la Junta con tiranías
intergalácticas y cosas por el estilo.
Pero una conclusión lógica del proyecto de Kowak, pese a que no la explicitó y
que, de hecho, su artículo deja claro por todas partes el enorme esfuerzo conceptual
que hace falta para entronizar a Emilio Scarone como el escritor de ciencia ficción
uruguayo por excelencia, era que el único de los antologados que optó por explotar
al máximo y programáticamente esa esa línea política fue Washington Damián
Morales, especialmente en cuentos largos como “La guerra escondida” o
“Montevideo 2100 DC”.
Claro que tanto Alfredo como Emilio sostenían que, en realidad. Morales era
un escritor malísimo y que, además, era el responsable de que la primera reacción
ante el concepto de ciencia ficción uruguaya fuese marcianitos tomando mate.
Las circunstancias en que conocí al viejo todavía me resultan divertidas, y
siento que vale la pena la pena contar acá esa historia que, por supuesto, no incluí
en Cual retazo. Fue en abril de 1995, cuando estaba ya el número dos de Vermilion
Sands en kioscos y librerías y empezaba a emerger una lista posible de relatos para
la entrega siguiente. Teníamos además algo de dinero disponible porque todavía no
habíamos pagado a la imprenta (por cierto, dado que la impresión de la revista fue
encomendada al taller gráfico de un grupo de inserción laboral para discapacitados,
el que no hubiésemos pagado un peso motivó no pocas deserciones de escritores y
dibujantes cercanos al grupo, que pasaron a engrosar las filas de los “enemigos” de
Emilio añadiendo al clásico “Scarone está loco” un —entonces— novedoso
“Scarone es un hijo de puta cagador de rengos y mongólicos”), y añadiendo que,
para nuestra sorpresa, el número dos había logrado cierto éxito de crítica que nos
envalentonó todavía más, sobre todo cuando aparecieron los primeros elogios al
estilo de “mucho más que marcianitos tomando mate”, empezamos a creer de
verdad que podíamos llevar adelante nuestra pequeña revolución literaria. Fue
entonces cuando se volvió un estribillo de todas las reuniones proclamar que
atravesábamos los Años Milagrosos de la ciencia ficción uruguaya y que el género
regresaba del olvido y las tinieblas con un cuchillo entre los dientes y mucha sed
de sangre. Entre los miembros del grupo en ese momento de plenitud estaba
Marcos Giménez, que, si bien escribía relatos (en su mayoría microficciones o
cuentos ultracortos del tipo “creamos el virus perfecto: donde hay átomos se los
come. Ahora lo tenemos encerrado en lo más hondo de una mina de sal; según los
modelos de proliferación se habrá abierto camino hacia la superficie dentro de tres
meses. Ya pensaremos en algo”), el grueso de sus colaboraciones a las páginas de
Vermüion eran artículos sobre Star Trek The Next Generation y el mundo del
comic de superhéroes. La primera vez que entré a su casa quedé petrificado ante
las paredes atravesadas por estanterías llenas de revistas, ediciones prestige,
colecciones encuadernadas y figuras de acción que iban desde el capitán Jean-Luc
Picard hasta el villano menos conocido (por mí al menos) de las aventuras de
Linterna Verde. No era especialmente generoso a la hora de prestar (excepto las
revistas baratas, de las que, supongo, tendría varios ejemplares de cada número),
pero, dado el amor que sentía por las historietas y los complejos multiversos
Marvel y DC, estaba siempre dispuesto a pasar horas explicando las líneas
arguméntales más complejas.
Yo sabía poco y nada sobre cómics. En la primera reunión de Vermilion Sands,
por ejemplo, fue toda una sorpresa ver a Matías intercambiando Pepsi Cards de los
héroes Marvel con Marcos como si tuvieran 8 años y uno pasara revista — tengo,
tengo, tengo, falta— a las figuritas del otro. Además no pude evitar poner cara de
hoja en blanco cada vez que alguien aludía al Simbionte, su relación con
Spiderman y su “obvio” parecido con tal y cual cuento de A. E. Van Vogt. Así, mi
ignorancia, que pronto quedó en evidencia, me convirtió en el receptor perfecto
para la vocación docente de Marcos; de hecho, su manera de acercarse para
conocerme fue preguntándome lo que él entendería como una cuestión básica (en
oposición a cosas más de erudito), es decir qué opinaba yo del uso de Green
Arrow en el The Dark Knight Returns, de Frank Miller.
No sé, nunca lo leí.
El pobre Marcos se ruborizó.
—¿Cómo que no lo leiste? —preguntó. Me negué con la cabeza— ¿Y
Sandman y Secret Wars y V de vendetta y Año uno y Age of Apocalypse y Arkham
Asylum y Gotharn Luz de Gas , y... ?
—No, cero —le dije— no leí ninguno de esos cómics.
Se cruzó de brazos. —Algo va a haber que hacer para solucionarlo. ¿Por qué
no te vas a lo del viejo Morales? Si querés yo te acompaño y te ayudo a elegir.
Como tampoco sabía quién era “el viejo Morales” Marcos procedió a
explicarme: Morales era uno de los escritores “clásicos” de ciencia ficción
uruguaya, un tipo bastante jodido, se decía, al que se le había muerto un hermano
en la Batalla del Cerro y, años después, terminó preso por los militares hasta el 78.
Hacia el fin de la dictadura abrió la primera librería especializada en cómics y
ciencia ficción de Uruguay, “La cueva del aficionado”, ubicada hasta 1999 en el
garaje de su casa en el barrio Sayago y después mudada a la Ciudad Vieja. Era en
La cueva, concluyó Marcos, donde yo iba a encontrar todos los cómics que
necesitaba leer.
A último momento, un sábado por la mañana, mi improvisado docente de
historietología debió cancelar el viaje, pero igual fui solo, después de que Marcos
me explicara cómo llegar. Me presenté como amigo de Marcos Giménez, le
expliqué al viejo que era nuevo en el mundo del comic y que empezaba a armar mi
colección. Se portó muy amablemente; incluso me invitó con unos sándwiches que
tenía en su mesa (era su gesto con los clientes jóvenes; a los mayores les servía
whisky barato) y me orientó entre las estanterías laberínticas de su librería/garaje.
También solicitó mi nombre y teléfono para su base de datos; cuando se lo dije, y
por aquel entonces ya estaba usando Stahl como “apellido artístico”, puso cara de
estar indagando en su memoria. ¿Dónde leí ese nombre antes?, me preguntó o se
preguntó.
—Quizá en Vermilion Sands —le dije— Estoy colaborando con la revista, y en
el número dos hay un cuento mío.
—¡Ah, sí, sí! Muy buen cuento, conciso, redondo, y es cierto que en la nota
biográfica decía que su autor tenía dieciséis años. ¡Felicitaciones, joven! Le auguro
un futuro brillante en la ciencia ficción uruguaya, si es que tal cosa existe. Pero
también le doy un consejo: tenga mucho cuidado con Scarone, mire que está loco,
loco de remate, perdidamente loco. Tenga ojo, le digo; y ojo con dónde lo sigue,
ojo con lo que repita, mire que ese hombre, y no exagero, es peligroso. Se lo dice
un veterano que ha pasado por la picana eléctrica, ¿sabe? Y por cigarrillos
apagados en la piel y por el submarino. Así como me ve, esta cabeza fue sumergida
en más de una ocasión en agua cargada de vómito y excrementos. Creo que eso
hace mis consejos atendibles, ¿verdad?
Asentí, un poco nervioso, y el viejo, que se dio cuenta de que me había hecho
sentir incómodo, me palmeó un hombro en una buena simulación de afecto.
—Esperá que te traigo algo de tomar —dijo—; ¿Coca? ¿Sprite? —Coca, le
respondí, y, añadiendo un enseguida vuelvo, abrió la puerta que conducía al resto
de la casa y desapareció.
En ese momento entendí que aquel era el lugar perfecto para robar libros. La
idea me asaltó como el abordaje de un buque fantasma que se ha vuelto visible de
repente. Hasta el momento jamás se me había pasado por la mente la idea de robar,
libros, cómics, lo que fuese, y, de hecho, nunca me había siquiera quedado con el
cambio de los mandados, pescado algún chicle cuando el almacenero miraba para
otro lado o hecho desaparecer en un bolsillo las figuritas de algún amigo
despistado. Sin embargo, entre aquellos cómics supe que si quería hacer mi
colección (y ponerme a la altura de gente como Marcos y Matías y todos los del
Movimiento, fanáticos, cruzados y obsesos del comic), dado que claramente no
tenía el dinero suficiente para comprar todo lo que me hacía falta, debía ponerme
en ese mismo momento a afanar todo lo que pudiera. Y no menos claro estaba que
aquel viejo no tenía manera de vigilar a los clientes que se perdían entre las
estanterías. El único dispositivo de seguridad era un espejo convexo colocado en
un ángulo más o menos estratégico, y no fue difícil darme cuenta (me moví entre
los libros antes que Morales regresara con la bebida) de que había por lo menos
dos puntos que resultaban inaccesibles a la vigilancia, la sección de libros viejos de
ciencia ficción y el pasillito de cómics porno. Con el viejo sentado en su escritorio,
entonces, no había manera alguna de ser visto, y para salirme con la mía bastaba
con deslizar el libro por debajo de la ropa, prensado por el cinturón y lo más
cercano al pubis que fuese posible. Claro que la técnica no servía para tomos
grandes, de tapa dura, pero sí para el formato prestige. Ya había dejado sobre el
escritorio el Dark Knight Retums\ quizá me daría el tiempo para conseguir algún
otro y disimularlo bajo mi ropa. El viejo todavía no aparecía, así que, casi
corriendo, agarré un ejemplar de The Killing Joke, me senté en el silloncito
ubicado en la sección porno y, sin mayores dificultades, lo escondí contra mi piel.
De inmediato (había escuchado los pasos del viejo) me levanté del sillón, atravesé
la puerta que separaba las estanterías de la “oficina” -es decir el escritorio, la caja
registradora y un par de armarios con puertas de cristal que guardaban los tesoros
del viejo- y retomé mi lugar ante el escritorio. Debí ruborizarme, ya que cuando
me encontró no pudo evitar sonreír de oreja a oreja y hacerme una guiñada en plan
“conque mirando el porno, ¿eh pillín?”, a la que respondí bajando la mirada
tímidamente y tratando de sonreír yo también. Morales había traído una coca y dos
vasos; los llenó y brindamos.
—¡Por la historieta, joven! —dijo— ¡por la ciencia ficción! —y, tras beberse
su coca de un trago, abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una revista. —
Tome, se lo regalo. Es un número de Nueva Dimensión, la mejor revista
hispanoamericana del género. Si usted y sus amigos la leyeran con atención, como
me consta que Marquitos ha hecho, seguro su Vermilion Sands podrá mejorar en el
futuro. Si mira el índice verá que ese número en particular tiene un cuento mío.
En efecto, número 120, Febrero 1980, “Cacería superlumínica”, por
Washington Damián Morales. Una hermosa tapa de Boris Vallejo, con una especie
de ciudad flotante sobre un desierto rojo al estilo marciano. Agradecí al viejo y le
prometí que la próxima vez que viniera a su librería haría mi reseña de su relato. Se
rió.
—¿Ah, usted es también un crítico en potencia? ¡Gran valor! —y volvió a
palmearme los hombros. Guardé la Nueva Dimensión en mi mochila, junto a The
Dark Knight Returns, y le pregunté cuánto era. Dijo un precio bastante superior a
lo que había esperado, pero con el otro libro quemándome la piel y los nervios no
podía demorarme más. Saqué la billetera y le pagué. El viejo me saludó con un
apretón de manos.
—Lo espero en cualquier momento, joven, y espero también su comentario;
ansiosamente.
Me condujo a la puerta y se despidió una vez más.
Al otro día visité a Emilio y, en la deriva de la conversación, terminamos
hablando del viejo Morales, que pertenecía a la enorme lista negra del movimiento
pese a que todo el mundo —Emilio incluido— le compraba historietas, al menos
porque no había otra tienda de cómics tan bien surtida.
—Lo que no sabía —dije en algún momento— es que el viejo militó en la
guerrilla. Me contó que lo torturaron y todo.
Emilio frunció el ceño.
—¿Te dijo eso el viejo de mierda? No le creas una sola palabra. Te lo digo
muy en serio: no le creas una sola palabra. Es todo mentira. Te explico, ¿sabés qué
hacía el viejo de mierda? Vender compañeros, eso hacía. Era y es un hijo de puta
traidor. ¿Así que te contó que lo torturaron? Qué hijo de puta. Qué viejo mico y
careta. Gordo puto. Por culpa suya quién sabe cuánta gente de la guerrilla terminó
en cana, torturada o muerta. Ojo vos con creerle las cosas que te cuenta; te va a
hablar de política y de historia y de cómo siempre denunció la dictadura en sus
cuentos. Totalmente falso. ¿Vos leiste algún cuento suyo?
—No, ni idea. Me pasó una revista ayer pero todavía no la miré. ¿Qué escribe?
—Boludeces. Marcianos tomando mate, eso escribe. La frase la inventó él,
¿sabías? El tipo tiene el descaro de decir que inventó la “ciencia ficción criolla”.
Nos cagó la vida a todos. Naves espaciales en el campo, miré usté, don Zoilo, un
ovni. Esa mierda. Lo que escribe el viejo del orto, puto escondido, ¿sabías?, es más
ordinario que la más infame de las murgas con toda la negrada del candombe
chupándoles el maquillaje de la caripela en el fondo del tablado, ya se
marchiaaannn los murguiiiistaaaas las bombiiiiitasss amarisssshaaaas. Puaj. Los
murguistas son todos gordos y lentos, ¿sabías? Los amenazás y se hacen popó
encima. Una vez en la UJC le hice creer a uno que tenía un bufo... hacía un ruido
patético... squitter... squitter... Pero te explico, lo que hace el viejo marica es
agarrar y engatusar a pendejos boludos... no digo que vos lo seas, ojo, es que es lo
que hace el viejo puto, les cuenta esas historias de la ciencia ficción como
compromiso social y su trayectoria de denuncias a los milicos, de cómo le mataron
al hermano la Batalla del Cerro y a partir de ahí... ¡a partir de ahí nada! El viejo
estaría cómodo en su casa el día de la Batalla del Cerro. ¿Y sabés donde estaba yo?
¡En el Cerro! ¡Donde viví toda mi vida! Y tenía diez años, me acuerdo perfecto de
todo, cómo mi viejo nos contó lo que estaba pasando, cómo nos encerramos con mi
vieja mientras él se quedó con la escopeta atrás de la puerta de calle. A mí no me
van a llevar los milicos mugrientos, me acuerdo que dijo. Por eso, ¿qué te puede
contar el viejo Morales? ¡Nada! Y yo no sé cómo se le murió el hermano, pero para
mí que fue peleando por el ejército o de los marinos que se sublevaron... para mí
que el viejo oculta ese detalle, justo ese detalle, claro. Un hermano vendido,
vendido como él. Viejo puto. Y se sabe, se sabe que fue un buchón durante todo lo
que duró la puta dictadura, ¿me entendés? Se sabe. Mirá, la única cosa a su favor,
la única de verdad, es que por lo menos siempre defendió que escribía ciencia
ficción; todas las veces que algún pelotudo de la cultura le preguntó qué escribía, él
siempre dijo ciencia ficción, no “literatura fantástica” ni ninguna de esas
mariconeadas: eso es lo único, lo único que ha hecho bien en su vida...
Uno de los principios básicos del grupo de Vermilion Sands era el orgullo del
escritor de género. Actitudes al estilo de yo escribo narrativa a secas, no me gusta
ponerle etiquetas , o para mí los géneros son ante todo un asunto comercial, no
artístico eran entendidas como síntoma de debilidad mental, en el mejor de los
casos, o un ejemplo evidente de traición. De eso se desprendía que cualquier
persona que prefiriese el término “literatura fantástica” a “ciencia ficción” (o a
“fantasy” o “fantasía heroica”) pasaba de inmediato a integrar ese enorme conjunto
de escritores con el cerebro reblandecido que, al decir de Emilio, terminaban
escribiendo mariconeadas sobre tipos que se transforman en cascarudos. Del
mismo modo que si alguien decía “tomar elementos” de la ciencia ficción o la
fantasía para incluir a sus narrativas, también debía ser sospechoso de estupidez o
sabotaje.
Había algo así como un gulag soñado en el que todos esos escritores eran
maltratados día a día por Emilio, entre la nieve y el barro. Es fácil imaginarlo en lo
alto de una torre, con su uniforme hipersoviético, subiéndole el volumen a los
altoparlantes que repartían su credo por el predio alambrado y lleno de trampas y
letrinas cagadas.
En cuanto a lo dicho por Matías sobre la relación entre Emilio y los vastos
dominios de la literatura que quedaba por fuera de la ciencia ficción, poco a poco
fui descubriendo por dónde venía la mano. Emilio conocía algunos clásicos, Moby
Dick por ejemplo, que había parodiado en su cuento “Viaje en crucero”, en el que
una versión alternativa y futurista de Ahab capitaneaba un “crucero
tempoespaciodimensional” para destruir a un monstruo alienígena, acompañado
por una tripulación pintoresca que incluía a Hemingway, Lewis Carroll y Michael
Jackson. A la vez, manejaba apenas dos o tres nombres de narrativa del siglo XIX
tardío o del XX.
Matías, que era el único del círculo íntimo de Emilio que solía hablar de otras
literaturas, tenía la misma convicción con respecto al rótulo “narrativa fantástica”,
aunque matizaba un poco la cosa al entender la designación clásica como un
eufemismo malintencionado que minimizaba a la ciencia ficción en cuanto
literatura de masas, de entretenimiento, de interés comercial, mientras que lo
“fantástico” mantenía el aura iridiscente de la buena literatura. Yo en aquel
momento no tenía elementos para discutirles; en retrospectiva, podría haberles
señalado la larga tradición “fantástica” de E.T.A. Hoffman, Maupassant, Poe o
incluso Algernon Blackwood, Lord Dunsany y Arthur Machen, pero ellos se
hubiesen cruzado de brazos, agitado la cabeza en negación y enunciado a coro “eso
es fantasy, punto final”.
El caso de Alfredo —el único, además de Emilio y de mí, que siguió
escribiendo después de la muerte del movimiento— era diferente. De hecho, su
obra —hasta la fecha, más o menos— podría entenderse, desde el punto de vista de
Emilio Scarone, como un largo y sinuoso camino hacia la traición.
El primero de sus cuentos que leí fue el publicado en el número dos de
Vermilion Sands, “Esa última aventura”. La trama incluía a un grupo de caballeros
en plan Victoriano o quizá (como había dicho Emilio) “veteranos
tomajohnnyetiquetanegra”, que, en virtud de algún tipo de artefacto o
encantamiento no explicados en el relato, habían alcanzado la inmortalidad siglos
atrás. Su única actividad era el “saboreo” de las singularidades de todas las épocas,
el arte, el pensamiento, las mujeres y la arquitectura. Pero, como era de esperarse,
llegado cierto punto lo único que lograban era aburrirse. El hastío se apoderaba de
sus vidas y todo ese desfile pintoresco de cuadros, música, libros e ideas se volvía
una mascarada vacía o un montón de espuma; entonces se embarcaban en su última
aventura, es decir el suicidio, comiendo el único fruto capaz de matarlos. Se
sugería que la hermandad seguía recibiendo miembros, que tenía incluso ciertos
mecanismos o pautas de selección, de modo que perduraba pese a las muertes de
sus miembros más antiguos. Con qué propósito, si es que había alguno, el cuento
no lo decía. A mí me pareció simpático, aunque no me gustó el estilo
dizquepoético, además del tono afectado de los diálogos. Emilio al principio no
quería publicarlo, pero terminó cediendo ante las presiones de Marcos, quien
argumentaba que el cuento podía no ser ninguna maravilla pero ya que estaba entre
los mejores disponibles (por supuesto, el principal y más extenso sería de Emilio,
cuya inclusión —como la del texto de Marcos—jamás podría ser cuestionada), no
tenía sentido dejarlo de lado. Creo que, años después, Alfredo se arrepintió de
aquel debut literario, cuya pretensión poética no podía más que avergonzarlo, pero
jamás dijo nada. A lo mejor no se arrepintió, es decir 1 . En cualquier caso, pronto
terminaría dos relatos más largos que gustarían a Emilio; uno de ellos era una
visión de Montevideo anegada por el aumento del nivel del mar, convertida en una
pseudovenecia decadente en la que un detective privado investigaba los últimos
rastros de unos alienígenas que habían visitado la Tierra hacia 1935. El otro,
“Carnaval del fin de los tiempos”, inauguraba su exploración programática del
concepto de escritura salvaje, que, en palabras de su propio creador, “debe indagar
en los arquetipos del inconsciente colectivo y liberar toda la fuerza y agresividad
potencial en el ser humano, vuelta arte por los procedimientos alquímicos de la
literatura”. Todo ese asunto de la escritura salvaje en realidad no era más que un
surrealismo de gama baja cuyos mecanismos incluían registrar sueños y jugar a la
1 Una vez el editor argentino Ernesto Cañada, que publicó el primer libro de relatos de Alfredo, me contó que
cuando estaban planeando el segundo tuvo que bancarse unos cuantos berrinches en relación a tres o cuatro
textos que Alfredo proponía para la selección y que él consideraba muy inferiores al nivel promedio de los otros.
Nunca le pregunté de qué cuentos se trataba, pero a juzgar por unos comentarios que le escuché después se
trataba de trabajos muy tempranos y "Esa última aventura", u otro cuento con un argumento muy similar, estaba
entre ellos. El libro, que iba a titularse Océano sobre las nubes, jamás fue publicado.
escritura automática como método para generar ideas, imágenes o tramas. Alfredo
había cursado un par de años del profesorado de literatura y, por lo que siempre dio
a entender, sacó en limpio apenas que había existido un movimiento llamado
dadaísmo y otro llamado surrealismo, ambos, en su opinión, el punto más alto de la
literatura a la que llamaba clásica, es decir toda aquella que no podía incorporar
fácilmente a la ciencia ficción o el fantasy. Después del fiasco de la Convención
—que terminó de dispersar el grupo—, Alfredo publicó en algunas revistas de
España y Argentina; creo que el mejor momento de su carrera fue su participación,
allá por 2003, en la edición hispana del Asimov’s, a cargo del editor, escritor y
traductor Domingo Santos. Ahí compartió un Especial Río de la Plata con Emilio y
dos escritores argentinos, Eduardo Carletti y Luis Pestarini. También entre el 2000
y el 2004 colaboró junto a Juan Carlos Migliano en Bang!, una revista de cómics
retro que debía leerse — decían sus creadores— como “un homenaje a la literatura
pulp y de aventuras, una apuesta al entretenimiento sin pretensiones y a la
nostalgia, que no da la espalda a lo que busca el obrero ni lo aburre con
intelectualismos baratos”. Sobre lo del “intelectualismo barato” no diré nada, como
tampoco de la mediocridad rampante en la publicación. Los dibujantes reclutados
se esforzaron por copiar el estilo de Alex Raymond, Will Eisner y Joe Schuster en
un formato y diagramación que recordaba a las viejas revistas de Isidoro y
Patoruzú. Llegaron a editar seis números, y según Historia de la Historieta
Uruguaya, de Roberto Santoro, Bang! debe entenderse como “el punto de
articulación entre la generación perdida de los años ochenta (Scarone entre ellos,
gracias a la publicación de fanzines de historietas under en fechas tan tempranas
como 1982) y la promoción que salió a la luz a principios del siglo XXI, mucho
más determinada a luchar por un nicho de visibilidad en los ámbitos culturales
nacionales”. Para mí era basura y punto.
Pero ese esquema de quiebre que propone Santoro sirve también, a los efectos
de la historia de la ciencia ficción uruguaya, para señalar las diferencias entre la
generación de los ochenta, que atravesó la dictadura —Scarone, Andreoli, Kowak,
Arismendi, Linari, Custer— y los que “vinimos después”, con actitudes, códigos e
incluso ideologías muy diferentes. Mi caso es complicado, ya que, pese a
pertenecer por nacimiento a una generación posterior, “milité” en un grupo
dominado por códigos más propios de los ochenta, para luego publicar mi primera
novela en el contexto de una generación intermedia —la de Nicolás Roddi y Ariel
Stella— y, finalmente, tomar cierto lugar entre mis contemporáneos estrictos,
Patricia Fernández, Mariana Rías, Pablo García, Roberto Santoro, Orlando
Rampallo y todos los agrupados por la crítica bajo el término tentativo de
“generación postdictadura”. En todo caso, está claro que el gran problema de los
que publicaron en Vermilion y zonas aledáneas, más allá de sus convicciones, fue
padecer el liderazgo de Emilio Scarone; los autores nacidos entre 1960 y 1973 que
se mantuvieron por fuera de la revista (Alba Linari, Claudio Rodríguez) lograron
tarde o temprano cierto “reconocimiento” por parte de la cultura oficial, en gran
medida porque sus obras “tomaban elementos” de ciencia ficción, en lugar de
insertarse de lleno en el género, y porque todos ellos acudían a clichés de la
“uruguayidad” siguiendo las pautas de lo que en los ‘70 Morales llamó la “ciencia
ficción criolla”.
Además, todos ellos decían querer escribir “literatura fantástica” y posar de
lectores de Felisberto Hernández. Si les preguntaban por la ciencia ficción
uruguaya, la respuesta era invariable: no habían leído nada, no sabían nada, les
sorprendía que hubiera revistas.
Cuando a Emilio se le preguntaba por su opinión sobre la presencia cultural de
todos sus “enemigos”, claramente opuesta al ninguneo al que lo venía condenando
la prensa especializada (incluso en las reseñas positivas de Vermilion Sands rara
vez se lo mencionaba), solía responder que ninguno de ellos había publicado en el
Asimov’s, la mejor revista de ciencia ficción del mundo, que ninguno de ellos había
viajado a Francia a una convención y que ninguno de ellos había hecho nunca nada
para salir de la chacrita de mierda que es Uruguay.
—Pero yo sí —concluía—, por eso acá me odian, todos esos mamones micos
soretes.
Nosotros decíamos amén y cambiábamos de tema, como cuando Emilio nos
mostraba sus VHS de técnicas de combate de los Spetsnaz, de pruebas de vuelo de
los sucesivos MIG, SU o cualquier otro artefacto volador de combate creado en la
antigua URSS, de avistamientos OVNI, de “evidencias” a favor de la
paleotecnología alienígena, pisadas, pelos y otros indicios relevados por
criptozoólogos, o cuando pasaba horas sacando a relucir su vastísima enciclopedia
de relatos de experimentación soviética con telepatía y otras habilidades
psicológicas, su colección (nunca vista, siempre sospechada inexistente) de fotos
de fetos deformes en Chernobyl, las variadas hipótesis acerca de qué había pasado
realmente en Tunguska el 30 de junio de 1908, la complicada taxonomía -
mejorada por sus ideas- de alienígenas invasores y conspirativos incluyendo
grises, reptilianos, humanos avanzados, seres de luz, metarcángeles, mantis
antiguas, arcturianos, pleyadianos y aliens antiguos, planetas escondidos en el
Sistema Solar, entre las órbitas de Venus y la Tierra o entre las de la Tierra y
Marte, las presuntas particularidades cromosómicas de los aborígenes australianos,
la astronomía enseñada a los Dogon por los nativos de Sirio, la cara marciana en
Cydonia Mensae, las diferentes teorías de la Tierra Plana y la Autoría de las Obras
de Shakespeare (Emilio, que no había leído jamás una obra completa del Bardo,
decía que el verdadero autor tenía que ser John Dee, para él un “demonólogo del
renacimiento”), las conspiraciones vinculadas al alunizaje de 1969, incluyendo la
posibilidad de que Stanley Kubrick en persona hubiese dirigido una puesta en
escena del acontecimiento en algún estudio televisivo, la colisión del planeta
Niburu con la Tierra, las ideas de Velikovksy, los aeroplanos de la India védica, el
Triangulo de las Bermudas, el Mar de los Sargazos y el Súper Mar de los Sargazos,
con la presunta “isla de basura” en la que “confluían todos los universos
paralelos”, el lysenkoísmo, la fusión fría, la autodinámica de Ricardo Carezani, la
programación neurolingüística, la parapsicología en general, la frenología, la
iridiología, los sombreros de papel de aluminio, los círculos en los cultivos, las
voces electrónicas que asoman desde el ruido blanco en las transmisiones de radio
de largo alcance (y su relación con la posibilidad de comunicarse con los muertos),
la negación del Holocausto o su Complicación mediante la Implicación de
Reptilianos, la Dianética (por poco tiempo), el Misticismo Cuántico, la Resonancia
Mórfica, las ideas de Terence McKenna, los Campos de Torsión, la Welteislehre de
Hanns Hórbiger, sus Diversas y Contradictorias Teorías sobre la “Realidad”
(histórica, literaria, filosófica, demonológica) del Necronomicon “popularizado”
por H.P.Lovecraft, las Propiedades Endocrónicas de la Tiotimolina Resublimada,
más un largo etcétera. Después de dos o tres videos u otras tantas fotos desde su
disco duro cruzaba las manitos sobre la panza incipiente y, mirándonos con sus
ojos de ardilla nos decía esta es mi pornografía, con pose de postporno ballardiano,
cuando en realidad llenaba su disco duro y su videoteca de porno de verdad, en su
mayoría pelis dedicadas a culos grandes, sexo anal yfootjobs.
Releyendo lo ya escrito me doy cuenta de que muchas de las apreciaciones
sobre Kowak, Scarone y el movimiento podrían haber encontrado un lugar más
natural en Cual retazo del espacio y no en este texto que estoy escribiendo ahora.
Cierto tono o lenguaje de ensayo, incluso de ensayo académico, colisiona con mis
pretensiones de convertir estas páginas en una novela, pero lo cierto es que está
costándome mucho más de lo que había imaginado en un principio entender qué
quiero hacer acá. Siempre he tenido especialmente claro que todo narrador tiene un
propósito, lo cual me lleva a preguntarme por el mío, ahora que regreso a estas
historias. Es decir: ¿si un narrador exhibe sus propósitos en el texto de una novela,
debe entenderse esa enunciación como parte de la ficción? ¿El propósito de
entender ciertos hechos a través de narrarlos -de volverlos ficción- no queda de
alguna manera invalidado si se menciona ese propósito, si se lo, por lo tanto,
convierte también en ficción? Supongo que sí. En todo caso, en cuanto a los
hechos, a las anécdotas que tengo ganas de contar, ¿debo narrarlas desde mi punto
de vista, dejando de lado la presunta “objetividad” del crítico, totalmente
imposible? ¿O debo entender que, para que resulten relevantes a los lectores, deben
ser presentadas de otra manera, íntima, sentida, humanal De otro modo aquí
tendríamos un libro sobre un montón de nerds que se divertían discutiendo sobre
ciencia ficción y fantasy y que, un buen día, decidieron sacar una revista y armar
un poco de escándalo. Claro que después se pelearon de inmediato, cuando la cosa
se puso más complicada y se adivinaba en el futuro muy cercano el combate real
en el cuadrilátero mezquino de la literatura, y todos terminaron enloqueciendo en
algún cuartito. Enloqueciendo más, enloqueciendo menos, siempre con Emilio a la
cabeza. En cuanto a locura, al menos.
Entonces, ¿se trata de contar eso que a veces llaman “el revés de la trama”?
¿Exponer dos o tres “secretos” que siguen jugando a los ecos en mi mente (cosa
que haré)? ¿Responder(me) ciertas preguntas cuya formulación parece haber ido
configurándose o aglomerándose a lo largo de estos últimos años? No lo sé. Es una
afirmación sospechosa, por supuesto, pero debo insistir —en última instancia
porque si esto es una novela “yo” soy un personaje de ficción— en que no lo sé.
Aunque algo sí es cierto: yo viví con esas ficciones y con los hombres y
mujeres que las escribieron y dibujaron; la historia de la ciencia ficción uruguaya
es la historia de mi vida de aquellos años y quizá también de “estos”, sea cual sea
la imagen posible del presente (de existir, es tan ficticia como la del pasado: apenas
enunciada, ya es pasado, ya es ficción), sea cual sea el lugar que tomarán en la o
las visiones de mi destino que pueda tener en el futuro, por decirlo de una manera
aparatosa, por decirlo en el lenguaje de Emilio Scarone.
Y he dicho que este texto debe leerse como una novela. Quizá porque sólo en
una novela son creíbles ciertos personajes o ciertos acontecimientos o quizá porque
sólo en una novela parecen tener sentido, como tienen sentido para nosotros
nuestros sueños y muere su importancia al hacerlos chocar con los oídos de los
otros. ¿Quiero apuntalar el sentido de unos días que no lo tuvieron, como nada lo
tiene? ¿Quiero inventarlo para creer que sucedió algo, que aquello tuvo
importancia? ¿Para quién es esta novela? ¿Para mí, para Alfredo, para Emilio?
¿Para todos? ¿Para ese todos que acabo de inventar, no más real que una
constelación?
2
Había dicho que la escritura de Alfredo puede entenderse como una larga
traición al ideal de Emilio Scarone, en cuanto que a partir de la publicación de
“Carnaval del fin de los tiempos”, Kowak abandonó el discurso “militante” de la
ciencia ficción para optar por una apertura a lo que él en algún momento llamó su
tratamiento particular de lo fantástico. En rigor, el único cambio real fue
despedirse de los clichés clásicos (viajes espaciales, alienígenas, paradojas
temporales, choque de culturas humanas, ecologías detalladas, fluctuaciones de la
realidad, ucronías y mundos paralelos) para tomar otros clichés todavía más
clásicos (espíritus de los bosques, magia, viajes astrales, posesión, transmigración
de las almas, secretos antiquísimos); de hecho, quizá sea posible pensar en tres
épocas en la obra de Kowak, la cienciaficcionera más o menos guiada por los
lineamientos de Scarone, una etapa de transición gobernada por el término
“technofantasy”, inventado por uno de los antiguos militantes del movimiento -y
eventualmente distanciado de Scarone- y la influencia notoria de Roger Zelazny,
oportunidad para Kowak de exacerbar la tendencia pseudopoética de su escritura.
Finalmente (salvo que consideremos su etapa de escritura porno, posterior a 2006),
apareció el abandono de la escritura de género, entendida ésta como ceder ante un
conjunto de prácticas, reglas, y estrategias de pacto con el lector y los editores.
Pero más allá de las prácticas literarias, la relación entre Kowak y Scarone
siempre fue complicada. Nunca llegaron a una verdadera confianza mutua. Emilio,
por ejemplo, solía criticar las actitudes de Alfredo a la hora de buscar
publicaciones; Kowak igual mata o se garcha a la abuela con tal de publicar, solía
decir. Lo cierto era que ante el más mínimo indicio de una revista online que
sacaba su primer número, o de algún editor que empezaba a preparar su antología,
allí estaba Alfredo enviando seis cuentos por correo electrónico, acompañándolos
de una bibliografía, de una presentación biográfica, de su manifiesto de la Escritura
Salvaje y de un par de “declaraciones” en las que él mismo analizaba sus textos y
reconocía “el uso de la epifanía” o “la temática altamente espiritual de mis
cuentos”.
En cuanto a los juicios de Alfredo sobre Scarone, siempre fue bastante
cuidadoso con las conclusiones, hasta el punto de que lo único realmente tajante
que le escuché decir fue un día de 2002 en que nos encontramos de casualidad en
el centro y tomamos unas cervezas en la Plaza Cagancha:
—Nuestro error —dijo— fue dejar que Scarone hablara por nosotros; yo lo
quiero, pero es un demente y no sabe hablar con nadie. Lo primero que hace es ir y
golpear con la cabeza sin mirar, ¿me entendés? Alguien así no puede estar a cargo
de un grupo: ese fue nuestro error, bancarnos su gobierno.
Era, por supuesto, una opinión muy difundida, pero me sorprendió oírla
articulada por Alfredo Kowak, que nunca faltaba a los “bueeeeno, pero los genios
son así”, en múltiples variaciones, o admitía aquí y allá que sí, siempre con una
sonrisa, que Emilio estaba un poco alterado, innegablemente, pero que era un
genio, el mejor escritor de ciencia ficción de Uruguay, y que había que tratar de
entenderlo. Aquel día del 2002, en cambio, llego a afirmar que todos lo habíamos
sobrevalorado, que escribía pésimamente, que no era capaz de colocar bien una
coma y que, en resumen, su prosa sonaba a una traducción mal hecha.
En algunos puntos tenía razón: Emilio no era un escritor cuidadoso en cuanto a
la llamada “perfección” formal; estaba claro, de hecho, que su interés estaba en
otra parte, en los climas, en las imágenes, en las ideas y la complejidad de sus
tramas, siempre cargadas de sugerencias que no conducían a ninguna parte, cabos
sueltos y derivaciones truncas. Porque había en realidad algo más allá, una cierta
cualidad de encantamiento o persuasión; no se lo leía admirando su estilo: en todo
caso, se terminaba una de sus historias y, al tiempo, uno se asombraba de seguir
rumiando una imagen o una situación. De hecho, todas sus obras parecían arrojarse
líneas entre sí, como si en el futuro, una vez que ciertos procesos de proliferación
actuasen en el lector, estuvieran destinadas a configurarse en una red, en una
estructura mucho más amplia que superase las fallas de sus partes individuales y
diese respuesta a esa sensación de “¿pero qué es lo que está faltando acá?” que casi
todos los lectores de Emilio hemos experimentado, como si pudiésemos proyectar
en el futuro el momento en que apareciese esa novela definitiva firmada por Emilio
Scarone, ese compendio de sus paranoias y de todos sus hábitos que, sin embargo,
no sonara como el intento de un escritor parásito de parodiar a su maestro en lo
superficial del modelo.
Eventualmente él mismo actuó en respuesta a esa interrogante y reformó su
personaje en relación a esas dos ideas largamente alimentadas: que había accedido
a algo, a ciertos conocimientos ocultos, conspiraciones, secretos terribles, y que
tarde o temprano daría a conocer su Gran Obra, en la que todo saldría a la luz.
Dos ideas en las que todos quisimos creer.
En realidad, lo del “conocimiento oculto” siempre lo tuvo a mano, aunque creo
que jamás lo explotó. Entre 2002 y 2004 trabajó de policía, y si bien empezó como
fuerza de asalto -decía que como venía del Cerro y no había terminado el liceo le
resultaba indispensable chupar una pija para que le dieran un escudo “como la
gente”- y siguió como patrullero, al final lo reasignaron a la imprenta. Allí debió
escuchar el tipo de conversaciones que termina enseñando cierta cara oculta de las
instituciones, por decirlo así, de modo que después de su abandono del puesto
escribió un artículo -publicado en El País y probablemente el texto que más dinero
le reportó en toda su carrera- donde contaba la vida lamentable de un policía del
montón y sugería conocimiento de chanchadas, corrupción, abusos y etcétera.
Después de publicada esa nota me llamó por teléfono, cagado de miedo, porque
decía haber visto pasar frente a su casa a dos pesos pesados de la corruptela,
disfrazados de policías del montón. También había llamado a Andrés, por lo que
pronto quedé enredado en una especie de plan de resistencia que implicaba que se
me pasara a buscar en auto para, después, ayudar a Emilio a marcar un perímetro
de vigilancia alrededor de su casa. Andrés y yo terminamos recorriendo las líneas
que Emilio nos había trazado en un mapa de la zona, dibujado por él con bastante
exactitud. Compramos unas cervezas en un súper abierto las 24 horas y nos las
tomamos en lo de Emilio después de convencerlo de que la amenaza ya se había
dispersado y que probablemente sólo habían querido hacerse los gallitos.
El susto no se le pasó sino hasta un mes después, más o menos. Y después
empezó a hablar con orgullo de las listas negras en las que figuraba su nombre,
listas de la policía, del Ministerio del Interior, de los masones, de los judíos, de la
CIA, del pentágono y, por supuesto, de los Illuminati.
Y no menos predecible fue el relato que armó para un mail que envió a todos
sus contactos: había vuelto un jueves por la tarde a su casa para encontrar la puerta
violentada, su cuarto revuelto y la computadora prendida. Como en la famosa
anécdota de Philip K. Dick, las fuerzas de la oscuridad habían invadido su hogar
para llevarse sus archivos. Faltaban fotocopias del primer número de Vermilion
Sands y viejos originales a máquina de cuentos escritos en 1989, añadía.
Su famosa aparición en el programa de TV Muñecas rusas fue, quizá, la última
movida en su prolongado intento de ser una suerte de Philip K. Dick uruguayo. Y
dos meses después desapareció.
3
No puedo dejar de pensar que esto podría -o debería- convertirse en una
novela mucho más larga, formateada al estilo de las clásicas historias de
formación, con más escenas narradas de cerca, más intriga y más acción; ese libro
posible desarrollaría los hechos de Vermilion Sands en el contexto de una narrativa
de mi adolescencia, en la que junto a mi primer cuento publicado me refiera a mi
primer polvo o aquellos meses del 94 en que me pasé enganchado a Jim Morrison
y The Doors, cuando escribía por todos los pizarrones de mi liceo las letras de
“The end” o “When the music is over”. Un fragmento, es decir, de la larga
escritura autobiográfica que acecha en la oscuridad, el proustazo definitivo, Por los
tiempos de Emilio Scarone y Tierras de la ciencia ficción noventena. Sin embargo,
es mucho más probable que esto, más breve y desarticulado, termine
convirtiéndose -con algo de suerte y viento a favor- en un Citizen Kane
unipersonal y esquizofrénico.
Pero a la vez está claro que si hay un eje en todo esto ese eje debe ser Emilio, o
Emilio y su misterio (es decir, partiendo de la idea de que existe tal cosa como un
misterio de Emilio Scarone diferente al “misterio” que pueda reconocerse en
cualquier personalidad); y, a la vez, que nada podrá jamás decirse sobre el tema,
nada que no se cancele a sí mismo, nada que tenga salida, nada que nos lleve una
vez más a aguardar la obra definitiva, la última carta, la última señal de vida de
alguien que ha desaparecido hace tanto tiempo, alguien que, en rigor, nunca estuvo
allí.
Nada se puede afirmar sobre los otros, nada con pretensión de verdad; todo lo
que logremos articular será una mentira, porque hablará, en última instancia, de
nosotros, de nuestros hábitos, de nuestros esquemas, de nuestra visión del mundo y
las personas. Hablando de otros, intentando hablar de otros, intentando hablar de
Emilio Scarone, por tanto, sólo hablaré de mí, y lo que diga no será una biografía
de Emilio, ni siquiera la que incluí en Cual retazo del espacio , sino una radiografía
de mi mente y mi pasado. Pero -quiero creer- no del modo ingenuo en que lo
hacen las autobiografías, que en rigor no hacen más que inventar otro personaje,
ese “yo” escrito y del que se pretende que cubra a quien fuimos o recordamos que
fuimos y que ya se ha convertido en otro, sino configurando una imagen con un
método análogo al que hace aparecer una flor en 3D desde un caos de rayas y
colores. Hay que torcer la mirada y tener paciencia, esforzarse y buscar sin buscar,
justo allí, la imagen que en rigor no está.
Es decir: sobre los otros no hay nada que podamos decir, porque todo lo que
logremos armar o aglomerar será una ficción, la invención de un alguien que sólo
coincide con su modelo, ese otro inalcanzable, por caminos que, en rigor,
conducen a nosotros. Al nosotros que sentimos y tampoco podremos jamás
comunicar, más allá que gritando de montaña en montaña y aguardando, con una fe
estúpida, que alguna vez sabremos más de Emilio Scarone, que llegarán algún día
las respuestas, las postales desde Rwanda o Tunguska, fotos de un Emilio que mira
la exhibición de las atrocidades sin parpadear una sola vez.
4
Dos límites, dos polos para Emilio Scarone; el primero, la tarde en que nos
conocimos. Alfredo nos presenta a la salida de su trabajo; Emilio lleva una
chaqueta de cuero negro gastada, lentes oscuros, una remera con una espada y el
nombre Excalibur en letras plateadas. Me sorprende que sea un gordito de apenas
un metro setenta, con escasos rulos canosos rayándole la calva incipiente y una
sonrisa fácil de ardilla. Anda con una carpeta Byblos cubierta por adhesivos del
Frente Amplio y Pepsi Cards de superhéroes Marvel; en unos meses cumplirá
treinta y un años, así que no es mucho mayor que yo al tiempo que escribo esto,
aunque él ya se había casado dos veces y tenía tres hijas mientras que yo vivo solo
en un monoambiente, sin mujer que no viva a quilómetros de distancia o a
demasiados años en el pasado, sin hijos, perros o gatos, en compañía de libros y
discos. Aunque Emilio está desempleado en el momento en que lo conozco, pronto
me contará que ha pasado por casi todos los trabajos imaginables (estuve en la
construcción y en la estiba, dirá docenas de veces) y, para el pendejo de dieciséis
años que soy, todavía satisfecho prisionero del mundo de clase media de sus
padres, con sus cenas a las ocho y media, telenovelas brasileñas, películas de
acción, política de centro, honradez y trabajo, más la discreta montaña rusa de la
vida de los comerciantes y una desvaneciente herencia de inmigrantes italianos,
gallegos, baskos y catalanes, no tardaría en convertirse en la ventana averiada por
la que vislumbrar una fuga. Después de un saludo que siento cálido (ah, vos sos el
niño prodigio del que me habló Alfredo; che, ¡vienen altos los pendejos de esta
generación!) y con el mínimo toque de ironía necesario para que no lo calificara
inmediatamente de otro estúpido sin remedio, empieza a contarnos sin preámbulos
que está leyendo Neuromante y que avanza despacio. Alfredo asiente a cada
sentencia de Emilio; Gibson es un virtuoso, dice, mirándome. Yo jamás lo he leído
y apenas sé quién es, más allá de una vaga referencia a los conceptos de
ciberespacio y —no sé por qué, supongo que sería a partir de alguna película o
serie de TV— la idea de “fusionarse con la red”, final típico, como me enteraría
después, de los cuatro cuentos cyberpunk que iba a escribir Emilio y, también, de
gran parte de mis relatos hasta el año 1998. Esperamos que Alfredo salga de la
librería y vamos a una pizzería; me da vergüenza pedir coca cola y no cerveza,
pero será la última vez.
Segundo límite: octubre de 2004, nuestro último encuentro, en su casa del
barrio Casabó vaciada de libros (ha ido vendiéndolos primero por colecciones
completas o casi completas: Acervo, Ultramar, Nueva Dimensión y su adorada El
péndulo, finalmente especulando —casi siempre en La cueva del aficionado, pese a
su proverbial odio al viejo Morales— con títulos raros o ediciones inconseguibles),
llena apenas con su computadora y sus dos televisores, el equipo de audio
repitiendo una y otra vez “Eyes without a face” en la corpórea y artificial voz de
Billy Idol mientras que un Emilio mucho más gordo y con el escaso cabello canoso
cortado a máquina baraja, entre otros temas, su desprecio por los yanquis (“hasta la
Segunda Guerra Mundial sabían lo que era pelear, pero después, ya en Corea, se
volvieron unos micos mamones”), lo pésimos escritores de ciencia ficción que son
los argentinos (“la culpa es de eso de andar copiando a Borges y a Cortázar”), el
argumento del cuento en que estaba trabajando (una ucronía para la que dijo haber
investigado durante meses pero derivada notoriamente de El hombre en el castillo ),
los “bobos” del comic nacional (“ese Santoro es un mediocre que no puede
contarte ni la Cigarra y la Hormiga), sus años de guerrilla en el interior del país con
la cuenta de catorce hombres muertos por sus manos (“diez milicos, un traidor y
tres civiles que habían querido afanarnos la comida en Valle Edén”), la lista
actualizada de avistamientos OVNI incluyendo uno la semana anterior, durante
uno de esos atardeceres “químicos y cyberpunk” del Cerro, la enorme nómina de
antiguos amigos y colaboradores que han terminado por pasarse al enemigo, desde
el equipo entero de Remolque y Arrakis, sus primeros fanzines, hasta sus socios en
un reciente —y fallido— intento de armar una empresa dedicada a la animación
3D que pudiese, una vez instalada en el mercado, lanzar una miniserie basada en
sus relatos de Tamerlán II, el futuro líder del Renacido Imperio Soviético, fusión
de la URSS con el imperio de Genghis Khan, una visión de “lo que pudo haber
sido la Europa unificada por Napoleón, más sangrienta y mejor” y la parafemalia
esotérico-pseudocientífica-tecnológica del tercer reich.
Y no deja de pareeerme una vez más un replicante moribundo que ha ido
juntando todos sus pedazos dispersos a lo largo de su corta vida para unirlos con
cinta adhesiva atacada por la humedad del barrio Casabó. Entonces gira hacia mis
ojos los papeles pegoteados para mostrarme el lugar que ha dedicado a la noche en
que casi lo fusilan los milicos y el otro para los recuerdos de su padre, escopeta en
mano en la “sentada” del puente del Pantanoso, muriendo de cáncer, vomitando
sangre en la misma habitación en la que conversamos. Brinda con sus fantasmas:
levanta del piso una cerveza caliente, su vaso lleno, el mío ya vacío.
Cuando lo conocí estaba a punto de publicar su primer libro, un compilado de
cuentos que iba a titularse Mundo de dragones 2 y sería lanzado por la editorial
Banda Oriental; o al menos eso decía Emilio, porque cuando me puse a investigar
su biografía para Cual retazo del espacio y consulté en la editorial, nadie recordaba
que hubiese pasado por ahí con un libro de cuentos. Aquella tarde nos fuimos a un
bar de 18 y Convención; apenas ocupamos la mesa Emilio abrió su carpeta y sacó
2 A Matías no le gustaba, decía que era un llamador de hippies. "Mundo de dragones", entonces, se convirtió
en el nombre código del libro en las reuniones del movimiento.
una impresión en papel satinado de la que sería la portada del libro, aerografiada en
acríbeos por Daniel Fonti. Representaba una mujer muy hermosa (entonces no me
percaté de que era Ava Gardner) sentada en las rocas de un farallón muy parecido
al de Punta de Piedra, en la costa de Rocha (supe después que Fonti tenía una casa
ahí, en el balneario en que pasé con mis abuelos todos los veranos de mi infancia),
con un dragón posado pocos metros por encima de su cabeza. Ambos parecían
escrutar la lejanía, un mar crepuscular pintado en una paleta que parecía robada de
la pintura prerrafaelita 3 . En la parte más alta del farallón aparecían los perfiles de
una mansión con terrazas múltiples, hinchadas por los tonos anaranjados del ocaso.
Admiré la técnica y la destreza en la representación del dragón, ante todo su
mirada, que me pareció serena y llena de sabiduría, como rellena de todos los
clichés de la fantasía heroica. Nunca más vería a Emilio tan entusiasmado como
ese día; confiaba en que su libro saldría de la imprenta en un mes, como mucho, y
que por fin sería reconocido en el mediocre mundillo de la literatura nacional. A la
semana lo llamé por teléfono; estaba furioso.
—Recién vengo de la editorial —dijo— y no quieren pagarle a Daniel; si es
por estos micos el libro igual sale con un collage hecho en el Paintbrush —y
añadió un la puta que los parió que más que por furia sonó atravesado por tristeza
3 Más tarde supe que Fonti no tenía ni la más remota idea de quienes eran Dante Gabriel Rossetti, John
Everett Millais y William Hunt. Para él y Emilio cualquier pintura colorida y figurativa y "fotográfica" era
renacentista.
y desilusión. La puta que los parió, repetía. Yo no supe qué decir; le ofrecí
acompañarlo a la editorial a protestar pero protestar un carajo, dijo.
—Ya los mandé a la mierda, que se metan el libro en el fondo del orto. Lo saco
en otra editorial o lo financio yo, ¡me chupa un huevo Garcha Oriental o cualquier
otra mierda de este país mediocre lleno de maricas pelotudos que no saben lo que
es una ilustración!
Después me contó Clara, su ex esposa, que aquello no había sido del todo
cierto, que Emilio sí había tratado de convencer con los editores, cuyo único
argumento contra la ilustración de Fonti era el precio un poco exagerado que el
dibujante quería cobrar por su trabajo 4 , de modo que, dijeron, sólo si había alguna
manera de minimizar ese gasto iba a poder ser publicado el libro con esa portada.
La versión de Emilio era, por supuesto, que los mediocres editores quisieron
ahorrarse ese gasto e infringirle una tapa espantosa.
—...y cuando me negué a esa posibilidad —diría demasiadas veces— y les
expliqué que la tapa de Daniel seguía la estética al uso en todas las publicaciones
de ciencia ficción se hicieron los boludos y me hablaron de que “en Uruguay” las
cosas se hacían distinto, que los lectores de su editorial estaban acostumbrados a
otra cosa... ¡a la mierda que ellos les venden y que leen como si fueran Ballard o
Herbert, están acostumbrados, la puta que los parió a todos!
4 Cuando entrevisté por mail a Daniel me enteré de que Emilio y él habían planeado repartirse el dinero 50-
50, de ahí que pidieran una cantidad importante.
Finalmente, pasado un par de días de planes abortados y puteadas, el proyecto
fue cancelado, o, mejor, pospuesto indefinidamente. Alfredo intentó meterse en la
discusión y convencer a Emilio de usar cualquier otra imagen (habían muchas en el
archivo de la revista —es decir, las carpetas de Emilio—, remanentes de un
proyecto primario del número dos, comenzado e interrumpido en 1990), pero,
aparentemente, era la Gardner con su dragón o nada.
Por esos días hice mi primera visita a su casa. Yo vivía con mis padres y mis
abuelos en una casa de dos pisos en el barrio Atahualpa; mis movimientos estaban
acotados por el liceo, a pocas cuadras, y el centro, donde mis padres tenían su
boutique. Me había aventurado en contadas ocasiones a Pocitos, al Prado (la Rural,
el museo Blanes, el Parque Posadas), pero siempre acompañado por la familia, así
como también a la casa de mis abuelos paternos en Colón y a la del hermano de mi
abuela en Melilla. Mis amigos vivían todos cerca; lugares como Malvín, Carrasco,
el Hipódromo, la Gruta de Lourdes, La Teja y el Cerro eran casi equivalentes a
Birmania o el Congo, o, a lo sumo, recuerdos débiles de alguna vez que acompañé
a mi abuelo a comprar un lechón para Fin de Año en quién sabe qué carnicería
alejada de nuestro barrio y quién sabe por qué. Cuando le dije a Emilio que no
tenía la menor idea de cómo llegar a su casa me explicó que debía tomarme el 306
con destino Casabó o Nuevo Casabó y esperar a ver el Cementerio del Cerro; su
casa estaba dos paradas más allá. Ese sábado dije a mis padres que iba a visitar a
un compañero de liceo y me planté en la parada esperando el ómnibus. Asumía que
el viaje duraría como mucho media hora; a los veinte minutos, todavía del lado de
acá del Pantanoso, empecé a paranoiquear. ¿Y si el ómnibus tomaba otro camino
por cualquier razón, un desvío por ejemplo, y jamás veía el Cementerio? Cuando
cruzamos el arroyo y entramos al Cerro supuse que faltarían como mucho diez
minutos. El 306, en cambio, se sumergió en un laberinto de calles diminutas y
casas abandonadas que parecían perderse en el campo.
¿Me había pasado? Pregunté al guarda cuánto faltaba para el Cementerio.
Como diez paradas, respondió. Volví a sentarme (el ómnibus estaba casi vacío) y
aguardé. Emilio había mencionado un par de canchas de fútbol; creí determinar
cuál era la primera pero de inmediato apareció otra y no había rastro alguno del
cementerio. Me puse más nervioso. No puedo haberme pasado, me repetía, no
puedo ser tan imbécil. Entonces el ómnibus giró por una callecita y vi una gran
manzana sin construcciones guardada por una muralla blanca y alta, con una puerta
semiderrumbada en la que podían leerse marcas de cañonazos. Era el cementerio.
Más allá se expandía la bahía y, del lado interno de la muralla, una amplia y
variada colección de nichos cuadriculaba el espacio grisáceo de revoque pintado a
la cal.
Quisiera pensar que algo se estremeció en mi interior, que aquel paisaje —
insólito para mí, ya que mi única referencia sobre cómo lucía en verdad un
cementerio (por alguna razón asumía que los que veía en la TV o en las películas
eran falsos o anacrónicos) era el espacio institucional del Central, con sus
panteones de los caídos en la Guerra Civil y las estatúas de ángeles del
novecientos— dejó su marca en mi sensibilidad y logró que se abriera camino en
mí cierta conciencia de que existía otra realidad, otro mundo si se quiere,
subyacente al nuestro, a pocos quilómetros del área que había cubierto con la
pintura espesa de la costumbre. He leído demasiadas veces relatos de escritores o
artistas que se refieren a momentos señeros al estilo de la primera vez que escuche
a Mozart o mi primer contacto con un lienzo de Van Gogh; por mi parte, ninguna
lección inaugural resplandeció con un brillo diferente al de la expectativa que yo
mismo le había construido, y casi todas brillaron mucho menos. En cuanto al
Cementerio del Cerro, lo que sí llegué a descubrir con el tiempo, asombrado y
nadando en la sensación de haber dado con la clave de un misterio que, aunque no
lo comprendiera del todo, bien podía afectarme, fue que parte de la ominosidad de
algunos cuentos de Scarone, entre ellos mi favorito, “La muñeca marciana”, se
desprendía claramente de aquella muralla, de los nichos y las pocas tumbas
desperdigadas que él transfiguraba en el paisaje de las Ferias de sus cuentos, con
alienígenas atrapados en lagunas a las que había que arrojar el tributo de una
virgen cada luna nueva. Y señalo esto porque cuando comencé a escribir sobre
Montevideo, o teniendo a Montevideo como escenario, dejando de lado cierto
prejuicio hacia lo local derivado de los modelos narrativos de la gente de Vermilion
Sands, sentí la necesidad de transfigurarla, de convertirla en una ciudad diferente al
lugar común de Durazno y Convención, Isla de Flores y Gonzalo Ramírez, la Playa
Ramírez, Barrio Sur y Palermo, los bustos de Gardel, la estatua de Herrera, el
Memorial de la Guerra Civil, la Diligencia y los Cuernos de Batlle, tarea que ya
había comenzado Emilio, a partir del Cementerio del Cerro, en cuentos como “Las
mansiones silentes” o “Las tumbas de la oscuridad”. Quizá me guste pensarlo ya
que haciéndolo puedo establecer un nexo entre la escritura de Emilio y mis propias
ficciones; lo cierto es que nada de eso cruzó mi mente, más allá de cierto asombro
o escalofrío, cuando rebasé aquel sábado el Cementerio y me bajé,
equivocadamente, una parada antes de la correcta, ante el panorama de la Bahía y
las casitas de Casabó que mediaban entre la calle de Emilio y la costanera, un
enorme conjunto de techos de chapa, baldíos, paredes descascaradas, basurales,
caballos paciendo y niños correteando. Un paisaje que parecía tomado de una esa
recurrente y montevideana película postapocalíptica en la que todas las cosas
aparecen bañadas en una luz color sepia y polvorienta, una luz de amanecer
ballardiano, un amanecer terminal. Seguí la numeración hasta dar con la casa de
Emilio. Llamé a la puerta y me atendió Clara, que todavía vivía allí junto a sus dos
hijas menores.
—¿Vos sos el niño prodigio? —me preguntó, mirándome de arriba abajo.
—Federico —le respondí—, vengo a ver a Emilio, ¿está?
En ese momento se abrió la ventana que daba a la calle y la cabeza de Emilio
se abrió camino para gritar puuuuutooos puuuuuuutooooooooos a las casas de la
vereda de enfrente.
Ella asintió (“se pone como loco cuando los vecinitos escuchan cumbia”) y me
dejó pasar, o al menos así es como lo recuerdo. En varias reuniones posteriores
Clara siempre contó que yo me ruboricé ante la puteada y repetí ¿Es-tá-e-mi-lio?,
balbuceando y mirándome los zapatos, aplastando con la punta del derecho una
colilla de cigarrillo imaginaria. En cualquier caso, pasé a la casa un poco
desordenada y venida a menos y fui recibido por Emilio (“perdoná, viste cómo es,
los negros estos con la cumbia te vuelven racista”), que me presentó a Clara
diciendo esta es mi ex mujer y concubina, el mejor culo de Montevideo. La aludida
rió.
—La historia nos llamará esposas -dijo, y no pesqué la referencia.
—Culo... gran... de... gor... do... yo... meter... banana... —dijo Emilio,
imitando a un robot de dibujos animados.
Al rato estábamos hablando de mis cuentos. Clara sirvió un café instantáneo
aguado y dulce.
—Están bien para tu edad, pero... —dijo.
—No, bien no no seas mala, para su edad son excelentes —la interrumpió
Emilio.
—.. .pero en realidad son una cagada; yo no los hubiese publicado nunca, pero
bueno, por algo se dio como se dio, y si no capaz que no estabas acá.
—Pero no todos son tan malos... —creo que dije (eso es lo que siempre
recordó Emilio, que yo traté de defender uno o dos de los cuentos)
—Sí, hay uno que pasa, el de fantasmas, con la ciudad subterránea sacada de
Bóvedas de acero —y Emilio la interrumpió una vez más para explicar que yo
escribía de un modo “muy clásico y lineal” y que, si quería hacer algo mejor, debía
dejar de leer a mongochos como Asimov y Clarke y conseguir la obra completa de
Dick, Spinrad, Ballard, Aldiss, Disch, Gibson y, por supuesto, Frank Herbert.
—A Herbert ya lo leí —le dije—, o al menos Dune, el primero. Tengo que
conseguir los otros.
— Dune es excelente —dijeron casi al unísono, y Emilio añadió —¿Viste la
película de Lynch?
—No, no la vi —respondí, y con una especie de grito de júbilo me condujo a
su estudio- dormitorio (Emilio dormía solo en una cama de dos plazas, Clara con
las niñas) y encendió el VHS.
De esa tarde saqué en limpio que Dune era una obra maestra —y tuvieron que
pasar ocho años, más o menos, para que empezara a erosionarle esa posición—,
que debía leer a Ballard (Emilio me prestó el número 6 de El péndulo, el que traía
“Tu: coma: Marilyn Monroe” y la novela corta “La fe de nuestros padres”, de
Philip K. Dick, más cuentos de Racoona Sheldon, David R. Bunch, Sam Lundwall
y una serie de reseñas y bibliográficas de autores como Stanislaw Lem y Ray
Bradbury), que Clara tenía definitivamente el mejor culo de Montevideo y que
tenía que dejar de escribir cuentos lineales y clásicos.
En relación a eso último diré que un elemento que se repetiría en todas mis
visitas a Emilio era el de abandonar su casa reventando de ganas de escribir. Me
asombró, y sentí además que allí había un ejemplo a seguir, su capacidad de hablar
de los cuentos que había escrito o los que estaba escribiendo como si fuesen
inseparables de su vida y tan reales como las baldosas rotas de la escalenta hacia
su puerta: hablaba de sus dictadores futuros como si tuviese bajo la cama una
máquina óptica del tiempo que le permitía ver las batallas y las intrigas políticas
que luego llevaría al papel, aunque siempre sentí que explicaba oralmente sus
tramas con más lujo de detalles que lo que había escrito o estaba por escribir , y a
la vez estaba claro que en lugar de narrar lo que realmente hacía era citarnos de
memoria la enciclopedia completa sobre sus ficciones. Porque Emilio era incapaz
de contar en su conversación; se perdía en detalles, descripciones, historias previas
de los personajes y elementos de sus personalidades; abundaba en referencias a su
parafernalia pseudotecnológica y a cierta presunta sabiduría militar y política que,
decía, iba a terminar de dar forma algún día en un Tratado de geopolítica que
significaría un punto de inflexión en la historia del pensamiento humano.
Por ejemplo, ya hacia el 2002 o 2003, una noche me llamó para explicarme,
dando por sentado mi asombro, que no sé qué ejército de su última novela
empleaba helicópteros cyborg generados por ingeniería genética a partir del
ganado. Esa noche, como todas aquellas tardes de 1995, yo me limité escuchar con
impaciencia y una atención vacilante todos aquellos detalles irritantes; entonces
asentía y nada más. Cualquier sugerencia que pudiera hacer jamás sería escuchada
y Emilio siempre se las arreglaba para hacerme creer que él ya se había anticipado
a todo lo que yo (o cualquiera, con la excepción de Matías) pudiera imaginar o
replicarle. La única vez que me pidió algún tipo de ayuda técnica fue cuando
recopiló varios de sus cuentos sobre el Resurgido Imperio Soviético, con sus tropas
de übermenschen —o, como él prefería, übersoldiers — mejorados genéticamente
para convertirlos en una suerte de licántropos superinteligentes que jugaban como
niños con los despojos de sus víctimas, y tuvo la extraña idea de que yo escribiese
un prólogo “filosófico” en el que hablara de Nietzsche y las posibilidades de
evolución del pensamiento humano, por supuesto presentando a sus soldados como
una predicción más que confiable. Me lo propuso en una pizzería del centro, una
noche de invierno; las meseras nos miraban, y después supe que Emilio
frecuentaba el lugar y se presentaba siempre como “el escritor” {si vas a Muzza
Bros decí que vas de parte de Emilio, el escritor). Esa noche -lo cual, por cierto,
nos motivó a partir rápidamente y seguir la charla en una parada de ómnibus donde
dejé pasar varios de los que me servían- había un concurso de imitadores: mientras
hablábamos ensayaba a pocos metros de nosotros un Michael Jackson con el
atuendo de dictador africano genérico, bajo la mirada reprobadora y fascinada de
Emilio, que no pudo evitar cantar uno de los coritos de Billie Jean.
Jamás escribí el prólogo, y tampoco recuerdo bien con qué excusa evité el
compromiso, si es que hubo algo diferente a un sí, claro, dalo por hecho. De todas
formas, ese libro, como tantos otros, jamás se publicó.
De la El Péndulo que me prestó Emilio la mayor impresión fue la que me dejó
“La fe de nuestros padres”, que todavía hoy sigue pareciéndome, junto a Ubik,
VALIS y El búho a la luz del día , de lo mejor de Philip Dick; y si bien para ese
momento ya había leído algunas de sus novelas — La penúltima verdad y ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas? más el tomo dos de los cuentos completos—,
creo que fue esa lectura desde la revista argentina lo que terminó por incrustar a
PKD en mi corazón. Emilio decía respetarlo, a la vez que aclaraba que no era uno
de sus autores favoritos (en el orden cronológico de irrupción en su vida, según mis
pesquisas biográficas, H.P.Lovecraft, Ray Bradbury, Frank Herbert, J.G.Ballard),
pero la verdad era muy diferente: Emilio podía hablar durante horas de Ballard y
de Herbert, pero Dick fue siempre la matriz desde la que desplegó su personalidad
de escritor. Quizá Ballard y Herbert le habían dado un par de consejos, por decirlo
de alguna manera, pero su formateo de lo que era la literatura y lo que quería decir
ser escritor era 100% Philip K. Dick; de hecho, con el paso del tiempo su pastiche
dickiano lo llevó a la gnosis Valentiniana, con su visión maniquea del universo y
su mito central del origen perdido y la condición de extranjeros de todos los
hombres sobre la tierra, además de a otras obsesiones del Dick tardío, como por
ejemplo el desarrollo de armas telepáticas en la URSS, que también lo fueron del
“último Scarone”. He llegado a creer que gran parte de esa imitación se dio de una
manera inconsciente; cuando se le preguntaba por la influencia de Philp Dick
respondía que en verdad su parecido con el autor de Tiempo de Marte se debía a
que se había casado muchas veces (él 2, Dick creo que 5, aunque me parece
recordar que con la última más que casarse de verdad hizo algo así como una
“ceremonia ciberpagana” en 1988) y a que le gustaba jugar con la realidad , como
si con eso fuese suficiente.
Por otro lado, también es posible que, en su percepción de la obra de PKD,
“jugar con la realidad” fuese verdaderamente el elemento central. La escena
arquetípica de ese tipo de ficciones es la que reporta al héroe de regreso a su casa
para encontrar que todo ha cambiado y ahora se vive bajo el mandato de un
dictador androide, por ejemplo, o que en ese mundo paralelo reside en otra ciudad
y se dedica a conducir un taxi, o que al abrir la puerta se encuentra, en la salita, con
su familia completa mirando TV, él incluido, y, asustados, le gritan todos juntos en
un dialecto norteamericano del ruso.
La segunda vez que lo visité discurrió durante horas sobre cine, en particular
Terciopelo azul, Alien, Dune, Blade Runner, La naranja mecánica, Solaris y
Brazil. Encima de su escritorio tenía dos enormes fotografías enmarcadas de Blade
Runner. una mostraba al vehículo de Deckard posándose en el callejón y la otra a
Harrison Ford aferrado a la cornisa. Se ven los autos pasando en la calle, decía
Emilio, admirado, ¿te das cuenta del nivel de detalle?
—Eso es una obra de arte -fue la conclusión
Después del curso acelerado de cine me mostró el número uno de Vermilion
Sands y algo del trabajo que venía haciendo para el segundo. Le pregunté si había
novedades de su libro de relatos; dijo que la mejor opción sería editarlo él mismo.
Había concebido el proyecto de crear Gulag XXI, una editorial especializada en
fantasía y ciencia ficción que, por supuesto, editaría como libro inaugural un
compilado de mis cuentos. Parte del dinero necesario, dijo, lo obtendría vendiendo
manuales de juegos de rol gracias a un contacto que tenía con Enrique Richards,
quien tenía entonces una librería/disquería llamada Lemuria, en Punta Carretas. Le
pregunté a Emilio la dirección exacta para visitarla; al día siguiente convencí a mi
amigo Adrián de acompañarme, tomamos el 183 y nos bajamos en el Ombú, para
caminar después unas cuadras en dirección a la vieja cárcel. Era una librería
bastante chica, con dos góndolas enfrentadas, llena de libros una y de CDs la otra;
detrás del mostrador había una puerta y un exhibidor lleno de figuras articuladas de
superhéroes y otros adornos coleccionables.
—Enseguida vooooy —escuchamos: una voz de doblaje de dibujos animados
insoportablemente cachonda.
De inmediato se abrió la puerta y apareció un tipo bastante alto y corpulento,
con los ojos desorbitados y una sonrisa que parecía estaqueada a su rostro.
—¡Hola! —dijo, con una voz entre afeminada y psicópata— ¿qué puedo hacer
por ustedes, niñas? —Le expliqué que éramos amigos de Emilio Scarone y que
veníamos a conocer la librería— ¡Ah!, ¡entonces están participando de esa bobería
de ciencia ficción que va a sacar Emilio, esa revistita con el título robado de
Ballardo! ¿Ya se los templó a los dos con esa pijita minúscula que tiene?
—Ballardo —dije, nervioso—, muy bueno...
—Muy bueno, miren, ¡les voy a dar un consejo! ¡Se me apartan las dos ya
mismo de la ciencia ficción! ¡Como de la muerte misma!¡Se me apartan ya mismo
de Emilito Scarone! Esa negra tiene LOSER escrito en la frente y se los va a
contagiar a ustedes. ¿Vos escribis? —Adrián negó con la cabeza, tomado por
sorpresa—, ¿y vos? —asentí—, bueno, te voy a dar un consejo: olvídate de la
ciencia ficción. Mirá, este es el libro que tenés que leer...
Caminó hacia la góndola de libros y sacó un tomo bastante grueso. American
Psycho.
—Ni idea —dije— no lo conozco.
—¡No lo conozco! ¡Ah! —la sonrisa seguía allí, fija, como si voz surgiera de
cualquier lugar menos de su boca— ¡No lo conocés! Bueno, nene, ¡des-per-ta-te!
Abrí los ojos, pibito, descasteate esa mist, mironeá el mundo, viajá, cogé, hacete
coger, chupá una buena pijotrona, lee a Bastón Bilis, actuá en una película porno
con gordas camboyanas, disfrázate de Ziggy Stardust, hacete pegar por neonazis en
Berlín, morite de sobredosis en Shanghai, en Sarajevo, en Groenlandia, donde puta
sea, ¡pero no leas ciencia ficción! Muy lindo todo, los imperios galácticos, la
ciudad del borde de los tiempos, la mano de hacerse la paja de la oscuridad, todo
bien, todo muy rico, muy linda la novia, pero ahora ya es tarde, Heidi. Tu misión,
si decides aceptarla, es descubrir a Bret Easton Bilis. Esta es la literatura,
Chilindrina, nada de pavadas para pelotudos que arman maquetas del Enterprise.
Eso está totalmente muerto. Tomá, te lo vendo —me tendió el libro—, doscientos
pesos, tómalo o déjalo.
— Lo voy a dejar —dije, mirando la portada— por ahora tengo mucho de
Philip Dick y J.G.Ballard.
Traté de hacer sonar mis palabras como un desafío.
—Felipe Kapito y Jaime Ballardo, ah sí, sí, veo que sabés lo que hacés —dijo,
y fingió que se lavaba las manos— pero todo eso está muerto, gansomán, y más
que muerto. Es literatura zombie, nene, eso es lo que es. A brillar mi amor, vamos
a brillar mi amor.
Miramos algunos CDs, pregunté el precio de la colección completa de la serie
de Terminar, de Ursula LeGuin y nos fuimos. Cuando nos despedimos me apretó
la mano con demasiada fuerza, sin dejar de sonreír ni de mirarnos como si tratara
de imitar a Salvador Dalí.
—Ah, y si lo ven en sus pajitas grupales al tarado de Matías Andreoli díganle
que me voy a garchar por el orto a su hija en una cueva del Borro, y lo mismo a
Emilia Scarone, ¿OK? A los dos les dicen eso. Borro, cueva, coger, culo. Que les
voy a dejar una mancha de semen con forma de Eurasia en la carita a las dos niñas,
simultáneamente, mientras chapoteo con los deditos de los pies en el charco de
sangre que mana de sus culitos vírgenes.
Me encogí de hombros y asentí; vámonos ya de acá, le dije a Adrián, y casi
corrimos en dirección a Boulevard España. Al llegar a casa llamé a Emilio y le
conté que había ido a Lemuria y que, en mi opinión, el librero estaba
completamente loco.
—Sí —dijo—, el gordo Richards está mal de la cabeza. Es por la merca; ¿viste
la puerta esa que tiene atrás del mostrador? Ahí tiene un cuartito, cada media hora
entra y se mete una línea. Dicen, yo no sé, pero Matías parece que tiene pruebas,
que también se lleva clientes para ahí adentro y se los garcha. Le gustan de tu edad,
aparte. ¿No te dijo nada, no te cargó? ¿Un filo, capaz?
—No, me parece que no; tiene una voz un poco amanerada, capaz, pero no sé,
me parece que no.
No recuerdo si por aquellos días ya me percataba de la evidente homofobia en
el discurso de Emilio; una vez, años después, tuve la ingenuidad de señalarle que el
protagonista de “Mundo de ” se comportaba de una manera bastante gay; los
malabarismos conceptuales que hizo para defenderse de semejante acusación
fueron asombrosos. Su conclusión, sacada no sé de dónde, fue que los yanquis
vivían en una sociedad decadente que fomentaba la homosexualidad, y que
“cuando todo cambiara” el mundo se volvería más puro, soviético y heterosexual.
—Mejor, el tipo en realidad es un psicópata, tené cuidado.
—Bueno —añadí— me dijo que se iba a coger por el culo a la hija de Matías...
Emilio se quedó callado.
—Eso no se lo cuentes —dijo, finalmente— . Matías es capaz de matarlo al
gordo marica; mejor dejalo así.
Sí, qué se yo, no pensaba decirle, pero me llamó la atención, ¿tiene algo en
especial contra Matías?
—Se enfrentaron en la tertulia del viejo Morales, en el Sorocacana, después de
que salió el librito ese de mierda que tiene tres cuentos de Matías, de cuando
Matías quería escribir como Borges y menos mal que dejo esa etapa porque ya me
tenía podrido. Estuvimos sin hablarnos por varios meses después de eso, otro día te
cuento. La única vez que me traicionó, ¿sabías? Te explico: a mi Borges me parece
una bosta; se me cae un huevo de pensar nomás en leerlo. Mirá, escribirá muy
bien, pero cuentos de gauchitos que viajan por el tiempo no me interesan. Aparte el
viejo de mierda era flor de facho, ¿sabías? Y seguro que puto también.
Era curioso —aunque en ese momento no lo noté— que tildara de facho a
Borges una persona que en más de una ocasión se definió como “fascista de
izquierda” y que decía admirar a Napoleón y a Stalin 5 . Él encontraba, supongo,
alguna escala posible en la que sus ideas políticas no desentonaban; unos años
después del fracaso de Vermilion Sands empezó más o menos seriamente a tomar
notas para su Tratado de geopolítica, al que le añadió en el título el concepto de
marketing cultural, explicado en una suerte de prólogo que tomaba la forma de una
5 Una vez redactó junto a Matías una "descripción" de su "forma de gobierno ideal", bautizada
inteligentocracia. La clave de la cuestión era conceder ciudadanía (y por lo tanto facultad de votar) únicamente a
quienes superaran ciertas pruebas matemático-lógicas y de destreza física. La descripción -que supongo valía
como manifiesto- aclaraba que los estatutos de la inteligentocracia no podían ser revocados por el voto de los
inteligentócratas y que quienes así lo sugiriesen merecerían la pena de exilio en un campo de concentración,
etcétera.
lectura de la historia de la Iglesia Católica mayoritariamente inventada. Hasta la
que podríamos llamar la época de sus dos “novelas finales” inconclusas {La novela
del resplandor y La novela de las tinieblas, ambas inéditas hasta la fecha), que
marcaron el comienzo de su etapa espiritual o mesiánica, el Tratado sería la obra
en progreso de la que más decía enorgullecerse, la que, en su opinión, constituía
más cabalmente la summa de su pensamiento. Tengo por alguna parte el prólogo y
los primeros seis capítulos; jamás logré terminarlos.
La relación comercial con Enrique Richards terminó con la salida, en abril del
95, del número dos de Vermilion Sands. Richards se negó a pagar los 400 pesos
que Emilio pretendía cobrarle por el anuncio a cuarto de página de su librería y eso
sirvió para que “el gordo marica” pasara a la lista de enemigos y traidores del
Movimiento Uruguayo de Ciencia Ficción y Fantasy. Entre mi visita a la librería y
la negativa de Richards a pagar el aviso pasaron casi tres meses; lo primero que
hizo Emilio después de mover al librero desde “aliado potencial” a “cucaracha
execrable” fue hablarle a Matías de aquella amenaza de cogerse a su hija. Añadió,
además, que Richards había intentado “pasarme para el cuartito” y que me había
invitado -es decir prácticamente encajado el polvillo a presión por mis narinas
con unas rayas de merca. Matías habrá reaccionado como era predecible dada su
máscara deportista y antidrogas de heterosexual militante. Una noche, según me
contó Emilio, él y Matías invadieron Lemuria justo a la hora en que Richards
bajaba la cortina. Fue una visita en plan pasá pa’dentro de esta no zafás qué
anduviste diciendo gordo puto ahora te venís con nosotros hijo de puta te vamos a
dejar la cara como al Humongus de Mad Max/te vamos a romper todos los huesos ,
o al menos así la describió Emilio, claramente disfrutando cada inflexión de su voz
al repasar los golpes, las puteadas, las caras de sufrimiento y los patéticos intentos
de zafar/pedir perdón de Enrique Richards. Pero no nos robamos ningún libro
aunque Matías casi se lleva un CD de Vangelis y yo uno de Enya. Quince minutos
después de la golpiza para que quedara un buen rato ahí tirado el gordo marica
palpándose los huesitos que le dolían y gimoteando como una nena, según dice la
Leyenda Negra del Movimiento Uruguayo de Ciencia Ficción y Fantasy, metieron
al gordo Richards en asiento trasero del Volkswagen Gol de los padres de Matías y
lo llevaron a una playa desierta entre Shangrilá y Lagomar para una vez más
cagarlo a golpes, esta vez no en el interior de su librería oportunamente cerrada al
público (cosa que siempre me pareció poco creíble) sino en la arena y con el agüita
fría para que se termine de hacer popó encima.
Emilio y Matías alardeaban a veces de esa actitud mañosa; de hecho, es
posible que en conjunto soñasen al movimiento de ciencia ficción y fantasy
organizado como se cuenta en El padrino, con los caporegimes, el consiglieri y el
don, con Matías gustosamente actuando de Lúea Brasi. De hecho, yo tampoco me
libré de sus interrogatorios y sus intentos de razonar conmigo.
En diciembre del 96 me encontraba en el corazón de lo que retrospectivamente
llamaba mi “período de la abenidad”. La idea básica era que, con la excepción de
Solaris y quizá Alien, la representación de los extraterrestres en la ciencia ficción
era totalmente insostenible, en cuanto me parecía limitada a una simple variación
de aspectos humanos. Un verdadero alienígena, pensaba yo, debía ser
completamente ajeno a todas las pautas con las que percibimos el mundo en
general y la vida y la inteligencia en particular. La ciencia ficción tenía la misión,
la función incluso, de representar esa extrañeza, esa “abenidad”, salvando a través
del arte todos los escollos epistemológicos aplicables.
Con Emilio solíamos discutir estas ideas, y aunque él jamás lo admitió debió
ser la primera vez que logré convencerlo de algo. Pronto, sin embargo, decidió que
todo el rollo de la abenidad (que a mí me sirvió sólo para escribir aun peor y
meterme en un callejón sin salida del que lograría salir recién a fines del 97) en
realidad lo había inventado él, y me irritó enormemente cuando escribió, en la nota
biográfica de su cuento “La muñeca marciana” para el número tres de Vermilion
Sands, que...
Detrás de un título inspirado en la época dorada de
Weird Tales encontramos un relato raro, más clasificable
en el concepto que su autor define como “alienidad” que
en otra vertiente conocida por la humanidad. Un mundo
paralelo donde la conciencia de lo incomprensible o
inconcebible se alterna con situaciones convencionales. 6
—¡Pero el concepto es mío! —le quise discutir.
—No te calentés. Mirá, te explico cómo son las cosas en arte. Sí, vos lo
empezaste, pero de un modo muy tentativo, muy inseguro, muy de pendejo; yo le
aporté tanta estructura y pensamiento maduro que al final lo hice totalmente mío.
¿Qué podía haber respondido? Por mi parte, estaba seguro de mi autoría en
cuanto a la “alienidad”, hasta el punto que, en una de mis tantas cartas entusiastas a
un fanzine argentino llamado Copérnico (donde me aceptaron dos cuentos, los
primeros que publiqué al margen de Vermilion Sands ), hice una especie de llamado
a los lectores interesados a colaborar con sugerencias -o mejor con literatura- a lo
que podía convertirse en una corriente estética dentro de la ciencia ficción, como lo
había sido la new wave en los sesenta y el cyberpunk en los ochenta. Emilio
recibió su ejemplar un lunes; se lo prestó a Matías un martes y ese mismo
6 También es cierto que Emilio tomó la ¡dea de la "alienidad" y la incorporó -consciente o inconscientemente,
no importa, están ahí los adjetivos y la referencia a Wierd Tales- a la tradición lovecraftiana. Seguramente vale
más ese gesto que cualquier tonta pretensión de haber "inventado" el concepto.
miércoles me pasaron a buscar por casa en el auto. Atendimos algunos mandados
y, ya de regreso, me interpelaron por aquella llamada a integrar un movimiento.
—Esas son ideas nuestras —dijo Emilio—, nosotros funcionamos de una
manera que tenés que entender, porque es la organización con la que vamos a
ganarle la guerra a todos los mongochos, y una cosa que no podés hacer es andar
abriendo la boca por ahí.
—Y aunque eso de la alienidad no tiene sentido —continuó Matías— y hacen
agua por todas partes, son del movimiento nuestro y se quedan con nosotros: con
Emilio nos pareció casi una traición lo que hiciste, publicándolo en Copérnico.
Iba a empezar a defenderme cuando me interrumpieron.
—...pero sabemos que no lo hiciste de mala fe, así que está todo bien;
solamente no sigas adelante, vos escribí lo que quieras sobre la alienidad, pero no
lo divulgues a otra gente. A veces nos olvidamos de que tenés dieciséis años, que
para muchas cosas sos medio pendejo todavía. Te falta mucho por vivir. Tenés que
cogerte una buena mina, mayor que vos, que te haga ver algunas cosas, te explico,
y así vas a empezar a entender la vida de otra manera, haceme caso que unas
cuantas minas me he cogido. Ciento ochenta según la última vez que me tomé la
molestia de contar. Pero por ahora, disciplina.
Matías remató la interpelación:
La primera regla acá es que no hay que avivar giles —dijo, sin sacar los ojos
de la calle.
Fuera del movimiento no sé de nadie que haya hecho así fuese la más discreta
referencia a la presunta paliza que le dieron Emilio y Matías a Enrique Richards.
En un ambiente tan llorón e hipersensible como el uruguayo, si algo así hubiese
sucedido tarde o temprano habría aparecido algún tipo de relato indignado o
apelación a la santa hermandad de los escritores en repudio a la violencia física.
Pero no fue así. Nadie contó esa historia.
Poco después, además, Enrique Richards tuvo que cerrar Lemuria. Unos años
más tarde, a mediados del 2000, recuerdo que acompañé a una novia a un conocido
videoclub de Pocitos en busca de ya olvidé qué película japonesa inhallable, y allí
estaba el gordo Richards detrás del mostrador. La sonrisa se le había petrificado,
pero la intensidad psychokiller de su mirada ya no estaba allí; me reconoció, dijo
dos o tres bobadas, me felicitó por mi novela Desintegración , me palmeó la
espalda y la cosa quedó ahí. Me pareció, eso sí, que los otros empleados del lugar
lo trataban con cierto desprecio.
Supe que trabajó después en una tienda de CDs en la Ciudad Vieja y, lo más
interesante, que era escritor. Poeta y narrador, de hecho. Emilio y Matías jamás
habían mencionado esa, digamos, faceta.
Uno o dos meses después de que se publicara mi novela apareció en 45 un
artículo que reunía (incluso con una foto cool) a tres escritores que, en ese
momento, según podía leerse, estaban practicando un “realismo” que “cortaba con
la tradición uruguaya” y acusaba la “influencia” de Bret Easton Ellis, Salinger y
Carver. Si bien buena parte del texto (lo había escrito María Inés Larrecreu, una
especie de topo gris amarronado que frecuentaba los bares donde se reunían ciertos
escritores equipada con una libretita y una lapicera, y así, dicen, escribía sus
reseñas) era fácilmente aplicable a mi libro (que, de todas formas, tenía también
bastante de “fantástico”, sobre todo al final), la nota no lo mencionaba y mucho
menos me nombraba, aunque señalaba que “otros escritores menos visibles y más
vinculados al movimiento subte, con toda su rebeldía ingenua o adolescente, han
intentado escribir bajo estos códigos e incluso publicado alguna que otra novelita”.
Pasada parte de la predecible calentura noté que uno de los integrantes de aquel
trío era nada más y nada menos que Enrique Richards. Vestía una camisa celeste,
un pantalón blanco que le quedaba un poco corto y miraba hacia su derecha con
una mueca sarcástica, a la vez que pasaba sus brazos por detrás de sus compañeros
de foto, que parecían no prestarle atención alguna. Y resultó que el gordo Richards
había publicado una novela muy corta sobre un hombre que raptaba chicas de
liceos privados y las cortaba en pedacitos que guardaba en cubitos de acrílico con
los que ensamblaba algo así como esculturas anatómicas.
Los otros escritores del grupo de los “crueles”, como los llamaba el artículo,
eran Nicolás Roddi y Ariel Stella, a quienes eventualmente llegué a conocer. No es
que tuvieran relación alguna con la fantasía y la ciencia ficción uruguayas, pero en
tanto frecuentaban Lemuria y eran amigos de Richards, valía la pena contar con su
relato de aquellos años. Así, cuando los entrevisté para Cual retazo del espacio, me
contaron que durante la charla con Larrecreu comentaron mi Desintegración y se
preguntaron (bueno, sí, pero vamos a creerles) por qué yo no había sido
convocado. La periodista, entonces, descartó la cuestión y cambió de tema, tras
señalar que no conocía mi nombre ni estaba al tanto de que hubiese publicado una
novela sobre asesinos en serie. Quizá, cabe pensar, dado que jamás escribí ni
escribiré como Carver o como Salinger, mi incorporación a su tríada se le
complicaba un poco.
Desde la aparición de esa nota leí la narrativa de los tres “crueles”,
evidentemente un momento importante y valioso del proceso de la literatura
uruguaya. Roddi se mantuvo en actividad como poeta y dramaturgo, pero Stella y
Richards dejaron de escribir. Ariel se convirtió a no sabría decir qué doctrinas
espiritualistas y chamánicas y viajó por Latinoamérica remedando (con más éxito,
según me contó) la búsqueda burroughsiana de la ayahuasca, mientras que el gordo
Richards, según supe por Nicolás Roddi, vive en Barcelona y es dueño de una
discoteca.
En cuanto a su compilado de relatos Emilio decidió, después de su ruptura con
Richards, que el proyecto de lanzar la editorial GulagXXI, era inviable y que si
quería publicar su compilado de cuentos debía seguir intentando en el mercado
editorial. Así, cuando por fin lo publicó en 2003, el índice mostraba exactamente
los mismos cuentos del proyecto original con Nuevo Siglo: “La llegada de la
bestia”, “Viaje en crucero”, “Mundo de dragones”, “El hombre en el barro”,
“Bicicletas”, “Las tumbas de la oscuridad”, “Las maquinarias del pecado” y “Las
moradas silentes”. La portada lucía la vieja ilustración de Daniel Lonti, pero nadie
cobró un peso extra por ella. En la presentación se reunió casi todo el mundillo
cienciaficcionero local, y Emilio pudo darse el gusto de ningunear a Marta Linari
(“¿la ves a la Linari ahí? La lengua más rápida de la literatura uruguaya, le dicen.
Adiviná cómo hizo para que le publicaran los libros los micos de Nuevo Siglo...”)
y a Patricia Lernández, que parecía entusiasmadísima con el libro de Emilio en sus
manos. Sin embargo trató muy bien a Washington Morales; incluso le regaló un
ejemplar y pasó un buen rato conversando con él, brindis incluido. En cierto
momento Emilio se me acercó con el viejo.
—Ustedes se conocen, ¿no?
—Claro —se apresuró a responder Morales—, he seguido la carrera de este
joven con gran atención, aunque debo decir que esa novela que publicó hace unos
años... no es de mi gusto literario, precisamente. Demasiadas palabras soeces —y
sonrió.
Estaba flaco y encorvado, con cierta expresión de miedo incómodo en la
mirada. Sus maneras seguían ceremoniales y aparatosas, pero con el paso del
tiempo terminaron por convertirlo en la parodia de un viejo almirante arrojado a
una silla de ruedas o a una suerte de pesado cyborg steampunk.
No lo había vuelto a ver desde mi última visita a su librería, siete años atrás.
Dijo un par de tonterías sobre la gestión cultural del gobierno, predijo un nuevo
mapa político para las elecciones de noviembre y, después de palmearme en el
brazo derecho y hacer otra broma sobre mi novela Desintegración, se acercó a un
mozo reclamando más vino. Regresó con dos copas; me tendió una.
—Dese una vuelta por la librería en estos días, así conoce el nuevo local, más
céntrico; si mal no recuerdo, nunca terminamos sus lecciones de historia.
—No —dije, de inmediato—, pero no recuerdo en qué nos quedamos... ¿Las
Malvinas? ¿Los plebiscitos?
Qué cosa, yo tampoco me acuerdo... ¡en fin! Habrá que empezar de nuevo,
¿verdad?
En realidad me acordaba bastante bien de aquellas charlas sobre historia; eran,
con pequeñas variaciones, las que el viejo arrojaba a los oídos de todos los que, por
debilidad de carácter —como era mi caso— o por lástima —los menos—, le
permitían monologar indefinidamente mientras se balanceaba el mal trago dando
cuenta de los sándwiches y la eterna Coca Cola. Al principio todo aquello me
interesaba poco y nada, pero luego descubrí que parte de lo que decía el viejo
podía servirme de tema de conversación con mi padre o mi abuelo, que, habiendo
vivido aquellos años desde una perspectiva diferente a la de Morales, siempre
tenían alguna corrección que hacer a mis comentarios. Por ejemplo, si yo iba y
decía porque en la guerra en el interior se vaciaron las ciudades y murieron
cientos de personas, ellos invariablemente dirían sí, claro, pero eran milicos o
guerrilleros, la gente bien no tuvo nunca nada que ver con todo eso, y aparte lo del
“vaciamiento” es una exageración de historiadores zurdos; entonces yo seguía:
—Pero en muchas “casas de familia”, como dicen ustedes, también se
organizaron formas de resistencia —a lo que seguía invariablemente vos qué
sabrás de esos años...
—...había que armarse porque no había seguridad, pero no era porque uno
quería enfrentarse a nada, era porque con tanto milico peleando en Tacuarembó
contra los rompequinotos de siempre, acá en Montevideo la policía no daba abasto
y cualquier vivito te asaltaba en la esquina.
—Pero si las estadísticas dicen que... —retrucaba, y a la tercera o cuarta
objeción de mi parte la discusión se acaloraba y yo empezaba a divertirme. Quién
te estará metiendo estas cosas en la cabeza a vos, solía decir mi abuelo a modo de
punto final a la discusión, y yo me hacía el misterioso.
—Nadie, soy yo que ando investigando por ahí —a lo cual mi abuelo, de haber
sido católico, hubiese respondido persignándose.
Al otro día, invariablemente, encontraba en la mesa del comedor algún libro
sobre Batlle y Ordoñez o Batlle Berres (a quien mi abuelo había conocido en
persona durante su militancia en la lista 15), con una nota de mi abuelo, en su letra
cuidadísima, que decía lee primero esto y luego hablamos; cosa que, por supuesto,
yo jamás hacía.
En cuanto a La cueva del aficionado, después de haberme llevado aquel
ejemplar de The killing joke mis incursiones se volvieron semanales. Meses
después supe que el viejo —que no podía dejar de notar como le desaparecían los
libros— siempre sospechó de mí, desde el principio, y que sabía con certeza que
me había llevado aquella historieta. Para mi cuarta visita (Vidas breves, de Neil
Gaiman, y Batman-Dracula: lluvia roja, de Kelley Jones y Doug Moench) llevé un
aliado. Mi amigo Adrián se había cambiado de liceo para poder cursar quinto
científico; un día me aparecí por su casa sin aviso y lo encontré estudiando con
Diego Buongiorno, uno de sus nuevos compañeros. Hicieron una pausa para comer
algo y nos pusimos a conversar; resultó que Diego era un gran lector de historietas
y fan de la ciencia ficción, al menos de su vertiente visual. Como para ese entonces
yo ya tenía cierta idea de las líneas fundamentales de los universos DC y Marvel
pudimos conversar de un modo bastante fluido. Le comenté que estaba involucrado
en una revista de ciencia ficción muy vinculada al mundo de la historieta; incluso
le propuse participar, y le sugerí que podía escribir reseñas o artículos sobre los
personajes que seguía más de cerca.
—¿Y vas a lo del viejo Morales, no? —me preguntó.
—Voy, sí —le respondí, y puse cara de que conocía a La cueva desde el
principio de los tiempos— es más, pensaba ir mañana, ¿querés venir?
—Buenísimo, yo justo andaba con ganas de comprarme la caja con todos los
tomos de Batinan The Cult. ¿A qué hora nos vemos?
Le expliqué dónde vivía y arreglamos que me pasaría a buscar a las cinco de la
tarde. Llegado el momento tomamos el 306 y, en el camino, le conté que desde
hacía más o menos tres semanas venía robándole libros al viejo. Había empezado
por The killing joke, detallé, luego Batman año uno y, la semana anterior,
Superman: el hombre de acero.
—Ah, ¡yo también! La penúltima vez que fui le afané Gotham luz de gas. ¿Vos
cómo hacés?
Le expliqué que había encontrado un punto ciego a la perspectiva del espejo
convexo.
—Claro —me interrumpió—, ahí con los cómics porno.
Diego reía con una carcajada demasiado fuerte para mi timidez post¬
adolescente y paranoica.
—¿No convendrá bajar la voz? —pregunté.
—No creo que vaya ningún conocido del viejo en este ómnibus, ¿no? Bueno,
nunca se sabe —dijo, y cambió de tema, pero para cuando llegamos a La cueva
(había que caminar un poco después de bajarse) ya habíamos determinado qué se
llevaría cada uno y cómo. El tomo de Sandman para mí y Superman Kal para él.
Morales nos saludó con la misma afectación de siempre.
—¡Ah!, ¿son amigos ustedes? —casi gritó— ¡pero qué bien! ¡Dios los cría,
como dice el dicho! Pasen, pasen, justo tengo un invitado de honor, les va a
encantar conocerlo, especialmente a usted, Stahl.
En la oficina, husmeando en los tesoros del viejo, había un tipo bajito y pelado,
vestido con un traje formal muy pasado de moda. Al principio me pareció que se
peinaba con uno de esos ridículos combovers que más que disimular la pelada la
ponen todavía más en evidencia, si es que tal cosa es posible; pero después de
mirarlo más de cerca entendí, asombrado, que las líneas que había tomado por
pelos en realidad estaban trazadas sobre la piel con una tinta misteriosa que lograba
parecerse al cabello.
—Federico Stahl —nos presentó Morales—, Juan Carlos Migliano; Juan
Carlos Migliano, Federico Stahl.
Fo saludé. —Ya nos conocemos —dije— pero no sé si usted se acordará.
Migliano entrecerró los ojos.
—Sí, comenzó, me parece que sí, de vista al menos ya que no por su nombre...
pero ¿de dónde podrá ser?
—De la presentación de un libro que saqué el año pasado, ¿se acuerda? —
fingió asentir, como empezando a recordar—, a usted lo convocó Eduardo
Peñalosa, mi profesor en un taller de Expresión Oral y Escrita. Hicimos la
presentación en el liceo donde estudio, con una obra de teatro, ¿se acuerda?
En ese momento me recordó de verdad. —Ah, por supuesto, me acuerdo que
pasé a felicitarlo, un poco tarde lamentablemente; Peñalosa me había hablado de
un nuevo muchacho que estaba escribiendo ciencia ficción. Todavía no leí su libro,
joven, pero sepa que pronto lo haré y le mandaré mis comentarios con el amigo
Washington.
Morales sonreía de brazos cruzados, asintiendo con la cabeza.
—Y ahora está sacando esa revistita, Vermilion Sands —dijo—, con la gente
de Emilio Scarone, ¿la has ojeado, Juanea?
—Ah, sí, la revista de Scarone —dijo—, no, no la he mirado. Tengo mis
reservas sobre ese muchacho, como vos sabrás.
Yo no supe qué decir.
—Dejemos al amigo Federico cometer sus propios errores, Juan Carlos, que es
joven y, sabemos, es la única manera de aprender. Si no miranos a nosotros allá
por los tiempos negros, negrísimos de la dictadura, y ya parece como si dijera hace
dos mil años. ¡Si nos habremos equivocado! Nosotros y el país, la
irresponsabilidad del ciudadano de a pie y de la guerrilla altisonante que se
enseñoreó con la dizque voluntad de las masas para transitar la vía armada,
desaconsejada por cualquier intelecto preclaro del momento, nada más y nada
menos que el Ché entre ellos. Porque no solo nosotros nos equivocamos, amigo
Migliano, lo hizo todo el país. Pero la pregunta es, ¿aprendimos algo? ¿Qué
sacamos en limpio los uruguayos de casi quince años de poder copado por los
bárbaros? Yo he sacado mis conclusiones, por supuesto. Y Juan Carlos también,
estoy seguro —Migliano asentía, gravemente, aunque me pareció que el tema lo
ponía nervioso—, pero el país... no lo sé. Usted, amigo Federico, usted es joven,
todavía tiene mucho que saber sobre lo que pasó en esos años. Un día de estos
véngase con tiempo y hablaremos, largo y tendido, y le contaré lo que no está en
los libros de historia, ya verá.
Asentí y me excusé. Diego ya había separado los libros del plan, por un lado
los que serían robados (juntos al final de la estantería de la DC) y, en la mano, las
dos revistas que íbamos a comprar, un número de La cosa de pantano para mí y
para él un Superman, también de Zinco, de los guionados por John Byrne.
—¿No se complicará con ese viejo de mierda ahí sentado? —susurró. Me
negué con la cabeza.
—Vos disimulé —le dije, y tomé mi libro, mi revista y -para fingir que lo leía-
el enorme volumen de Las mejores historias del Joker jamás contadas ; llevé todo
al rinconcito porno, donde apoyé los libros en mis rodillas, y empecé a husmear
una Kiss Comix. Cuando sentí que no había manera de que me mirara (el viejo y
Migliano estaban discutiendo sobre política) me escondí Vidas breves bajo el buzo.
No era un libro fino, pero como estábamos en otoño y e mpezaba a hacer un poco
de frío, el buzo de lana y la remera que llevaba por debajo lograrían disimular las
esquinas a la perfección. Me levanté y fingí señalarle a Diego una viñeta del libro
del Joker, que tomó (llevaba bajo el brazo su Kal ) para llevárselo al silloncito
rodeado de pornografía. Me acerqué a la oficina con la revista de La cosa del
pantano, sacando la billetera.
—¡A ver! —comenzó el viejo Morales—, ¿qué nos llevamos hoy? ¿Alan
Moore? No me extraña. Todos los jóvenes están enloquecidos con el inglés; yo no
sé qué le ven. Pero bueno, algún mérito tendrá.
Migliano asentía con su expresión lenta y grave de siempre. Pagué, esperé que
Diego hiciera lo mismo con su revista, saludamos al par de veteranos y
abandonamos La cueva.
El martes de la semana siguiente fui solo, dispuesto a escuchar toda la
parafernalia pseudohistórica que me había prometido el viejo. Llevé una mochila,
pensando que quizá podía tener la oportunidad de hacer algún tipo de upgrade a mi
técnica de apoderamiento de cómics. Cuando llegué no había nadie y Morales
limpiaba la vitrina de los tesoros.
—¡Ah, Stahl, bienvenido! Me encontró haciendo las ingratas pero
imprescindibles tareas de mantenimiento.
Cerró la vitrina y se sentó en su silla, indicándome que tomara la del invitado.
Deje la mochila en el piso y me acomodé.
—¿Viene por sus lecciones de historia? —preguntó, respondiéndose él mismo
con un asentimiento de cabeza— bueno, mire, voy a empezar con algo que usted
ya sabe: la ciencia ficción es un instrumento de crítica social. Es eso ante todo o,
mejor dicho, tiene que ser eso ante todo. No estamos viviendo épocas en las que
podamos darnos el lujo de pegarnos a la candela atraepolillas del arte por el arte.
De modo que si alguno de los vivarachos de siempre le dice que lo que usted
escribe es evasión, siempre podrá contar con decirle no, es crítica social. El mejor
escritor de ciencia ficción de este país es Juan Carlos Migliano, a quien conoció
usted la semana pasada en esta cálida guarida de un servidor; ¿y sabe por qué? Por
la sutileza de su crítica social. Yo, si alguien elabora alguna vez este ranking,
quedaré segundo. ¿Sabe por qué? Porque no soy sutil. Yo escribí cuento tras
cuento, novela tras novela, para denunciar, de la mejor manera que supe hacerlo...
perdón, que sé hacerlo, a la dictadura militar y sus secuaces, ¡muchos de ellos
todavía en el gobierno, disimulados bajo el poncho de estos blancos pillos! Pero
usted, por supuesto, es muy joven. ¿En qué año nació?
—En 1978.
—Bueno, entonces quizá sí recuerde algo. Después de todo, tenía usted diez,
once años cuando se fueron los hijos de puta.
Hizo una pausa dramática. Asentí.
—Recuerdo los cacelorazos —dije—, los plebiscitos...
—Mire —me interrumpió— por ahí se dice que pueden distinguirse tres
períodos en el llamado “proceso militar”. Es mentira. Hubo uno solo: el atropello,
el cagarse en el pueblo, en las instituciones y en los derechos humanos. Dicen que
no hubo más muertos ni presos políticos a partir del 81, que ahí comienza una
“dictablanda”. Mentira. ¡Vil mentira! Yo mismo fui preso, dos veces fui preso en
esos años. En 1982 y 1984. ¿Qué fecha, verdad? ¿Qué habría pensado Orwell si
hubiese vivido en nuestros queridos estados sudamericanos por aquellos tiempos
nefastos? ¿Y sabe cuántos murieron en la resistencia, gente que hoy nadie
recuerda? Todos se acuerdan de los muertos ilustres, desde el 66 hasta acá, Líber
Arce, Vasconcellos, Domínguez, Sapelli, Michelini, Ferreira Aldunate... pero de
los que murieron en la guerra, en la guerrilla en el interior del país, 1978, por usar
justo el año en que usted nació, ¿quién se acuerda? Bueno, yo me acuerdo. Lea mis
libros. Lea mis cuentos. ¿Por qué cree que los publicábamos, Juan Carlos y yo, en
Nueva Dimensión, en Procesos Cuasisimétricos, en Zikkurath, en todas esas
revistas españolas? Porque acá no se podía; no había quien tuviera los huevos de
publicar un cuento mío. Juan Carlos tuvo más suerte, y aparte él escribía también
novela policial y estuvo siempre metido de dibujante, pero yo, que me aferré a la
ciencia ficción, que me aferré con toda la fuerza que tuve, ¿qué podía hacer? ¿Y
sabe qué? Cuando mi esposa pudo visitarme en el Penal de Libertad, después que
casi dos meses paséandome por cuanto cuartelcito y base encubierta de los milicos
hubiera por Colonia, Paysandú y Rocha, imaginesé, todo lleno de ratas, humedad y
cucarachas, paseándome por todo el subsuelo del país, ¿sabe usted qué le pedí?
¿Ya en el Penal de Libertad, con Mujica y Huidobro, a quienes vi morir como las
cucarachas que eran, y con el dignísimo Alto Mando, el alto mando completo del
PCU? Los mercaderes del espacio, de Pohl, el Fin de la infancia , de Clarke y La
penúltima verdad, de Dick... Dick, mire usted. Tengo entendido que a ustedes los
jóvenes les gusta Dick, un tipo que nunca me terminó de convencer pero que en
ese libro, La penúltima verdad, hay que admitir, le pegó justito a la cabeza del
clavo. ¿Lo leyó usted? —asentí—, ah, perfecto, entenderá entonces por qué lo
traigo a colación. Acá pasó lo mismo: lo mismo y al revés. Nos mintieron que no
había una guerra, primero, y nos mintieron que hubo una guerra, después, con la
payasada de las Malvinas, una guerra perdida que armaron los hijos de puta de los
milicos de Argentina, y cuando quedaron al borde de desaparecer, los hijos de puta
de los milicos de acá, al borde de la derrota, ahí empezaron los pactos, ahí
empezaron los plebiscitos, ahí llegó la “restauración”, como dicen los que se llenan
la boca con semejante pavada. No les crea. Lo único que se logró con la
“restauración de la democracia” fue sepultar de una vez por todas a todos los
muertos. Pero con olvido, no con tierra. Y se lo dice un veterano que estuvo a
punto de palmar seis veces y que perdió a quince amigos, más conocidos y un
hermano. ¿Sabía esa historia? ¿No se la contó su amigo Scarone? Yo tenía un
hermano en el Rio Negro, ¿conoce esa embarcación mítica, verdad?, y a un gran
amigo entre los Fusileros, y los dos murieron, ¿sabe? en la Batalla del Cerro,
cuando el hijo de puta de Nader traicionó a Zorrilla y disparó desde el Huracán. La
Batalla del Cerro, amigo Stahl, uno de los peores momentos de nuestra historia,
hermanos abriendo fuego contra hermanos, todo por seguir las órdenes de unos
hijos de su putísima madre conspirados para hacerse con el poder...
Se recostó en la silla y respiró profundo, como si tratara de sosegarse.
—Ya vengo —dijo, y se levantó— voy por algo para tomar y picar. Siéntase
como en su casa.
Me palmeó el hombro izquierdo y salió de la oficina. Aproveché el momento
para levantarme, dar un salto hacia las estanterías y tomar Las mejores historias
del Joker jamás contadas, Sandman: casa de muñecas y los dos tomos
encuadernados de Watchmen, en la primera edición de Zinco. Volví a la silla -no
sin un libro para hojear, lo que me parecía un elemento importante de disimulo-
metí todo en la mochila, que dejé entre mis piernas y, fingiendo que leía un tomo
de Punisher, esperé al viejo.
Apareció con una bandeja en la que había dispuesto platitos de queso,
aceitunas, papitas, maníes y salamín, más una botella de Coca y dos vasos de
vidrio. Hizo lugar en la mesa apartando algunas revistas (todo el mundo le llevaba
fanzines al viejo, en general revistas de historietas espantosamente fotocopiadas y
con títulos inverosímiles como Vieja al agua) y depositó la bandeja orientándola
de modo que uno de los vasos quedase fácilmente a mi alcance. Los llenó, tomó el
suyo y lo levantó, una vez más preparando el brindis. Lo seguí.
—¡Por la ciencia ficción! —dijo, como siempre— ¡por la escritura que venga
la sangre de los caídos! ¡Sa-lud!
—Salud —repetí, y golpeamos los vasos. Morales siguió hablando mientras yo
daba cuenta de la picada (él no probó más que un pedacito de queso y algo de
maní), pasando revista a los años y años de dictadura militar. Pero yo ya no
escuchaba; deseaba teletransportarme a mi cuarto, abrir mi mochila y mirar y oler
y acariciar aquellos libros. ¿Pero qué si se había dado cuenta, pensé, y está
reteniéndome como forma de tortura psicológica?
—Ya para el 82, amigo Stahl, los milicos habían logrado dividir, pero les faltó
poco para vencer. Les faltó lo que jamás les cederá el pueblo: ese último grano de
arena de la determinación inquebrantable de la libertad. Pero la división, como le
dije, les dio resultado, y los que doce años atrás habían luchado contra el
Pachecato, comunistas, foquistas, socialistas, guerrilleros, maoístas, peruanistas,
incluso los demócratas que resistían en nombre de los derechos civiles y la
libertad, todos ellos, pobre gente, terminó sospechando de quien tenía al lado,
disparando primero y preguntando después. Gloriosos comunistas en cárceles de
guerrilleros sucios, los enérgicos pero ingenuos independentistas de Tacuarembó
haciendo la última de sus purgas, la más sangrienta... todos, amigo Stahl, todos
pasaron por los momentos más terribles, más inhumanos del siglo XX de nuestra
querida República Oriental. Todos. Y el nombre del padre Artigas, querido amigo,
invocado tantas veces, se tiñó también de sangre en las mazmorras, en los
subterráneos de tanto grupo sublevado que no sabía sino disparar al hermano que
debía asistirlo en la lucha pero que difería con la interpretación de una o dos
palabritas del viejo Marx. ¡Una catástrofe, querido amigo! No sólo padeció el país
la guerra civil más cruenta de su historia sino que, años después, los pocos
guerrilleros que sobrevivieron terminaron matándose entre ellos... Y yo, y yo
también maté, querido Stahl...
Terminado el discurso se rió forzadamente.
—Pero mire la hora que se hizo, mi amigo, debo haberlo aburrido con todas
estas historias de un veterano amargado.
—Para nada, para nada —me apuré a contestar—, siempre es bueno recibir
tanto conocimiento de alguien que lo vivió en persona.
Morales asintió y se levantó.
—¿Qué tiene ahí, que no le pregunté? Estaba leyéndolo cuando volví de buscar
el copetín. ¿A ver? —y pensé sonamos, este es el primer paso, mira el libro y luego
me pide que abra la mochila, llama a la policía y se va todo al carajo— Punisher
P.O.V., el punto de vista del Punisher, claro que sí. Jim Starlin y Bernie Wrightson.
¡Qué gran dibujante! Batman the cult, La cosa del pantano , sus ilustraciones para
Frankenstein. Y por lo que veo lee inglés, muy bien. Mire, ¿sabe qué? Por ser un
joven tan paciente y escucharme con tanta atención, le voy a regalar ese librito.
Lleveseló, cortesía de la casa.
Me levanté y le extendí la mano para saludarlo.
—Pero señor Morales, muchas gracias...
—No es nada, no es nada —dijo, acompañándome a la puerta—. La próxima
seguimos con la historia, que siempre es bueno que un viejo como yo, que ha
vivido lo suyo, que le ha tocado sufrir más de una mala hora, pueda pasarle a un
joven ansioso de aprender el fruto de sus experiencias.
Ya en la vereda lo saludé por última vez. Viejo tarado, recuerdo que pensé, me
importa un carajo tu historia, me importa un carajo la dictadura, te robé tres libros
carísimos y vos todavía me regalás otro. Claro que Punisher —sumergido como
estaba en mi etapa DC a pleno— no me interesaba en lo más mínimo; terminé
regalándole aquel libro a Diego.
Los asaltos a la librería del viejo Morales duraron cuatro meses, más o menos.
Durante el último tercio del proceso ya estábamos robando libros que no nos
interesaban y que vendíamos a mitad de precio a Marcos, Matías y más gente del
movimiento. También robábamos en otras librerías, aunque con bastante menor
frecuencia. De hecho, después de salir de La cueva cargados con el botín solíamos
caminar hacia un hipermercado de la zona, cuya sección de librería estaba por
fuera del área flanqueada por las cajas, para llevarnos desde revistas con tablaturas
de guitarra hasta los tres tomos de El señor de los anillos, que Diego todavía no
había leído. Él había dominado la técnica mucho mejor que yo; excepto en
circunstancias archisabidas —La cueva, por ejemplo— yo siempre me ponía
nervioso e inseguro, así que, en muchos casos, mi función se limitó a curiosear y
llamar la atención de los vendedores con preguntas, despejándole el territorio a
Diego, que siempre se llevaba algún libro para mí a modo de pago por mis
servicios. Recuerdo una librería de la ciudad vieja en la que fuimos atrapados
gracias al error estúpido de no notar que había un entrepiso con oficinas y vista al
enorme salón con las estanterías; los empleados, que amenazaron con llamar a la
policía, en realidad sólo querían darnos un buen susto.
En otra ocasión, Emilio —que decía desaprobar nuestra conducta “criminal”—
nos había acompañado. íbamos a conseguirle un libro de ciencia ficción —El
jardín de las delicias, de Ian Watson— pero, ya no recuerdo cómo, la situación se
malogró y él tuvo que defendernos de los libreros. Yo soy cliente, repetía, como si
fuera un argumento de peso, acá gasté fortunas, así que no pueden tratarnos de esta
manera. Nosotros escuchábamos en silencio. Finalmente, como siempre, nos
dejaron ir.
En cuanto al viejo Morales, pronto quedó todavía más claro que sospechaba
algo. Llegó a pagarle a chicos del barrio para que deambularan entre los estantes
fingiendo que leían cómics, complicándonos la elección de puntos ciegos y la
manipulación de los libros. De alguna manera u otra siempre nos las arreglábamos
para llevarnos algo, pero él seguro tuvo que notar que desde que empezó con
aquellas medidas de seguridad el tiempo que dedicábamos a cada visita a La cueva
se duplicaba sospechosamente. Morales —que no dejaba de impartirme sus
lecciones de historia, como si se hiciera el desentendido de nuestros verdaderos
objetivos en su librería— lo habrá tomado como indicio o confirmación; el hecho
es que una tarde llamó a mi casa —yo no estaba—, habló con mi padre y le pidió
que revisara mi biblioteca en busca de The killing joke. El libro no apareció (se lo
había prestado hacía pocos días a mi amigo Adrián, en mi cuarto o quinto intento
de interesarlo en los cómics), lo cual llevó a mi padre a increpar al viejo en plan
cómo se atreve a sugerir que mi hijo es un ladrón. Morales cedió y pidió disculpas,
pero dejó para mí un mensaje muy claro: ya no era bienvenido en La cueva del
aficionado. Al volver a casa esa noche me vi capturado en una larga discusión que
incluyó varios juramentos de “yo nunca me robé ningún comic” actuados al tope
de mis habilidades histriónicas; más que creerme estoy seguro que la opción de mi
padre fue dejarlo pasar. Por mi parte, cumpliendo con la orden de Morales, jamás
regresé a la librería.
La restricción a las visitas a La cueva también fue extendida a Diego, que tuvo
la suerte de ser quien atendiera el teléfono esa tarde en su casa. Privados de nuestra
fuente de historietas y, además, del dinero que hacíamos con la venta de cómics
robados, Diego reaccionó jurando venganza mientras yo aprovechaba el percance
para retirarme de esa fugaz pero fructífera carrera en el robo de libros, no sin cierto
alivio. También terminaron, por supuesto, las lecciones de historia, que habían
cubierto los quince años de dictadura, repasado la lista de muertos célebres y los
acontecimientos fundamentales desde la batalla del Cerro hasta el asesinato de
Wilson Ferreira, desde el despoblamiento del centro del país hasta los plebiscitos y
elecciones internas de los años ochenta. No me sorprendió en lo más mínimo que,
cuando lo entrevisté para mi libro, repitiera más o menos las mismas fórmulas con
las que me había bombardeado. Sus tesis centrales se mantenían en el carácter
político de la ciencia ficción uruguaya (nunca le pregunté a Alfredo si su idea —
básicamente idéntica— había sido “inspirada” por el viejo) y, en un contexto más
general, la función de crítica social de la ciencia ficción. En la entrevista se
encargó de pasar revista a todos los escritores que había leído, desde Migliano, que
para él seguía siendo el mejor, hasta Federico Stahl.
—¿Va a volver a escribir ciencia ficción, amigo Stahl? Lo último que ha
publicado por ahí es más bien, ¿cómo describirlo? —hizo una pausa— ¿cómo lo
describiría usted?
—No lo describo, Morales, lo escribo.
—Buena respuesta. Pero es una pena que no vuelva al género, ¿sabe? Usted
tenía potencial; todavía lo tiene, estoy seguro. Juntarse con Scarone no lo ayudó,
pero pasado cierto momento estoy seguro de que fue lo suficientemente inteligente
como para saber apartarse, ¿eh?
—Emilio fue una gran influencia y un gran amigo —dije. Se encogió de
hombros.
—Scarone es un escritor de segunda fila, cuya gran ventaja o gran
inconveniente fue doble: el enorme volumen de su escritura, lo cual nos habla de
un acriticismo flagrante, y, por otro lado, su incapacidad para pensar las cosas dos
veces. O quizá ambos hándicaps sean formas de lo mismo, y fue esto último, Stahl,
lo que lo condenó a su amigo tanto en la escritura como en la vida. Todos
conocemos sus historias. ¿Dónde está ahora? Supe que se hizo policía; no me
extraña que terminara abrazando a la fuerza represora. ¿Alguien sabe dónde
terminó?
—Lo ignoro por completo, Morales. Después que desapareció, dicen, pasó un
tiempo en Barcelona. Dónde está ahora es un misterio.
Recuerdo que una vez me dijo que quería morir como corresponsal de
guerra... y digo yo, ¿no se habrá pegado un tiro? Eso al menos tendría cierta
dignidad. O, mejor, ¿no habrá terminado muerto a los balazos entre los gitanos de
Barcelona, que si les mirás la jermu te clavan un cuchillo en la barriga? ¿No se
habrá metido en Iraq, en Afganistán, igual haciéndose pasar por periodista? Mire,
le voy a decir algo, la gente como él, que vive armando un personaje, una careta,
siempre termina mal; me acuerdo cuando Scarone era joven, cuando tenía... qué
tendría... veinticuatro, veinticinco años. Venía acá con sus fanzines, sus revistitas,
y discutía con los clientes, discutía conmigo, se peleaba con quien fuese que
estuviese en La cueva, compartiendo mi mesa, que como usted recordará siempre
fue generosa, siempre fue hospitalaria. Lo insultaba al amigo Juan Carlos, que debe
ser el alma más buena que hay sobre este mundo pavoroso. Yo ya no sabía cómo
tratarlo, pero estaba claro que en algún momento, tarde o temprano, a alguno no le
iba a gustar esa vocecita, esa continua, molesta perorata sobre la mediocridad,
sobre los débiles, sobre los cobardes, y que alguien tarde o temprano iba a terminar
pegándole una piña o algo peor 7 . Y estaba todavía más claro que la suerte que tuvo
7 De hecho, la única que pudimos comprobar de tantas historias de violencia física narradas por Emilio lo
incorporaba a él en papel de víctima. Alfredo y uno de los dibujantes de Vermilion lo habían acompañado hasta la
parada de ómnibus de Uruguay y Libertador; Emilio escuchó o dijo escuchar que dos pibes parados cerca de donde
ellos conversaban decían algo como Cerro puto o los de Cerro putos, y les salió al cruce. ¿Qué tenes para decir de
Cerro, manteca, tarado, maricón ? Cuando Alfredo me contó la historia mi primera reacción fue preguntar qué
habían hecho él y el dibujante -un gordito al que le gustaba tocar el pelo a las mujeres en el ómnibus; no se dan
cuenta, decía- mientras le pegaban a Emilio. Resultó que no hicieron nada más que mirar, lo cual es, quizá, un
comentario más interesante al personaje de Emilio Scarone (líder del Movimiento Uruguayo de Ciencia Ficción
Uruguaya) que el hecho en sí de que se comiera unas cuantas piñas y, justamente, en lo que podría entenderse
de salir bien parado de toda la militancia que hizo se le iba a terminar, enseguida.
Y así debió pasar, Stahl, así debió terminar.
Después aclaró que, pese a sus errores, había escrito “un par de cuentos
aceptables”, entre ellos “Mundo de dragones”. Se lamentó del “misticismo” de su
última etapa y concluyó que una persona que pasó por sus experiencias, salvo que
posea una “entereza mental superior” y una “fuerza de voluntad a toda prueba”,
termina con “el sentido de lo real totalmente trastocado, viendo criaturas
innominadas del espacio exterior cada cinco minutos ”.
—Ahora, lo que hay que reconocerle es esa cosa carismática que siempre tuvo;
salvo al final, cuando su daño mental y anímico eran irreparables, cuando apareció
en televisión, ¿se acuerda, Stahl?, en aquella entrevista terrible con Hugo
Silvermann, claro que se acuerda, bueno, salvo en esos últimos momentos de su
carrera, nunca se lo vio solo a Emilio Scarone, siempre supo ser un núcleo, atraer
gente joven y valiosa, como usted por ejemplo. Pero era también gente que tarde o
temprano se daba cuenta de la demencia que tenía este personaje de Scarone y se
apartaba, como pasó con usted, como pasó con ese excelente dibujante Pablo
Arismendi, con tantos otros... con Matías Andreoli, por ejemplo. Otro muchacho
que prometía, aunque tenía también un costado negativo. ¿Qué fue de él?
como una simple y machouruguaya pelea de hinchas de fútbol. Mucho después, ya cuando trabajaba en la policía,
Emilio contó que encontró por ahí a uno de los pibes que le habían pegado y que la venganza fue dulce y
sangrienta: lo mandé al CTI con el hígado reventado.
—Lo entrevisté la semana pasada... se dedica a la astronomía. No sé si
recuerda, Morales, que era docente...
—Claro que lo recuerdo, hablábamos de astronomía cuando venía por acá. Me
explicaba las últimas teorías de astrofísica, todo eso de las supercuerdas, que nunca
terminé de entender. Tenía una didáctica pésima, Andreoli, pero era un gran
apasionado de esos temas. Eso, no tengo ni que decírselo, es fundamental. Y no fue
mal escritor, en su momento... muy borgeano, eso sí. Publicó aquella novela,
¿cómo se llamaba?
—El sueño de Tesla.
—\El sueño de Teslal Un buen título, no me lo va a negar. Y muy original.
Había unos extraterrestres que alteraban la historia humana... un plan similar al de
El fin de la eternidad , del maestro Asimov, ¿verdad?
—Sí, alguna relación había. Pero eran novelas muy diferentes...
—Sí, sí. Andreoli escribía de un modo un poco enrevesado, si mal no
recuerdo... oraciones largas... que pena que ya no se dedique más a la ciencia
ficción. Era una cabeza original, ese sí. Se había alejado de Scarone, creo, ¿verdad?
Asentí y le conté parte de lo que sabía de aquel asunto. El viejo respondía a
cada anécdota con su carota de suficiencia, como si todos los acontecimientos que
le narraba siguiesen una lógica impecable, silogística, que estaba clarísima para él
pero que yo aún tenía que descubrir.
5
Una semana atrás me había encontrado con Matías en un bar de Pocitos,
dispuesto a arrancar con la investigación para mi libro. No hubo ninguna razón
especial para elegirlo a él como momento inicial del proceso, aunque, en cierto
modo, sentía que la mayor parte de las interrogantes que quedaban en el aire (desde
¿qué pasó exactamente con el dinero de la convención? hasta ¿dónde está Emilio
ahora?) y para las que me sentía en el deber de dar algún tipo de respuesta en mi
libro, podían encontrar en los recuerdos de Matías si no una respuesta al menos una
serie de pistas.
—Ahora es demasiado tarde como para ponerse a ocultar algunas cosas —
Matías se recostó en su silla y crujió los dedos—, pasaron ya tantos años que no
tiene sentido ocultar qué pasó. Vos me decís de hacerme una entrevista y yo
acepto. Recordamos la amistad que tuvimos, está todo bien, Freddy, realmente está
todo bien. Freddy Freeloader, yo te decía así a veces, porque vos rara vez ponías
para la cerveza y las pizzas, y Emilio no entendía porque no sabía inglés ni había
escuchado jazz. Cosa de putos, decía. Capaz que tenía razón. A vos te tratamos mal
en algunos momentos. Emilio y yo. Eso es cierto, quiero que sepas que lo he
pensado muchas veces, y ahora te lo digo.
—No importa, Matías, como decís vos, pasaron demasiados años...
—Y me gusta esa idea que tenés, de escribir la historia de la ciencia ficción
uruguaya. Está claro que el ambiente cambió mucho. Ya no tiene sentido la pose
under que teníamos nosotros. En su momento estuvo bien, en el 89, con el primer
número de Vermilion el país salía de la dictadura; muchos todavía teníamos ganas
de pelear. La caja fuerte en la que se puso el tema de los desaparecidos, como dijo
Jorge Batlle años después, la disolución del Frente, todo eso nos dejaba con ganas
de más, de seguir en la lucha. Emilio se había desencantado de la política, supongo
que no mentía ahí. Eso seguro te lo contó mil veces, pero yo siempre fui de los que
pensaron otras estrategias. Guerra psicológica, por ejemplo. Guerra cultural. Por
eso me entusiasmó tanto el número uno de Vermilion Sands, desde que lo vi en el
kiosco, con la tapa de Fonti, la novela corta de Emilio, incluso el cuento del viejo
Morales... Quiero decir, cuando armamos el número dos, cuando vos ya estabas
adentro, estaba claro que las cosas tenían que cambiar. Con Emilio escribimos dos
revistas en las que todo aquel impulso combativo empezaba a sonar vacío... Todo
aquello empezaba a no tener la misma importancia... Es decir, la dictadura se
terminó cuando vos tenías diez años. Eras un niño; nunca saliste a la calle, nunca
sufriste lo que fueron aquellos años salvo de rebote o por, no sé, cuentos que te
hacían, y por lo que recuerdo tus viejos eran de derecha o de centro, así que me
parece que tenías un campo de fuerza protegiéndote, ¿o me equivoco?
—Es más o menos así, Matías, pero mi tío por parte de madre estuvo preso un
tiempo, y se exilió a España. Esas historias llegaban, y mis viejos, si bien eran
colorados, estaban del lado antigolpista, a su manera pero estaban; la noche en que
entró el ejército en el Palacio Legislativo mi abuelo iba a movilizarse, mi abuela
siempre contó que habría salido con una pistola si ella y el hermano no lo paraban.
Yo no tenía gran idea de la historia, pero sabía de esos momentos, sabía que
murieron políticos, que a otros los metieron presos hasta el 86. Es cierto que nunca
salieron a manifestarse, ni mi padre ni mi madre, pero en casa también hicieron
sonar las cacerolas, y yo ya era lo suficientemente grande como para preguntar qué
estaba pasando. Ahora, que me haya afectado como a tu generación, eso es otra
cosa. A mí me llegaron historias, vos y Emilio vivieron todo, y Alfredo, y...
—Eso. Vos y los que entraron contigo o poco después del número dos ya
estaban en otra, querían hacer una revista de literatura, eso lo tengo claro; si vos le
veías algo combativo a Vennilion Sands estoy seguro que se trataba de defender la
ciencia ficción como una forma de arte que debía tomarse en serio... o capaz que
ni siquiera eso, capaz que eso vos ya lo tenías incorporado y buscabas, por tu
camino, otro tipo de revolución. O te chupaba un huevo todo y querías que te
publicaran, que es lo más sano, me parece. Pero nosotros, en el 89, en el 90,
también pensábamos en algo político. No te estoy diciendo que acepto ese verso
del viejo Morales, la ciencia ficción como crítica social, pero es verdad, por otro
lado, que ahora cambió todo. Ahora vos podés escribir por ahí reseñas sobre
ciencia ficción y saber que te las van a tomar en serio, ahora todos los académicos
hablan de Philip Dick o de Ballard... cosas que en el resto del mundo empezaron
en los setenta o en los ochenta al final llegaron acá, y todo el aparato ideológico de
Vermilion Sands, de Emilio, del movimiento uruguayo de ciencia ficción y
fantasía, todo eso se convirtió en un fósil. Había que adaptarse o dejarlo. Yo lo
dejé. Y Emilio, bueno, Emilio publicó un libro, Emilio empezó a escribir otras
cosas y terminó siendo conocido, terminó siendo leído y recibiendo atención y
todo... pero él no cambió. Siempre fue un fanzinero, un adolescente, siempre tenía
que putear, que cagarse en Batlle, en los cagones del Partido Comunista, en los
Blancos, en lo que fuese. Y lo entiendo, ¿sabés? Quiero decir, un tipo que arriesgó
la vida en la lucha armada, que luego viera que se termina la dictadura pero sin una
izquierda organizada y, todavía, con una victoria de los colorados, otra vez... y con
los blancos ganando en el 94 y... creo que me estás entendiendo.
—Claro que te entiendo, Matías, está clarísimo todo eso.
—Por eso me gusta tu proyecto. Y te voy a contar un par de cosas que en su
momento no las supiste; obviamente son cosas que no podés poner en un libro...
en otro momento te habría dicho “si las ponés te rompo todos los huesos”, pero
obviamente, como te vengo diciendo, el que los tiempos hayan cambiado es tal
cual. Yo no leí eso que me comentaste, lo que escribió Kowak, pero puede ser que
tenga razón. En parte, ¿ves? Cierta ciencia ficción uruguaya, que fue la única que
se movía en aquellos tiempos, sí era eminentemente política; era la que cristalizó
en Vermilion Sands, una ciencia ficción escrita porque nos gustaba el género pero
también porque era la única manera que sabíamos cómo manejar para cagamos en
lo que estaba pasando, en la derecha en el poder, en el tema de los desaparecidos...
en todo lo que hizo a aquella época, un momento que de alguna manera nos hizo a
nosotros. Pero eso cambió, o la gente cambió, y ahora los autores nuevos, incluso
lo que vos escribís, va por otro lado. La ciencia ficción ya no es política; el libro de
Patricia Fernández, el primero que sacó, digo... Yo no te voy a ocultar lo que
opino, que vos te podrás imaginar... para mí ese libro es una cagada, y como
ciencia ficción no pasa de las cosas más chotas que escribieron autores olvidados
de los años cincuenta, los que rellenaban las revistas entre Alfred Bester, Robert
Sheckley y los viejos Asimov y Heinlein. Pero también tengo que admitir que fue
el primer libro autoproclamado “de ciencia ficción”, y todavía de un escritor joven,
y todavía de una mina, que recibió atención, que se leyó, que se reseñó, que movió
las cosas. Emilio publicó después, no antes de Manual de instrucciones para un
cosmos. Eso dice mucho. Y también imagínate cómo pudo caerle... cómo pudo
caernos algo así. Que una minita de veintipico de años que nunca hizo nada por el
movimiento, por ningún movimiento, que jamás fotocopió un fanzine, que nunca
había pedido presupuesto en una imprenta ni vendiendo bonos de pre-venta para
financiar una revista o, mucho menos, les hizo la prensa, les, no sé, pegó carteles
por 18 de Julio... una minita que no había leído a Ballard o a Herbert o a Shepard
o Watson o Gibson, o para mí Benford, Orson Scott Card, Sheffield, una mina que
no tenía la menor idea de nada, agarra y hace lo que nosotros no pudimos en...
¿cuánto? ¿Veinte años?
—Pero vos mismo dijiste Matías que eran otros tiempos. Y a esos tiempos se
llegó, entre otras cosas, por lo que hicieron ustedes... Quizá sin Vermilion o sin los
fanzines y los cómics, sin el Movimiento, las cosas hubiesen sido distintas...
—¿Vas a escribir una ucronía? Lo que hubiese sido de la ciencia ficción
uruguaya si Emilio Scarone hubiese muerto en la guerrilla o si yo me hubiese
dedicado de lleno a ser profesor de astronomía, si nadie hubiese sacado Arrakis o
Remolque...
—Al menos voy a dejar claro en mi libro que sin Arrakis, Remolque y
Vermilion, pero también sin la competencia, sin los enemigos, sin Plus, sin Alfa
Centauri, sin No más futuro, sin todo eso ahora no habría una ciencia ficción
uruguaya...
—¿Y la hay?
—Claro que la hay... si mirás las tres antologías de autores jóvenes que se
publicaron este año vas a encontrar que, incluyéndome, casi la mitad de los cuentos
son de ciencia ficción. O de fantasía. Y si mirás los premios más recientes, de los
últimos años, desde Gandor hasta acá, vas a encontrar que de hecho hay más
narrativa fantástica, ciencia ficción o fantasía, que realista o...
—Narrativa fantástica —repitió Matías—, cómo odiaba Emilio cuando alguien
hablaba de narrativa fantástica, pero está bien, te entiendo. ¿Pero es ciencia ficción
uruguaya o ciencia ficción escrita en Uruguayl ¿Vale la pena que lo distingas?
Pensá que los géneros sirven para ordenar librerías y poco más... ya sé, ya sé, por
decir algo así Emilio me hubiese mandado a Siberia, pero mirá, tomá un dato,
capaz que ya lo tenés: desde 1973 hasta 1989, o sea a lo largo de la dictadura, la
única ciencia ficción publicada fue la que salió en los fanzines de Emilio y en Plus,
o sea... 1987: cien ejemplares de los fanzines, como mucho. Después, en el 89,
Vermilion Sands número uno, quinientos ejemplares; Próxima Centauri, lo mismo.
Entre el 89 y el momento en que salió el libro de Patricia Fernández, la única
novela publicada fue El sueño ele Tesla, en 1998, y el único compilado de cuentos
No más futuro ; desde el 2003 hasta acá, en cambio, salieron Manual de
instrucciones para un cosmos, Mundo de dragones, Gandor, al menos cuatro
revistas gratuitas que incorporaban comic de ciencia ficción, al menos diez comic-
books de fantasía o ciencia ficción, sea por gente independiente o por la editorial
de Santoro, y seguro me estoy olvidando de cuentos publicados por ahí o en
antologías. ¿Es todo una mierda? Claro. Lo que hacíamos nosotros está diez mil
veces mejor. ¿Y eso importa? No, para nada. Nos importa a nosotros, y así
estamos.
—Bueno, es más o menos la misma periodización que manejo.
—Perfecto. Y ahora te cuento lo que te vengo proponiendo. Va a ser bien
rápido, después me hacés las preguntas. Primero: la guita de la convención nos la
patinamos Emilio y yo, capaz que incluso un poco más él. Lo de las cenas con
posibles invitados nunca pasó; el promotor al que contratamos no se llevó ni dos
mil pesos; todo pasó a nuestros bolsillos. Emilio pagó deudas y se compró una
computadora nueva; yo me compré un auto.
—¿En serio me decís? Pero...
—Dejame seguir. Sé que para vos es una cagada, sé que te mentimos, justo a
vos, que era el que más metía para adelante. En Alfredo y los otros nabos me cago,
pero bueno, vos sí ponías huevo, aunque recién ahora yo te lo diga o recién ahora
yo me dé cuenta.
Hizo una pausa. Miré para un costado, me miré las manos. Busqué al mozo
como para pedir algo.
—Pero mirá, eso no es todo. Pensalo desde nuestro lado también; yo puse mi
aguinaldo entero en Vermilion 2. Emilio no pagaba la luz, no pagaba el agua. Tuvo
que robar de la calle y bancarse las inspecciones cuántas... cinco, seis veces. Más
que eso. Le cortaban el agua, se hacía el boludo, y a las dos horas la estaba
conectando de nuevo robándola de la calle. Yo no vivía mal, pero le usaba el auto a
mis viejos y entre el colegio de la nena y el gimnasio y todos los gastos apenas
llegábamos a fin de mes. Estaba cantado: vimos la guita y la agarramos. Pero no
como un robo deliberado; pensábamos que con la guita del ministerio y buenas
ideas podíamos conseguir diez veces más plata por ahí, para financiar una
convención más grande, más de verdad.
—¿Alguien más sabe eso?
—Kowak sospecha, pero no sabe nada porque es un gil. Los demás ni idea,
todos creen, como creías vos, que nos estafó el promotor, que se gastó demasiado
en relaciones públicas, todo eso. Igual estaba claro que algo no iba bien, por algo el
grupo se disolvió ahí mismo, de un día para el otro. Y si yo lo cagué a puteadas a
Emilio...
—Justo eso te iba a decir... después, cuando vos te borraste de las reuniones,
Kowak me dijo que era por lo de Clara, que Emilio... Y después, cuando Emilio
quiso sacar Dark City, en el dosmil y...
—Eso tuvo que ver —me interrumpió—, pero no fue todo. Hubo más cosas
feas entre los dos; y sé que igual el rumor era que por culpa mía la guita se había
ido al carajo. Aparte tampoco me interesaba el proyecto. Aunque no lo creas,
Emilio me llamó, me convocó. Me dijo Matías, tenemos esta posibilidad de sacar
Dark City, te explico, una revista más política, más aggiornada, que Andrés Valenti
iba a poner la guita y que con un número o dos iba a ser fácil hacerse con el control
y convertirla en una nueva Vermilion. Le dije que no, que ya no estaba para esas
pavadas. Se habrá calentado, supongo, porque esa fue la última vez que
hablamos... no, perdón, la penúltima.
—¿Cuándo lo viste por última vez?
—Unos meses antes que desapareciera. Y es el secreto número dos de Matías
Andreoli. Acá va: El sueño de Tesla no la escribí yo. La idea era de Emilio, yo lo
único que hice fue sugerir personajes y algunos acontecimientos. Él la escribió y
me pidió que la corrigiera, que la reelaborara si me parecía que hacía falta, y que
después tenía que salir con mi nombre porque algunas de las cosas que se
contaban, paranoia pura te darás cuenta, no debían ser asociadas con él. Porque la
logia no sé qué de ex milicos y canas, porque los Illuminati y los reptilianos. Así
que la retoqué un poco, le añadí un par de episodios, le discutí personajes que no
me parecían necesarios... ah, y le cambié una secuencia que era muy tipo
abducción OVNI, que me pareció que se volvía un poco pajera como ciencia
ficción. Después se publicó. Obviamente yo costee la edición; la mandamos a una
distribuidora, regalamos ejemplares a casi todo el mundo vinculado a la ciencia
ficción, a gente de Argentina, de México, de España. Bueno, vos sabés la
historia...
Esto cambia muchas cosas...
—Sí, pero vos no lo vas a mencionar en tu libro. Me entendés. Es cosa de
códigos. Yo lo negaría todo, además. Es lo que nos enseñó Archivos X. Se podrá
parecer a una de aquellas imposiciones del movimiento pero yo estoy seguro de
que vos entendés que acá sí hay razones. Aunque no las compartamos, ni vos ni yo,
por respeto a Emilio. En eso sé que vas a estar de acuerdo. O supongo que vas a
estar de acuerdo.
Fingí pensarlo un segundo y le tendí la mano.
—Su secreto, señor Andreoli, morirá conmigo.
—Más te vale.
—Pará. Ahora contame de esa última vez que viste a Emilio. ¿Qué tiene que
ver con El sueño de Tesla, si la novela ya llevaba unos cuantos años de publicada?
—Tiene todo que ver. Emilio vino a decirme que había leído un libro,
publicado en el 94, o sea antes de El sueño de Tesla, que tenía exactamente las
mismas ideas, pero no a nivel de argumento sino conceptualmente. No sé qué
querrá decir eso. Y parece que todo lo que había leído le hacía entender que el
autor había pasado por experiencias como las que, dijo Emilio, le habían hecho de
inspiración a él. Yo nunca creí en esas historias, lo sabés, para mí los OVNIs, la
parapsicología... todo eso es algo que, la verdad, yo detesto y siempre destesté.
Aparte esas historias, a vos te las habrá contado mil veces, tienen en el fondo
una... bueno, ahora me arrepiento, claro, pero ¿cómo podía saber que después se
iba a ir del país o matarse o lo que fuese?... O sea, no le di ni un átomo de bola.
—¿Y qué libro es?
—El principio antro pico, de Gustave Mayhen. Ah, mira, Mayhen, qué loco,
¿no? ponele que le dije, sí, he leído alguna cosa. ¿Escocés, no? No me llama la
atención... algo así. Y él me mandó a cagar. Listo. Ese es el cuento de la última
vez que vi a Emilio Scarone.
Nunca hubiese imaginado que Emilio era lector de Gustave Mayhen, un autor
bastante esquivo que, según se decía, vivía en un pueblito de Mallorca cerca de
Pollería. Yo no había leído El principio antrópico al momento de hablar con
Matías (sí otras de sus novelas, como Daphne 1980 y Las Meninas ), pero lo
busqué de inmediato y devoré en los días siguientes. Emilio tenía razón: una de las
cuatro partes de la enorme novela era una variación de El sueño de Tesla con la
ciencia ficción bastante minimizada; de hecho, la potencia estilística y la claridad
de conceptos de Mayhen convertían a El sueño en una mala imitación.
—¿Pero te dijo algo más?
—Sí, que tenía que encontrarse con Mayhen, contactarlo, hablar con él. Ahí
tenés una pista, la única que yo te puedo dar.
—Pero eso en el fondo no es nada nuevo, se sabe que Emilio se fue a España.
A Karenina le mandó una carta desde Barcelona; de ahí pudo viajar a Mallorca
para buscar a Mayhen...
—¿Y después qué?
—Nada, porque Mayhen murió hace dos años, se supone que está por salir la
última novela que escribió. No hay salida ahí, pero al menos...
—¿Al menos...?
—Nada. Una idea, nomás —dije—, ficción.
—Ahí tenés —dijo Matías—, la ucronía sobre la ciencia ficción uruguaya se te
convirtió en un policial... o sea, el gran enigma... ¿dónde está Emilio Scarone?
Me reí.
—Ah, porque... ¿no era eso desde un principio?
Del resto de la entrevista con Matías saqué pocos datos más; de hecho, su
confesión sobre El sueño de Tesla (contarlo aquí, lo sé, implica romper ese
juramento, pero siempre podremos decir que esto es una novela y que justo ese
detalle integra el conjunto de Todas Las Cosas Que Inventé) y el dinero de la
convención era totalmente inutilizable; de todas formas, si bien cuando armé las
bibliografías de todos los escritores incluidos El sueño de Tesla figuró bajo el
nombre de Matías Andreoli, en la sección dedicada a Emilio sugerí que, del mismo
modo que Lovecraft instaba a los miembros de su círculo a desarrollar ideas
pensadas por él, se había producido cierta “conexión Andreoli-Scarone” a la hora
de concebir la novela. Y Matías no protestó. Ni me rompió un solo hueso.
Nunca dejé de pensar, sin embargo, que el enunciado “Emilio Scarone es el
verdadero autor de El sueño de TeslcT encierra un significado gigantesco. O, dicho
de otro modo, que puede pensarse como una clave. Cuando se lo conté a Alfredo,
aquella tarde en que hablamos de pornografía y ciencia ficción, con mi libro casi
todo el tiempo en sus manos, fingió una risita y dijo que él ya se lo había
imaginado.
—Fíjate que había escenas, muchas escenas, que se parecían a las cosas que
contaba Scarone de sus años en la guerrilla, ¿te acordás?
—Mirá vos... yo no sabía que a vos también te lo había contado...
—¿Y qué pensás, que se iba a callar justo eso?
—Sí, bueno, pero Emilio se lo había contado a Matías, ¿no? Eso fue lo que me
dijo a mí... lo sabés vos, lo sabe Matías...
...Y vos sos el único que sabe de esto, vos y Matías, además de los que
estuvimos ahí...
—Vos, Matías, yo, Marcos, las mellizas...
—Igual no había razón para no aprovecharlas, sobre todo teniendo en cuenta
que la interpretación que le daba Emilio a lo que contaba siempre iba por el lado de
la novela, del concepto fundamental de la novela, ¿no?
—¡Es lo que yo te digo! —rió.
Después Alfredo ojeó más de mi libro, en silencio. Estaba empezando a
oscurecer y llevábamos vaciadas tres cervezas. Tenía un poco de hambre, así que
me levanté y caminé hacia el mostrador donde estaban los snacks. Agarré una
bolsa de galletitas sabor a jamón crudo, aceite de oliva y tomate, pagué —la chica
seguía en el Msn, y ahora pude ver claramente su dirección, que traté de retener en
la memoria— y, a mi regreso, lo encontré a Alfredo limpiándose los anteojos. El
libro estaba cerrado.
—Hace un rato me preguntaste qué llegué a averiguar sobre Emilio —le dije—
, pero, ¿algo te hace pensar que había, que hay cosas para averiguar?
—Hablaste con Andrés, hablaste con Clara, hablaste con Alia, con la madre de
Alia, con Karenina, hablaste con Matías, conmigo... hablaste con el viejo Morales,
con todos los que podíamos tener las piezas del rompecabezas, ¿entendés?
—Bueno, Alfredo, pero vos asumís que hay un rompecabezas, ¿no? Por qué no
pensar que se fue, que cortó todo vínculo con nosotros, que sencillamente... —me
detuve.
Alfredo levantó las cejas y llenó su vaso de cerveza.
—Está bien. Yo tampoco me lo creo —dije.
—Porque hay algo que nos hace creer que no puede ser tan simple... para
empezar, nunca, nunca habría cortado del todo el nexo, ni con sus hijas ni con
nosotros. Lo único que puede haber pasado es que se haya muerto... eso es lo que
yo pienso, que lo mataron o se murió, o... no sé, se pudo haber suicidado. Pero yo
no sé todo lo que vos sabés, yo no le he preguntado nada a nadie, y vos sí... Es
como un laberinto, ¿entendés? Por acá llegás a este otro lado, abrís una puerta,
girás a la izquierda y volvés al punto de partida o a otro lugar que parece el punto
de partida, pero nunca podés saber si es o no es, nunca podés saber realmente
dónde estás... por eso ahora sí, te pregunto a vos, otra vez, ¿qué sabés de Scarone?
—Mirá, yo hablé con toda la gente que vos dijiste y también con los amigos
más cercanos, Julio Márquez, Martín Echeverría, hablé con Viviana, no hablé con
Pablo Arismendi porque no quiso saber nada con el proyecto ni mucho menos con
ponerse a recordar a Emilio, hablé con Karenina, hasta hablé con Daniel Fonti en
Barcelona y sí, claro, le pregunté a todos si sabían dónde estaba, si no estaban
ocultando algo importante, si él mismo no les había pedido que guardaran algún
secreto ... les pregunte si era verdad que estaba en España, si en algún momento
les había confiado algo, algún plan, algo diferente a lo que decía todo el tiempo...
y lo único claro es que en algún momento estuvo en Barcelona. Lo que me dijo
Matías, o sea, que hay alguna conexión posible con un escritor, Gustave
Mayhem... no sé si lo leiste.
—No, ni idea.
—Bueno, esa es la única pista. Emilio quería contactarlo y capaz que lo logró;
más allá de eso, nada. Daniel Fonti vive en Barcelona, pero dice que nunca recibió
a Emilio. No sé, seguro está mintiendo. Julio dice que Emilio le confesó que había
intentado suicidarse y me contó algunos detalles, pero tampoco lo creo; es muy,
muy Philip K. Dick, pastillas, vino caro, una nota, todo como lo cuenta Dick en
Una mirada a la oscuridad. Pero por otro lado me consta que los últimos meses,
cuando salió en la tele, ¿te acordás?, Emilio sufrió de una depresión bastante
jodida. La madre de Andrés le conseguía la medicación...
Nos quedamos un rato en silencio, comiendo las galletitas.
—¿Sólo eso? ¿En serio? —me preguntó de repente.
—Y sí, sólo eso. Lo que vos y yo supimos siempre, lo que Emilio siempre
repitió, que antes que morirse de cáncer como su padre prefería que lo cagaran a
tiros en un frente de guerra de cualquier parte del mundo. Debe ser la mejor
opción, a la hora de ponerse a creer en algo.
Alfredo suspiró.
Me entristecí. Había llegado a despreciar a Emilio, a tomarle el pelo,
parodiarlo, imitarlo con malicia, con menos malicia, con un poquito de malicia, a
asentir cuando todo el mundo lo tachaba de demente, de enfermo mental, de
resentido social, de lo que fuese. Había llegado a creer en todos esos juicios yo
también, de un modo resignado, dolido e intermitente, pero a la vez nunca dejé de
visitarlo cuando me llamaba para hacer las paces, nunca dejé de regalarle mis
libros sabiendo que no iba a leerlos o que nunca podrían gustarle, de discutir
durante horas sus complicados argumentos, sus paranoias, sus teorías conspirativas
y esotéricas, sus visiones del futuro de la humanidad incluyendo mejoras genéticas,
razas de superhumanos, resurgimiento de la antigua Unión Soviética, ruina y
decadencia en términos culturales y evolutivos de los países del primer mundo y
toda su continua, delirante y monótona maquinita de ideas apenas esbozadas y
luego dejadas de lado, inclusive —de hecho estuve en su casa exactamente al día
siguiente de la famosa entrevista con Hugo Silvermann— cuando lo desbordó el
misticismo y pareció perderse dentro del personaje-mesías que venía recortándose
de todas sus ficciones, de todos sus dictadores futuros, señores de la guerra,
traficantes de armas, emperadores y generales, convertido él, finalmente, en la
encamación completa de todo lo que había venido imaginando y escribiendo a lo
largo de tres décadas o más, perdiéndose para siempre mucho antes de perderse de
verdad. ¿Y por qué? Porque había algo en Emilio que lo volvía inevitable, que
parecía llenarnos (uso el plural porque entiendo que los que lo rodeamos de verdad
sentimos todos lo mismo, Alfredo, Andrés, quien fuese) de un sentimiento que era
tanto lástima por él como por el mundo, por la posibilidad de que hubiera en el
mundo gente como él (o como nosotros, que sentíamos ese apego por Emilio), por
el fracaso evidente, por entender que siempre se fracasa, pero también admiración
por sus fuerzas, por su ímpetu, por jamás rendirse; un sentimiento que nos
conducía bajo la noche de la penillanura a entenderlo como una figura de
referencia, una suerte de demostración final de gigantescas proposiciones sobre la
vida, el arte y el pensamiento, sobre el dolor y la felicidad, sobre la ética, ideas en
las que todos queríamos creer, las viésemos o no con claridad, en las que todos
necesitábamos creer. Aunque hubiésemos tratado de hacer todo lo contrario,
aunque supiésemos que su camino no llevaba a ninguna parte, la presencia de
Emilio Scarone dio sentido a nuestros esfuerzos.
Hasta que desapareció.
Hasta que se hizo el vacío de repente en nuestra estructura de pensamiento
destinada a comprenderlo y comprendernos, como un vórtice abierto de un instante
a otro y capaz de atraer para sí, como un agujero negro, todo lo que veníamos
construyendo. Pero también cabe pensar que no podía ser otro el final, que de
hecho era el único compatible con la proclama mil veces repetida sobre su
voluntad de morir como corresponsal de guerra o en último caso solo, abandonado,
escribiendo lo que veía para sí o para la mínima posteridad tramada en última
instancia por Alfredo, Andrés y yo recibiendo (pero todavía estamos a tiempo) un
mensaje al estilo de “Emilio Scarone ha muerto, por favor firme aquí para recibir
los escritos que dejó a su nombre”; y aquí voy a decir que ese es el verdadero final,
que en mí, y supongo que en otros también, existe y existirá siempre esa fe
mínima: que algún día leeremos más de Emilio y sabremos qué le pasó todos estos
años de silencio.
6
Yo lo intenté. Tenía el pretexto de Cual retazo del espacio pero en el fondo
buscaba otra cosa, ese último indicio, esa última pista, esa primera pista, esa
convicción de que había algo que investigar, un laberinto, como había dicho
Alfredo, un enigma. Intenté acercarme a Ana María y a su hermana Ana Laura;
después de todo, ambas habían colaborado con los números dos y tres de Vermilion
Sands e incluso un cuento de Ana María había aparecido en el segundo, así como
también reseñas escritas por ambas (en las que se adivinaba con luminosa claridad
el estilo de Emilio), justificándose, si se quiere, su inclusión a mi libro. No fue fácil
ubicarlas, pero al final, cuando logré hacer el contacto, se negaron a evocar
aquellos tiempos, las dos por separado, con los mismos argumentos. No valía la
pena revivirlo, dijeron. Lo lamenté mucho; enigmas aparte, una biografía de
Emilio (no la brevísima que incluí al libro, sino la que podría haber escrito, quizá
la que todavía debo escribir) no podía pasar por alto la relación de pareja formal
que mantuvo durante el resurgimiento de Vermilion Sands. Algo logré sacar en
limpio preguntándole a Clara; sin embargo me quedó claro que todavía guardaba
rencor o, en todo caso, que las viejas formas de su resentimiento ya se habían
petrificado, y además de resultar inamovibles habían servido de apoyo o sustrato a
tantos sentimientos, opiniones y vivencias futuras. Supe entonces que la relación
con Ana María duró más o menos un año y medio, durante el cual Emilio no dejó
de convivir y cogerse a Clara. Según Emilio el final había sobrevenido cuando Ana
María entendió que él no dejaría de convivir con su ex esposa y madre de sus dos
hijas menores, pero Clara me contó que Emilio se había cogido también a Ana
Laura y que fue en realidad la confesión de esta la que precipitó a su hermana a
abandonarlo, sin vuelta atrás posible. Recuerdo que Emilio, por mucho tiempo, no
se resignó al fin de esa relación y se aparecía por la casa de los padres de las
hermanas tratando de robarle un instante a Ana María, quizá con la intención de
explicarle, de negarlo todo, de intentar un nuevo comienzo. Un día me pidió que lo
acompañara; nos bajamos del ómnibus y caminamos hacia el corazón de Punta
Gorda. Me señaló una casa enorme, un poco oscura, rodeada por árboles. No sabés
todas las veces que soñé, dijo, que en el fondo de la casa había una criatura del
bosque, un elemental, que se cogía a Ana María y a Ana Laura todas las noches de
luna llena. Le pregunté qué pensaba hacer. Nada, respondió, quiero mirar la casa,
nomás, y así nos quedamos, en silencio, parados en la esquina mientras se espesaba
la noche.
Y ahora es mi turno para la confesión.
Este es un secreto que he guardado desde los viejos días de Vermilion Sands\
carece de importancia, incluso para Emilio, supongo, no significaría nada ahora,
pero entiendo que es el momento de contarlo y que si tiene algún sentido el
proyecto de este libro puedo añadir a esos tenues objetivos de mi narración llevar
estos hechos a las palabras, quitándoles la poca vida que les queda. Un sábado de
noviembre del 94 llamé a la puerta de Emilio sin haberle avisado que iba a
visitarlo; no estaba. Clara me recibió.
—Pasá, pasá. Emilio se fue con las nenas y viene recién a las cinco, más o
menos. ¡Pero podés quedarte a conversar conmigo, Chalchal, ¿o no?!
Chalchal era el apodo que Clara me había puesto después de preguntarme
como se pronunciaba correctamente mi “apellido” —porque creo que nunca supo
que era un pseudónimo—; Ssshhtalll, le dije, exagerando. ¿Cómo? ¿Chal?
¿Chalchal?, rió, y a partir de ese momento no habría manera de apartarla de un
chiste que sólo a ella hacía gracia. Esa tarde me propuso ver una de las películas de
Emilio; eligió Corazón satánico , y después de tirarse en la cama grande que había
en el estudio, rodeada por los libros de Emilio, me invitó a acomodarme a su lado.
Bastaron esos golpes de su palma sobre el colchón para que yo entendiera lo que
iba a pasar; sin embargo, ante mi inexperiencia, los nervios de la situación y la
inmensa lista de proezas sexuales de las que Emilio solía alardear (después de las
cinematográficas y las literarias sus lecciones hacia mí, su primer y único
discípulo, fueron cómo inutilizar a un adversario en una pelea — te explico: lo
agarras de la nuca cuando menos se lo esperé y le pegás en la nariz; las lágrimas
lo van a cegar, vas a ver, y ahí le pegás una piña en el estómago y se dobla,
porque no va a poder respirar, entonces patada en los huevos, piña en la
mandíbula que le hace perder el equilibrio para que lo cagues a patadas — y
como demorar el orgasmo en una sesión de sexo especialmente prolongada — es
algo con lo que se nace, pero también lo podés practicar y mejorar; una vez una
mina me dijo que seguía haciéndolo cuando fuera viejo seguro iba a tener cáncer
de próstata, pero me chupa un huevo), en ese momento me sentí bastante inseguro.
Clara debió darse cuenta, porque lo primero que hizo, después de besarnos y
manosearnos un buen rato, fue contarme que todas las historias de Emilio eran
mentira, que últimamente tenía importantes problemas de erección y que no se
aguantaba ni una décima parte de lo que decía. Yo siempre sospechaba,
naturalmente, de todas esas historias en plan cuando venía para acá me encontré
con dos pichis que me quisieron robar en una esquina, así que acosté a uno de una
piña y estrellé la cabeza del otro contra la pared; creo que se murió, pero, por mi
inexperiencia, no cuestionaba de la misma manera sus relatos sexuales. De hecho,
es posible que el primer antecedente de Alfredo Kowak en la historia de la ciencia
ficción porno uruguaya haya sido Emilio Scarone, no sólo por sus relatos (me daba
un poco de vergüenza mostrar la Vermilion Sands a mis padres, ya que si leían el
cuento de Emilio iban a toparse con varias escenas de sexo), sino por la recurrencia
continua a narrarnos (y quizá en esas ocasiones sí era capaz de contar una historia
sin perderse en los detalles) sus aventuras con mujeres conocidas y seducidas en el
ómnibus, en la calle, en alguna disco y en las casas de sus clientes como técnico en
PC, amén de una larga memoria de proezas dignas de las Crónicas del Planeta del
Porno, en lugares tan exóticos como la Fortaleza del Cerro y la plaza de los Caídos
en la Guerra Civil. Clara me bajó los pantalones y los bóxers y empezó a chuparme
la pija; empecé a sentir que no iba a poder aguantarme ni un segundo más. En ese
momento tampoco parecieron utilizables los consejos de Emilio sobre serenarse y
pensar en cualquier otra cosa; una vez, hablando del mismo tema entre todos los
del movimiento, me hizo mucha gracia que Alfredo contara que su técnica
particular, como buen metalero de la vieja escuela, consistía en repasar uno por
uno los títulos de los álbumes de Black Sabbath: Black Sabbath, Paranoid, Master
of reality, a modo de letanía. Intenté traducirlo a términos más personales. Led
Zeppelin Uno : “Good times bad times”, “Babe I’m gonna leave you”, “You shook
me”, “Dazed and confused”, “Your time is gonna come”, me repetía, pero poco a
poco la idea de Led Zeppelin tocando en vivo, con todas las groupies sudorosas
agitando las tetas o cogiendo en el backstage me precipitó una vez más hacia la
cabeza de Clara con mi pija en su boca. Estaba a punto de explotar (tampoco
funcionó recordar las canciones del Sticky Fingers de los Stones; seguramente
estaba eligiendo mal los álbumes y las bandas) cuando Clara pareció darse cuenta y
dejó lo que estaba haciendo para ponerse de pie y sacarse la remera. Llegado el
turno a las bermudas de jean que tenía puestas se dio vuelta y me miró por encima
del hombro con una sonrisa, bajándose despacio la prenda para mostrarme el
célebre culo tan alabado por Emilio.
—¿Y? —me preguntó deshaciéndose de las bermudas con los pies— ¿es o no
es el mejor culo de Montevideo?
Por supuesto que asentí, pero recuerdo que no pude evitar cierta desilusión
prousteana: el culo de Clara era enorme y redondo, pero estaba —como era
predecible, después de todo— bastante flojo y caído.
—¿Forros no tenés, no? —me preguntó. Le dije que no; sonamos, pensé, acá se
terminó todo. —Bueno, esperame un segundo, voy a ver si encuentro por ahí —
abrió un cajón y empezó a revisar pantalones doblados.
—Emilio se piensa que no le reviso los bolsillos —dijo con cara de triunfo,
sosteniendo entre el dedo índice y el medio lo que estaba buscando. Lo abrió y se
acercó para ponérmelo. El contacto de sus manos y lo que sabía que venía a
continuación, pensé, me va a hacer acabar en ese mismo momento. Iba a ponerme
a repasar la discografía de los Beatles o el orden de los cuentos en La máquina
presentadora, de Philip Dick, cuando, sorprendido, constaté que la inminencia de
mi orgasmo parecía haber retrocedido. Clara desplegó el preservativo hacia abajo y
después se sacó la bombacha. Me agarró la pija y se la metió. Dejame hacer el
trabajo a mí, dijo. Acabé medio minuto después, pero seguía bastante erecto, así
que Clara procedió a retomar la chupada. Se me ocurrió que sería una buena idea
hacerle lo mismo. Le pedí que se acostara. Nunca en mi vida había chupado una
concha pero, una vez más, todas las pornos que había visto tenían que servir para
algo. Supongo que podría pensarse (un argumento para Alfredo) en una especie de
Quijote del cine triple X, que pretende extender sobre la aridez de La Mancha todo
lo que ha visto en tantas películas. Llevémoslo a la ciencia ficción: de tanto ver
películas porno sobre hombres con mujeres de especies alienígenas, el pobre Al-
Honso Quijanox se lamenta en su planeta solitario de sólo poder coger con
humanas y sale en su pobre nave espacial averiada a confundir hijas de vecino con
nativas de Bellatrix o Betelgeuse, cuyas costumbres y particularidades anatómicas
recuerda a la perfección de tantas enciclopedias galácticas y manuales de sexo
cósmico. La concha de Clara, me pareció, tenía gusto al látex del preservativo;
aplasté la lengua para rozarla lo más posible mientras movía la mandíbula
haciendo un ruidito de cloqueo que, me pareció, la hizo reír. Al rato estaba encima
de ella, sin preservativo, repasando los personajes principales de Dune, el orden de
las Fundaciones de Asimov en la saga completa ( Preludio, Hacia, Fundación,
Imperio, Segunda, Límites, Tierra, a lo que agregué Bóvedas, Sol, Amanecer,
Imperio, Arena, Corrientes, Guijarro ) y los temas en el recién salido Mellon Collie
de los Smashing Pumpkins.
Eran las cinco menos veinte cuando recordamos que Emilio estaba por llegar.
Nos duchamos (la puerta de calle estaba trancada con pasador, así que ante una
emergencia siempre podíamos inventar cualquier cosa: nada, de todas formas,
que me tranquilizara demasiado) y luego Clara se llevó al fondo las sábanas, para
ponerlas a lavar. La ayudé a reemplazarlas.
—¿Y no sospechará?
—No, Emilio no registra estas cosas, aparte ya había que cambiarlas.
—¿Y no pensará nada raro de verme acá? —insistí.
—¿Te parece? Mirá, Chalchal, Emilio nunca en la vida te va a ver como alguna
forma de amenaza o competencia; esa seguridad que tiene de sí mismo, te juro, es
una de las cosas que más me rompen las bolas.
No dije nada, y de pronto cobré conciencia de que había cogido con Clara, la
mujer de uno de mis mejores amigos, y que, sin tener en cuenta toda la parafernalia
cuasimilitar de la “hermandad” y el “movimiento”, aquello podía, debía ser
entendido (no importaba que Clara fuese en realidad su ex esposa, no importaba
que Emilio saliera con Ana María y que, o al menos eso vivía contándonos, se
cogiera todo lo que se movía), como una traición. Pero se sintió bien; no pude
evitar esa vanidad adolescente de enorgullecerme por haber hecho gritar a una
mujer con mucha más experiencia sexual que yo (bueno, tampoco pensé que ella
podía estar fingiéndolo), por sus elogios, por tantas veces que, después del último
orgasmo, me repitiera que le gusté desde el primer día que entré a su casa, que le
encantaba mi timidez, mi seriedad, mis conocimientos de literatura. Cuando llegó
Emilio, a eso de las cinco y media, nos encontró mirando Corazón satánico.
—Ah —dijo— ¿ya pasó la escena de Robert deNiro con el huevo duro?
El affaire con Clara se prolongó unos cuatro meses. Pasada la excitación de los
primeros encuentros la idea de la traición empezó a desbordar y después de cada
sesión con Clara la culpa me llevaba a decidir que debía ser la última vez. Pero
estaba claro que jamás tendría la fuerza de voluntad de decírselo. Eventualmente
conocí a una chica en una fiesta y empecé a salir con ella; esa nueva circunstancia,
sumada a que la relación de Emilio con Ana María estaba deteriorándose a toda
velocidad, lo cual lo llevaba matemáticamente a acercarse más a Clara, me
permitió encontrar pretextos y reunir las fuerzas necesarias. No se lo tomó mal.
Hasta pareció aliviada: y bueno, Chalchal, qué le vamos a hacer.
—Igual nunca se sabe qué puede pasar en el futuro, ¿no?.
Ella se rió y asintió. Después todo el trabajo de la convención y el posterior
fiasco, que me alejó de Emilio y de los pocos sobrevivientes del Movimiento,
lograron que no volviera a verla sino hasta el 2002, cuando nos reunimos en casa
de Emilio para planear la revista Dark City. Estaba presente todo el movimiento,
con la excepción de Marcos, Matías y algunos dibujantes. Marcos se había
excusado alegando que tenía demasiado trabajo como para asistir a reuniones
semanales y comprometerse a entregar material con plazos regulares, pero que
siempre podían contar con sus cuentos ultracortos (ah, claro, eso nos salva la vida,
¡gracias, Marcos!, fue la respuesta de Emilio). La ausencia de Matías era quizá más
comprensible ya que, como creíamos entonces, todo el asunto de la convención
había terminado por alejarlo. Sin embargo, esa noche me enteré de que en realidad
la enemistad de Matías y Emilio comenzó con el descubrimiento de que Matías
había estado cogiendo con Clara desde 1994.
—Clarita se fue comiendo a todo el movimiento, uno por uno —me contó
Alfredo—... A mí me tiró los galgos pero me hice el boludo. ¿Nunca te cargó a
vos? Bueno, qué se yo... eras muy pendejo para ella, obvio.
Clara y Emilio tuvieron otra hija en Noviembre de 2001 y su relación duró
hasta 2004; ella terminó denunciándolo por malos tratos y violencia doméstica,
cosa que nunca llegó a probarse. En los últimos tiempos, después de aparecido su
libro y de comenzada su “fama” postrera, Emilio viviría con Karenina, la mayor de
las tres hijas que había tenido con Clara. A principios del 2005 tuve una breve
conversación con ella, mientras terminaba el primer borrador de mi libro. Nos
vimos en la casa de su madre, en otro rincón remoto de Montevideo
—Me acuerdo de vos porque mamá te decía Chalchal y yo no entendía por qué
—me dijo, muy seria.
—Ah, eso es un secreto —dije, haciéndome el misterioso. A Karenina no
pareció hacerle gracia. Después se soltó a hablar de su padre con devoción.
—Es que Emilio era un genio —añadí.
—Lo es —respondió, y se fue sin decir nada a su cuarto. Miré a Clara, que
había estado presente durante toda la charla, y casi de inmediato regresó Karenina
con un papel.
—Tomá —me dijo— es la última carta que me escribió mi padre; no te la
estoy regalando, me la tenés que devolver, pero podés fotocopiarla si querés. A lo
mejor te sirve para algo; a mí me sirve para saber que papá está bien y que pronto
voy a saber de él.
La carta estaba fechada el 20 de Agosto de 2007, un año después de la partida
de Emilio. Le pregunté si conservaba el sobre, para determinar desde dónde había
sido enviada. No, dijo, pero estoy seguro de que estaba mintiendo. Dos días
después (y tantas relecturas) le pedí que me permitiera reproducir parte de esa carta
en mi libro, pero también se negó. Se la devolví y conservé una copia: hasta la
fecha, sigue siendo la última transmisión de Emilio desde el planeta de los
monstruos.
7
Y si hubiera un laberinto este sería el centro: estoy caminando con Emilio por
la playa del cerro; es un día de noviembre de 1995, el tercer número de Vermilion
Sands ha salido a la calle y estamos empezando a reunir el material para el cuarto.
No sabemos que al mes siguiente alguien nos sugerirá presentar un proyecto a una
iniciativa del Ministerio de Educación y Cultura pensada para financiar eventos
relacionados con la difusión de los artistas locales; por el momento todos nos
conformamos con poner nuestro dinero cuando hace falta, tratar de vender la
revista y financiar al menos un número más; no hay mayores expectativas, más allá
de las de siempre, ser descubiertos por algún editor norteamericano, ser traducido,
publicar una novela, una colección de cuentos, sacar la cabeza de la laguna y mirar
hacia el borde del pantano y el comienzo del área de los basurales, hacia la
desolación postcyberpunk. Emilio está preocupado porque presiente el final de su
relación con Ana María, que llegará en enero; estamos caminando, hablando de
autores descubiertos hace poco (Lucius Shepard, Kim Stanley Robinson), música
(Emilio ha estado tratando de explicarme por qué es indudable que Zooropa, de
U2, está profundamente influido por Neuromante ), mujeres (me explica por
centésima vez que le gustan las mujeres de culo triste y mirada grande, y en cierto
tramo del camino encontramos dos ejemplos tremendos de lo primero, a las que
intento acercarme pero fallo en convencer a Emilio de una estrategia a dúo) y, ya
emprendiendo el regreso, de sus experiencias en la guerrilla.
—Esto no se lo conté a nadie, sólo a vos y a Matías; lo sabemos solamente
nosotros y los que estuvieron conmigo, Martín y el negro Julio. Fue cuando los
milicos cometieron el error más grande de la dictadura, aquella pelotudez de mover
las tropas en la frontera con Argentina después de las declaraciones de Galtieri,
cuando ya habían invadido las Malvinas. No sé si te habrán enseñado esto en
Historia, pero lo que pasó fue que el gobernador británico de las islas terminó en
Montevideo, bastante herido, y pidió que se le otorgara asilo. Los milicos
aprovecharon la oportunidad para mejorar las relaciones con Inglaterra y, además,
para demostrar una vez más que eran una manga de pelotudos, porque pensaban
que podían beneficiarse de alguna manera, al menos por aquel asunto de las aguas
territoriales, si tomaban partido en contra de Argentina. También está el tema del
Segundo Plan Condor, que, dicen, apareció después de que los gringos hijosdeputa
investigaran un poco sobre qué estaba pasando acá en Uruguay, con tantos años de
guerra civil y guerra de guerrillas. Pero sobre eso, también, se ha dicho mucha
pavada; lo que pasó fue que Galtieri rompió todas las relaciones diplomáticas, y
mientras empezaba la contraofensiva inglesa movió algunas tropas de su lado del
Río Uruguay, entre Rio Negro y Paysandú. Eso nos vino bárbaro, porque los
milicos mandaron también tropas uruguayas a nuestro lado de la frontera, en plan
quién te creés que sos porteño puto, y hubo alguna escaramuza que otra, nada serio
en realidad, aunque en Montevideo ya se estaba diciendo que había empezado la
guerra con Argentina. Te explico, nosotros aprovechamos para movilizarnos por el
centro del País, que era la región más despoblada después de casi diez años de
guerrilla constante; Tacuarembó era un desierto, casi toda la gente había
abandonado los pueblos y la capital y se habían refugiado en Montevideo, en la
costa de Rocha y Maldonado o en el litoral norte. Fue un proceso largo, como te
dije, casi diez años, pero para el 82 pensamos que podíamos aprovechar la mala
jugada de la dictadura y recrudecer la guerra civil. De todo esto en Montevideo se
sabía poco y nada, sólo lo que nosotros transmitíamos o las cosas que escapaban el
cerco de información que habían levantado los milicos, una especie de muro que
rodeaba todos los departamentos de la costa y el litoral. Esto que te voy a contar
habrá pasado por mayo o principios de junio. Yo estaba militando hacía ya tiempo
en la UJC, en el brazo armado, como decíamos; teníamos a dos Spetsnaz que
habían venido clandestinamente, habían cruzado la frontera en Rivera; me acuerdo
del más veterano, un ropero era, enorme el tipo, medía fácil dos metros y pico y le
decíamos Kostya porque se llamaba Konstantin, y se reía cada vez que yo le decía
Kostya, y tú me dices Kostya, tovarishch Emilio, que apenas eres un ratón si te
paras de puntillas. Kostya y Rodion nos entrenaron en combate cuerpo a cuerpo,
combate con cuchillo, en técnicas de asedio, sigilo y emboscada; me acuerdo que
Kostya me enseñó a tomar vodka de verdad, un vodka purísimo que habían traído
de la URSS y que llevaban siempre en unas petacas de plata con una estrella roja,
como los MiGs, y la hoz y el martillo en repujado; \na zdoroviel, decíamos, y nos
bajábamos los vasos del vodka que habían traído, el vodka más puro de Rusia, lo
tomabas como agua y después te hacía mierda. Tú presumes de buen beber,
tovarishch Emilio, pero yo te reto a conservar más que yo el alcohol, mira , decía,
y bajaba un vaso de vodka, y después yo otro, na zdorovie, por Lenin, por Marx,
por Engels, por Stalin, por Brezhnev, y después otro vaso, y cantábamos la
Internacional, y después de cinco o seis vasos me decía tovarishch Emilio, ¿cómo
se siente usted? Perfecto, Kostya, como nuevo, y me decía ¿a ver?, párese y
camine hacia adelante, y yo me levantaba y ¡tuc! derecho al piso. Nos cagábamos
de la risa con Kostya y Rodion, aunque Rodion era más serio. Leía ciencia ficción
y hablaba siempre de los Strugatsky, de Vladimir Savcenko, de Iván Efremov,
Gurevic, Saparin y otros más que nunca pude conseguir, aunque estaba aquel
librito de Bergier, Lo mejor de la ciencia ficción rusa, que tenía bastante material.
Este día que te quiero contar habíamos salido creo que ocho compañeros, no me
acuerdo de todos los nombres, pero estaban Kostya, el negro Julio, Martín y yo; te
explico, resulta que por todo Tacuarembó, especialmente en los alrededores de
Valle Edén, había una serie de refugios subterráneos que habían derivado de las
viejas Tatuceras de los Tupa, de antes de la dictadura, sólo que nosotros las
habíamos mejorado mucho. Las Tatuceras 2.0, eran, pero con las ofensivas del 78
hubo que abandonar casi todas. Igual para cuando yo entré a la guerrilla el plan era
ir recuperándolas una a una, y todo el asunto de la guerra con Argentina después
nos vino bárbaro, imaginate que en Montevideo se vivía hablando de la guerra con
Argentina, cuando la verdadera guerra que peleaba la dictadura era contra nosotros.
Nuestra teoría era que con toda la movilización pedorra de tropas tenía que haber
menos soldados cuidando el culo del mundo, si es que había algunos. O si los había
serían pocos y los podíamos reducir fácil; cada uno de nosotros podía encargarse
fácilmente de cuatro, vos ni te imaginás las cosas que nos habían ensañado Kostya
y Rodion. Entonces pensamos que era la nuestra y fue empezando el plan de
recuperación de las Madrigueras. Todas estas maniobras se hacían de noche; serían
como las once, ponele, y ahí salíamos del refugio, atravesábamos el monte y nos
preparábamos para tomar la Madriguera. La que teníamos prevista para esa redada
era de las vigiladas, pero pensamos que serían pocos los soldados, y de hecho
había dos nomás, montando guardia en una caseta que habían levantado ahí hacía
un par de años, con cuchetas, una cocinita con primus y una letrina; había un
soldado en la caseta escuchando radio y otro por ahí, caminando en círculos.
Nosotros estábamos a unos cien metros, más o menos, escondidos en el monte.
Bajamos a los dos soldados enseguida; el negro Julio, que igual era el mejor
francotirador, le metió un balazo en la pantorrilla al que andaba dando vueltas, que
cayó enseguida. Nunca supe por qué no lo liquidó; Kostya le disparó al de la caseta
y lo mató limpiamente, pero el otro gritaba ayuda como loco, así que hubo que
silenciarlo de un balazo; Kostya no dudó y disparó. Por un momento no pasó nada;
supusimos que los gritos habían sido porque en la Madriguera habría un soldado
que había bajado a coger con alguna mina de la zona. Vos pensá que los soldados
en esas misiones de cuidar Madrigueras estaban un poco abandonados, hacían lo
que querían; pensamos que como mucho habría dos y que no importaba si subían
corriendo, que teníamos la ventaja de la mejor posición y estar preparados para
abrir fuego, así que bajamos del monte, picamos hacia la entrada de la Madriguera
con las armas en mano, y entonces empezaron a salir soldados, uno tras otro, como
si fuera un hormiguero. Te explico, las Madrigueras tenían una entrada a un túnel
que bajaba unos diez metros, rodeada de unas paredes generalmente de bloques, un
poco parecidas a las casetas de los milicos, como la que había ahí mismo, pero
mucho más rústicas, sin nada más que paredes y techo; la idea era que podían
servir para defenderse, para apostar unos cuantos soldados y disparar hacia afuera
si era necesario. Y eso fue lo que hicieron. Empezaron a masacrarnos; el negro
Julio cayó herido en un hombro, se quedó cuerpo a tierra mientras otros de los que
habían venido con nosotros disparaban a la entrada de la Madriguera y caían, casi
todos muertos. Estábamos a medio camino entre el objetivo y el monte, así que no
tenía sentido tratar de huir. Miré a Kostya y a Martín -el negro Julio seguía en el
suelo y de los otros quedaban dos en pie nomás- y en el acto todos nos rendimos.
Cinco soldados salieron de la Madriguera y nos apuntaron; dos fueron a levantar al
negro Julio y lo arrastraron hacia la entrada, a la que nos llevaron también a
nosotros. Imaginate las puteadas, comunista de mierda, vendepatrias del orto, todo
lo que te puedas imaginar; los tenían bien adoctrinados a los soldaditos. Uno le
arrancó una medallita de oro con la Hoz y el Martillo a Kostya justo mientras los
demás bajaban por la escalerilla, todos menos el negro Julio, que quedó tirado en el
piso. Nos habían desarmado y atado las manos a la espalda, entonces nos hicieron
bajar hasta los túneles y nos dimos cuenta de qué mierda pasaba, por qué había
tantos soldados. Parece que ahí funcionaba una cárcel; te podrás imaginar que
nosotros, los de la UJC, no éramos el único grupo guerrillero que operaba en el
interior en ese entonces; había por lo menos cinco de los que se sabía y muchos
más de vida efímera, que conducían un operativo y luego se desintegraban,
formando grupos nuevos o fusionándose con otros. Y allá abajo había por lo menos
quince guerrilleros, los tenían en unas piezas llenas de mierda y meo, en harapos,
haciéndolos dormir en unas casuchas como de perro, unas jaulas del tamaño
mínimo para que entre una persona. Sonamos, pensé, nos quedamos acá para
siempre. Entonces apareció un oficial, nos miró, me preguntó cuántos años tenía y
le dije diecinueve; me quedó mirando, no me mientas comunista de mierda, me
dijo; diecinueve años, le repetí, mirándolo a los ojos. Entonces pasó a Martín y le
hizo la misma pregunta. Dieciocho años, le contestó, y nada más. Después se paró
frente a Kostya, le hizo unas preguntas y no tuvo respuesta. Se notaba que lo
trataba de otra manera, así fuese porque el ruso era un tanque, te podrás imaginar.
Entonces miró a unos soldados y les dijo a todos me los pasan por las armas, uno
por uno. Y hay otro arriba mi coronel, le dijeron, que está incapacitado por una
herida en la pantorrilla. A ese también me lo fusilan, carajo, dijo el oficial, y
añadió al ruso arriba, y a los dos pendejos también, ahora; a los otros me los
guardan en las jaulas del fondo, me los tratan con cariño y me los fusilan mañana a
primera hora. Nos hicieron subir a culatazos; yo imaginate cómo estaba, o sea... no
tenía ni veinte años y ya me iban a pegar un tiro... Y una vez arriba agarraron a
Julio y lo empujaron contra una de las paredes de la construcción que rodeaba la
entrada a la Madriguera. En total eran tres soldados arriba, todos con fusiles.
¡Primero al grandote!, gritó uno, y mirá la ignorancia de estos tipos, mirá cómo los
tenían adoctrinados ¡al ruso podrido que vino a romper las bolas a la patria!, se
mandó. Los otros lo quedaron mirando, en una de esas pensando y a este qué
mierda le pasa, qué se cree, pero igual empujaron a Kostya contra la pared. Sacó
pecho, empezó a hablar en ruso. A mí se me caían las lágrimas. Estaba cantando
algo, no sé qué, o en una de esas recitando, y de repente SLAM!, el disparo de los
tres fusiles. Cayó en seco y yo sentí que el mundo se nos venía abajo. Ahora el
petiso marica de rulos, gritaron. Era yo. Me empujaron contra la pared, casi me
hicieron pisar el cuerpo caído de Kostya , y entonces cerré los ojos, los apreté bien
fuerte y sentí que preparaban las armas. No sé qué pensé, en mi madre, en mi padre
muriendo de cáncer, en cuando jugaba de chico en el jardín, cuando miraba la tele,
cuando leía las novelitas de ciencia ficción de Bruguera... Y sentí de repente un
zumbido, un biiiiiiiiiiiiiiiiiiii que creció hasta hacerme partir la cabeza de dolor.
Caí de rodillas y abrí los ojos. Los soldados también estaban en el piso y habían
soltado las armas. Se babeaban y hacían sonidos... squitter squitter skweach\
Martín se llevaba las manos a los oídos y el negro Julio me pareció que estaba
desmayado. No entendía nada. Me levanté y caí un par de veces, pero logré
acercarme a donde estaban los soldados retorciéndose de dolor. Yo no podía más.
El zumbido parecía salir del centro de mi cerebro, me atravesaba todo el cráneo y
todo el cuerpo como un cuchillo que me frotaran por los nervios. Una sensación
espantosa, te juro, de lo peor que sentí jamás. Pensé en agarrar los fusiles pero
quedé paralizado. En el cielo había una cosa volando; uno puede pensar en una
nave espacial, leer mil cuentos, ver mil películas y estar seguro de que vio, leyó o
imaginó todas las formas posibles que puede tomar una nave espacial, un plato
volador, una esfera, un vehículo más aerodinámico, cualquier cosa, cualquier
forma; pero lo que vi no sabría describírtelo. Te explico: parecía una mantarraya
flotando en el aire; los bordes estaban hechos de unidades más pequeñas que
circulaban, que migraban por el contorno del vehículo. Es decir, supongo yo que
era un vehículo, podía haber sido también un extraterrestre en sí, que podía volar y
posarse justo ahí, arriba de nosotros, sobre la Madriguera. Ahora el ruido parecía
haberse estabilizado, y no te digo que me acostumbré, porque supongo que eso
sería imposible, pero sí que pude moverme mejor y orientarme. Pero a la vez no
podía sacar los ojos de esa cosa que extendía las alas sobre nosotros, a unos veinte
metros de altura como mucho, o capaz que más, no sé, era también un tema de
perspectiva el tamaño que podía tener o el que aparentaba tener. Y empezó a
brillar. Una fosforescencia como de alga o de algún animal marino, y brilló y sentí
que enfocaba esa luz, que afinaba el haz de luz hacia mí, que me impactaba justo a
mí en la frente y ahí sentí un aluvión de datos, de conceptos, de imágenes, como si
la cosa quisiese comunicarse conmigo; al principio era como estar totalmente
saturado pero poco a poco empecé a entender pautas. La cosa voladora o nave
espacial estaba diciéndome que habían intervenido porque necesitaban salvarme,
porque yo iba a tener algo muy importante que hacer. Y vi el futuro, es algo que no
te puedo explicar, sentí cómo iba a ser el futuro, todo comprimido en pocos
segundos, en un instante que contenía veinte años, y supe que no me iba a morir en
Uruguay, y supe más cosas que después olvidé, que ahora no te podría repetir
porque no puedo acordarme, a lo mejor con alguna sustancia o bajo hipnosis en
todo caso, pero que en aquel momento, en las horas que siguieron a la experiencia,
estuvieron clarísimas en mi mente. Después de unos segundos la nave se fue,
desapareció en dirección a los cerros. ¿Vos lo viste?, repetía Martín, ¿vos lo viste?
Sí, sí, le dije, vámonos al monte rápido, y entre Martín y yo lo cargamos al negro
como pudimos, pero estoy seguro de que los soldados que estaban adentro de la
Madriguera también fueron afectados por la nave y por eso no salió nadie más y
nadie nos persiguió. Entonces nos abrimos paso y llegamos horas después al
refugio. La luz te apuntó a vos, me decía Martín. Julio ya se había despertado, pero
no decía una palabra, y no se lo escuchó hacer ni un sonido por días. Cuando
finalmente pudo hacerse entender juró que nunca en su vida iba a hablar de lo que
había visto, que ese secreto iba a morirse con él. Pero Martín no dejaba de
preguntarme qué viste, qué sentiste, qué te dijeron. Cuando llegamos al refugio yo
me desmayé. Pasé con fiebre los tres días que siguieron; deliré, dije cosas que
después me contaron y que todavía hoy me hacen cagar de miedo, y que parece
que también hacía que quienes las escucharan se pusiesen como locos, como si se
los comiera el terror, y cuando me recuperé había olvidado casi todo. Me quedaba
nomás esto que te conté, el zumbido, la luz, la idea de haber visto el futuro y esa
misión que todavía tenía que cumplir. El comando de nuestra guerrilla optó por
silenciar el hecho y eliminar de la lista inmediata aquella Madriguera, aunque
muchos sugirieron hacer una ofensiva más grande para liberar a los presos. Yo
sabía que tenía que volver; es más, sabía que algo más había pasado, que
probablemente abajo también habían sido afectados por la nave. Los soldados que
nos iban a fusilar nunca se levantaron mientras estuvimos ahí, antes de perdernos
en el monte; yo tenía la certeza de que habían muerto, que el alien fue capaz de
matarlos a ellos y dejarnos con vida a nosotros. Entonces una noche nos abrimos
camino por el monte y llegamos a la Madriguera. Habían pasado dos semanas. Los
cuerpos de los dos soldados todavía estaban ahí y también el de Kostya. No
necesitamos decirnos nada entre nosotros; bajamos del monte y tomamos las armas
que todavía estaban allí tiradas, los tres fusiles. Martín se paró ante la entrada a la
Madriguera. No puedo, me dijo, no puedo bajar, pero sé que abajo están todos
muertos, todos, los soldados y los compañeros. Le dije que yo tampoco podía
bajar, pero que todavía tenía algo que hacer. El cadáver de Kostya estaba bastante
descompuesto, imagínate en el campo, con el monte ahí nomás; le faltaba un brazo,
tenía un boquete enorme en el abdomen y las piernas roídas. Pero no me importó
nada. Metí la mano en un bolsillo, sabía bien en cuál, y saqué la petaca, todavía
llena de vodka, el vodka que Kostya había pensado que iba a tomarse después del
éxito de la misión. Me guardé la petaca y le dije a Julio, que estaba parado ante la
entrada de la Madriguera, pálido de miedo, ahora sí Julio, podemos volver. Y
volvimos. Y esa petaca la llevé en todas las misiones mientras permanecí en la
guerrilla, hasta que me hicieron volver, primero a un plenario de la UJC en Pando,
que fue cuando dejé de militar porque escuché a uno de los jerarcas decirle a otro,
a un tipo que ahora es diputado, lo que nos hace falta acá es un mártir. Y el otro, el
que te digo que ahora es diputado le dijo fíjate cómo se puede arreglar que la gente
se entere de la muerte de uno de estos pendejos. La frase me asqueó, como te
podrás imaginar, y largué todo a la mierda. No fue fácil, claro, me siguieron, me
persiguieron, me asediaron durante años, o sea, ellos y los milicos, y después los
judíos sionistas del orto, y los cipayos de mierda, pero a mí me importó todo un
carajo e igual saqué los fanzines, igual saqué las revistas, igual dije todo lo que
siempre pensé, igual me cagué en los yanquis, igual dije que la caída de la URSS
fue lo peor que le podía haber pasado al mundo; eso y mucho más, todo lo que
pensé lo dije, nunca me callé nada ni me creí ninguna amenaza. Y acá estamos
ahora. Estoy vivo gracias a esa nave alienígena que me aseguró que tenía un
destino, que el futuro dependía de mí. Entonces acá estoy, esperando, y la petaca
de Kostya todavía la tengo en casa, bien guardada, como el mejor tesoro de
aquellos años. Y vos sos el único que sabe de esto, vos y Matías, además de los
que estuvimos ahí. Mi conclusión es que ese alien lo que está haciendo es
modificar la historia humana; en otro universo yo me moría ahí, en Tacuarembó,
pero las consecuencias de esa muerte creaban un futuro que por alguna razón a
estos aliens o bien no les conviene o bien entienden que es malo para la
humanidad; entonces lo alteraron, hicieron que no me fusilaran y entonces estoy
acá, con todas las revistas encima, con todos los cuentos y novelas, esperando que
me llegue el momento de hacer eso que tengo que hacer; porque por ese entonces
yo todavía no escribía; leía mucha ciencia ficción, sí, pero no me había animado a
escribir. Empecé a querer ser un escritor después, ya cuando estaba por dejar la
militancia. Y esta idea que te cuento se la conté a Matías; es la base de la novela
que está escribiendo, El sueño de Tesla, en la que unos extraterrestres modifican la
historia humana para facilitar la invasión. Yo no te digo que lo que pasó conmigo
sea exactamente eso; a lo mejor los aliens en realidad son humanos del futuro que
están arreglando la historia, eso también es posible. ¿Y sabés qué más? Poco a
poco siento que me voy acercando, que el momento para el que fui salvado se
acerca.
8
Vuelvo una y otra vez sobre esa historia: ahí está el nudo, ese fue el momento
que jamás pude dejar pasar, que jamás logré digerir. Así, como un error que se
arrastra, como ante una irregularidad en un sistema que a medida que pasa el
tiempo acumula más y más consecuencias, fluctuando en las ecuaciones como un
cáncer o un obstáculo en la corriente de un rio que pronto, gracias a todo lo que
transportan las aguas, troncos, animales muertos, desperdicios, terminará por
generar una presa, una barrera insalvable, cada vez que recuerdo a Emilio lo veo
esa tarde en las calles del Cerro, hablando desde cierta tristeza fundamental,
entendiendo que está inerme ante su propia locura, ante el convencimiento
absoluto que tenía de haber vivido esa experiencia, de haber sido salvado, de tener
un destino. Pero está claro que una parte de mí quiere creer; no necesariamente en
extraterrestres y mundos paralelos sino creerle, creer que no está mintiendo, que él
tiene para sí, para su mente, su carne, sangre y huesos que aquel momento fue real.
Y sí, descartarlo como una mentira, como un signo más del profundo desequilibrio
mitómano de Emilio Scarone, me pareció siempre una traición, la salida más fácil,
propia del tipo de mente que siempre detesté, la que busca las soluciones fáciles, la
que cree conocer a las personas casi al instante y se precia de ser buen juez de
carácter e interpretar a la perfección todos los dichos y las acciones, siempre bajo
las pautas de sus conceptos firmemente establecidos, inmóviles, clavados al piso.
Esa era la verdadera traición para mí: aliarme con el pensamiento “correcto” o
“sensato” y bajar el telón sobre todo lo que pudiera decirme Emilio a partir de allí,
desvarios, locuras y mentiras.
Podría entonces escribir a Emilio, volver a crearlo, a inventarlo en el sentido de
que, ante ciertas vidas o historias, la ficción es la única estrategia posible, la única
manera de acercarse a cierto núcleo fundamental de la vida que se intenta... ¿Que
se intenta qué? ¿Explicar? ¿Comprender? ¿Conservar? De poco sirve la
investigación, indagar en todas las fuentes, armar a la “persona” a través de todas
las facetas, de todos los reflejos en los demás, en los alcanzados, los tocados, los
deformados; de poco sirve que haya hablado con tantos de sus amigos y conocidos:
el misterio de Emilio es doble: el de todos nosotros, el fundamental a toda vida, a
toda conciencia, y el proliferado alrededor de aquella historia de guerrilla, haya
sucedido o no, haya sido lo que haya sido: signos suyos todas las mentiras de todos
los días, la nube de asteroides que aparecía en los radares cuando Emilio se
acercaba. Su desaparición es una consecuencia de ambas; dónde está ahora es
quizá una pregunta sin sentido. No podría estar en lugar alguno.
Y aquel día también me contó de la muerte de su padre. El viejo llevaba días
acostado en la habitación principal de la casa, largando un olor horrible, vomitando
sangre y quejándose todo el tiempo mientras Emilio leía una novela barata de
ciencia ficción sentado entre las plantas del jardín; entonces escuchó un grito y
corrió hacia la habitación. La cara de su padre se había convertido en una roca
tallada por las olas, dijo, inmóvil para siempre en un gesto de horror.
Después habló de un mensaje alien que había descifrado a los diecisiete años.
O fue del cuento de ciencia ficción sobre una ucronía en que la revolución
cubana se expandía por todo occidente. Se lo mandó por correo a Castro y la
respuesta no tardó en llegar: espero que sigas escribiendo así de bien en el futuro,
muchacho.
9
Quizá haya una lectura posible de esta novela que atienda a la figura que trazan
(o deberían trazar) las piezas perdidas y los cabos sueltos; en cuanto a Martín y
Julio, amigos de toda la vida de Emilio, los entrevisté hacia la mitad de mi
investigación para el libro, poco después de mi encuentro con Matías. Julio se
mantuvo bastante parco a la hora de responder; le pregunté por los años de la
guerrilla y se limitó a asentir, a corroborar alguna fecha y a confirmar historias
contadas por Emilio.
—Estoy seguro de que se suicidó —concluyó—; un tipo como Emilio no está
hecho para este mundo; y él ya había hecho un intento. Se bajó un frasco de
pastillas con un vino tinto caro; lo eligió y compró expresamente. Dijo que también
escribió algo ahí, un papel que apoyó en el pecho cuando se tiró en la cama. Pero
pasó el tiempo y no se murió el hijo de puta, así que manoteó el teléfono para
llamar a la farmacia de acá a la vuelta, la que atiende la gorda Inés, que siempre
fue gente de primera. Ella sintió algo raro en la voz de Emilio y mandó al pibe de
los mandados, que cuando tocó timbre y no le abrieron se animó a meterse en la
casa. Encontró a Emilio en un vómito solo, como sonámbulo, y gracias a que llamó
enseguida a la emergencia lo pudieron salvar...
Martín, en cambio, si bien evitó hablar de los años de guerrilla, me dio bastante
información sobre los ochenta y los primeros fanzines, sobre las lecturas de Emilio
por aquellos tiempos, su contacto con sociedades de ufología, sus viajes a la
estancia La Aurora y las notas que estaba tomando para su La novela de las
tinieblas.
—¿Y de eso te dijo algo más? —le pregunté.
—Mirá, llegó a terminar un borrador de los cuatro primeros capítulos; dos años
antes de que se fuera me lo dio, está en casa. Nunca lo leí, por respeto.
Le pedí que me enviara una copia al mail. No fue fácil convencerlo, pero
explicándole que esa información era imprescindible para armar una imagen lo
más exacta posible de la trayectoria intelectual de Emilio, y así hacerle justicia
incluso cuando él ya no estaba allí para apreciarlo, terminó por ceder. Esa misma
noche apareció el archivo .doc de la novela en mi correo. Y la lectura arrojó el
resultado imaginable: estaban todas las teorías conspirativas de Emilio, todas
sus experiencias, todas sus conclusiones. Esencialmente lo mismo que había dicho
en el programa de televisión de Hugo Silvermann, que toda la historia humana es
producto de maquinaciones extraterrestres, que en realidad lo que llamamos
extraterrestres son formas derivadas de un estado supraindividual de la especie
humana en plan mente -colmena, que había al menos dos facciones de esas formas
supraindividuales, que a veces se nos aparecían en visiones destinadas a hacernos
obrar, que él, en los viejos años de la guerrilla, había sido contactado por una de
esas formas, que había accedido a una de esas mentes años después gracias a sus
experimentos con alucinógenos y que había tenido una visión vastísima del pasado,
el presente y el futuro de la humanidad, el fin último al que el programa alienígena
iba a conducirnos, que todo el universo que percibíamos era una realidad virtual
producto de la unimente, la conciencia de las galaxias, los restos de la unión mental
de la primera especie inteligente surgida de la primera generación de estrellas. La
novela de las tinieblas estaba presentada como “las confesiones de Emilio Scarone,
escritor”, y abundaba en referencias a su obra, fácilmente reconocibles todas ellas,
especialmente en cuanto a El sueño de Tesla y al proyecto de ucronía que me contó
en nuestro último encuentro. Allí aparecía mi nombre y el de Alfredo, Matías,
Marcos, Clara, Karenina, Julio, Martín y tantos otros. Todos teníamos una función
en la enorme estructura que había vislumbrado; yo me imaginaba en mi casa, como
al final de VALIS, de Philip K. Dick, mirando la televisión, buscando señales,
esperando, cumpliendo mi misión.
Y ahora que menciono a Philip K. Dick recuerdo las dos o tres historias
contradictorias que Emilio inventó para explicarnos o explicarse por qué no había
llegado a conocer a Dick cuando visitó Uruguay en 1992. Entiendo, recién en este
momento vengo a entender, que en esa o esas mentiras obró cierto (y fugaz) buen
tino de Emilio como narrador, en tanto la escena del encuentro entre Dick y
Scarone, el apretón de manos, la charla sobre gnosticismo y conspiraciones y la
Unimente en su interacción con el Multiverso, era tan redundante que cualquiera
pensaría que o bien la visita de Dick a Uruguay debía ser un invento de Emilio o
bien que él mismo era un amigo imaginario de Philip Dick, una variación de sí
mismo, un alter ego sudamericano y un poco más podrido por los maltratos del
cosmos.
Entonces llegamos al segundo límite. Estoy con Emilio, en su casa, hablando
de la ucronía que está escribiendo, en la que los nazis han triunfado y Sudamerica
se ha convertido en el campo de batalla donde se miden las fuerzas del Reich con
la última Resistencia.
—Yo esto lo soñé —dice— lo percibí, es real, es un mundo que existe y desde
el que están enviándome información para que yo escriba esta novela, y está claro
que es el lugar donde volcar todas mis experiencias en la guerrilla, es más, te
explico: en ese mundo yo soy el comandante de una unidad de resistencia que hizo
su búnker en Tacuarembó, porque fíjate que... —y pasa a detallar su cronología
ficticia para este mundo: Hitler no invade la Unión Soviética, concentra sus fuerzas
en la Batalla de Inglaterra y vence, descubre el Proyecto Manhattan y elimina a sus
científicos principales, la guerra se prolonga hasta el 48, cuando Estados Unidos,
tras haber sido derrotado en el Pacífico, capitula en el frente Europeo tras el
fracaso del intento desesperado de retomar Francia; en Sudamérica, Argentina se
había declarado aliada del Eje; Uruguay, que insiste en su neutralidad, es ocupado.
Todas las etnias originarias del continente son recluidas en campos de exterminio;
Brasil, Bolivia, Paraguay y Perú son despoblados; la Patagonia, hacia los años 50,
es elegida para proyectos científicos que involucran viajes en el tiempo y
experimentos con universos alternativos.
—Hasta ahí llegué —dice—, tengo que detallar más elementos históricos y
decidir cómo van a figurar los hechos históricos, si a modo de telón de fondo,
como en El hombre en el castillo, o de una manera más expuesta, como en Pavana.
Y voy a usar muchos elementos de la novela que vengo escribiendo, dejando,
reescribiendo y corrigiendo desde hace más de diez años, La novela ele las
tinieblas, que ya debo haberte mencionado.
—Sí, y también lo mencionaste anoche...
Es mi segundo intento de llevarlo al tema de la entrevista con Silvermann.
Emilio lo elude con desdén, como si no fuera relevante. Quizá no es consciente del
ridículo que ha hecho; si se lo señalo sin rodeos sé que me responderá que todo es
parte de su plan, que exageró su personaje de siempre para asustar al conductor y
llamar la atención de las dos o tres personas “en este país de mierda” que podrían
entenderlo. Ya no sé si me cuenta entre esa minoría.
—Lo que todavía tengo que investigar —continua— es todo el aparato
esotérico de los nazis; tengo en la computadora el libro de Robert Ambelain, Los
arcanos negros de Hitler, deberías leer algo de eso. Mirá, te explico, no se trata
sólo del asunto de la tierra hueca y convexa, tenés también el asunto del
koreshanismo y la posibilidad de que, no te digo lo de la Tierra, porque eso es
claramente una estupidez, sino que muchos datos científicos, o datos que
asumimos como probados por la comunidad científica, no sean más que una
conspiración para ocultarnos la realidad y dominarnos en la ignorancia. Justo de
eso se trata la novela que vengo escribiendo hace años, La novela de las tinieblas,
pero como llevo demasiado tiempo estancado y necesito algo diferente para
ponerme en movimiento, me pareció que dándole una forma más ficcional podía
tener la chance de emplear muchos de esos conceptos de otro modo. ¿Y qué mejor
que una ucronía? Vos sabés que siempre me gustó... ¿te acordás de aquella que
había escrito, en la que los espartanos vencían en las Termopilas y conquistaban a
los persas y llegaban a un imperio oriental completamente desconocido, con
tecnología extraña a la época. ¡Ah me adelanté a los gordos bobos que escriben
steampunk! Cuando los micos de la cultura de acá se baboseaban con La balada
del popó y pichí Sosa o escuchando al sucio de Jaime Ross yo ya estaba
escribiendo esa ucrania, ¿vos la leiste, no?
—Creo que sí —mentí; lo único que recordaba de esa trama es que Emilio me
la había comentado hacía mucho tiempo y que pertenecía al enorme conjunto de
sus relatos o bien fallidos o bien del todo ilegibles.
—Esperá... te voy a mostrar unos mapas. ¿Vos te acordás del Mapa de Piri
Reis, no? Bueno, te explico, yo... —al buscar en su disco duro repara en la hora—
¡la concha de la madre! Son las seis de la tarde, había quedado con Pablo en el
centro a las seis y media, hablando contigo me dejé estar, que pelotudo... ahora ya
no llego... ¿no me prestás tu celular, que me quedé sin cómputos?
—Dale, llámalo —Emilio toma el teléfono y, tras consultar en la agenda del
suyo, marca el número. Estoy todavía en casa, le dice, me retrasé, disculpó, pero
esperame que llego en una hora. Se despiden.
—¿Pablo Arismendi? No sabía que se habían amigado de nuevo...
—Sí, tenemos un proyecto... disculpó que me tenga que ir ya, otro día si
querés la seguimos... ¿Qué ómnibus te tomás?
—El 17, ¿vos?
—También, esperá que me cambio y vamos...
Salimos a los cinco minutos, esperamos un rato en la parada y el ómnibus
aparece en la esquina. Emilio está contando que la semana anterior intentaron
robarlo; se había quedado dormido mirando la televisión y escuchó que abrían la
puerta del fondo. Atinó a tomar su pistola y disparar apenas entró el ladrón.
—Me quedé escondido de este lado y lo herí en la pantorrilla —está
diciendo—, un asco, después tuve que limpiar la sangre y los cachitos de carne...
pero el mico lo único que hizo fue irse llorando, buu, buuu, no sabés, hasta daba
lástima, te juro...
10
—Y la pornografía se parece a la ciencia ficción en otro punto más, quizá el
más importante —dice Alfredo Kowak, de espaldas a uno de los cuatro o cinco
paisajes postapocalípticos de Montevideo—: en el realismo. Sé que suena
contradictorio, pero es así, mirá: la pornografía, las películas porno, son en tiempo
real. En ese sentido, y aunque argumentalmente son todo lo contrario al realismo,
un recurso formal las convierte en la única forma de arte donde lo representado
coincide con la representación al máximo: en el tiempo. ¿Eh, qué tal? Para vos que
te gusta la Teoría Literaria. Y la ciencia ficción, por otro lado, lo que hace es
movilizar mitos, formas del inconsciente colectivo, arquetipos, actualizándolos,
traduciéndolos a la modernidad y la posmodernidad, ¿entendés? Por debajo de la
máscara la ciencia ficción habla de todo lo que hay a la vista y todo lo que se
esconde, de todo lo que hay en la cultura. Lo cual la convierte en mucho más
realista que tantas novelas apoyadas en convenciones de lo real. Mirá Philip Dick,
por ejemplo. El tipo se lanzó a una búsqueda de lo humano, ¿entendés? No asumió
ninguna esencia, ninguna definición previa a cómo... a cómo sienten los hombres,
a cómo se estructuran sus personalidades, a nada de eso. Lo buscó él, y lo hizo
preguntándose en qué se podían diferenciar un humano y un robot construido para
parecer humano. Y concluyó, vos lo sabrás, que no importa de qué se está hecho,
que importa la empatia, y que... bueno, vos me entendiste. A mí me gusta señalar
cómo la ciencia ficción opera de un modo mucho más cercano a la realidad que la
novela clásica, sea de la época que sea... y en ese sentido es como la pornografía:
presenta una realidad disfrazándola de un montón de mentiras, dioses y monstruos,
dioses y monstruos.
—No sé, Alfredo. La pornografía también asume un montón de construcciones
culturales, dominación entre los sexos, qué se yo...
—Sí, pero los revienta. O, en todo caso, dentro de la pornografía, que es
inmensa, hay espacio para todo. Eso es lo interesante. Conviven una película
común y corriente de sexo heterosexual con cualquier fetichismo o con abuelas,
zoofilia, orgías, tortilleras, putos, lo que quieras... ¿me entendés? Interracial,
incesto. La pornografía es algo amplio, es lo que tiene de bueno.
—Lo tengo que pensar más, puede ser que tengas algo por ahí. ¿Vas a
escribirlo?
—Capaz —dice—; a lo mejor escribo algo sobre el sexo en la ciencia ficción,
¿qué te parece? Philip José Farmer, Ballard... Scarone, ¿por qué no? Es la fusión
perfecta... ciencia ficción y pornografía. Acordate de lo que te digo...
—Si te vas a poner a estudiar eso, con Emilio tenés para rato.
Sonríe.
—Se terminaron las galletitas, master.
—¿Querés que compre más? ¿Traigo otra cerveza?
—No dejá —mira el reloj—, ya es medio tarde. La dejamos para otro día.
Pone una cara que no termino de descifrar.
—“Todo hecho es insignificante, porque si bien sucede infinitas veces en
infinitos universos, también lo hacen sus infinitas negaciones y alteraciones”, ¿te
acordás?
—El comienzo de El sueño de Testa.
—¿Sabés que me dieron ganas de leerla otra vez, no? Ahora cuando llegue a
casa me hago un poco de tiempo y la empiezo... ¿y sabés una cosa? Yo te lo dije
cuando me hiciste aquella entrevista... cuando empezaste a trabajar en tu libro.. .al
final en El sueño de Tesla está todo. Está toda la historia de la ciencia ficción
Uruguaya, entre líneas. Hay que saberlo leer, nada más.
Salimos a la calle. Ha oscurecido, siento frío. Alfredo, de golpe, me parece una
astilla gris del camuflaje del mundo.
—¿O sea que toda la ciencia ficción uruguaya se resume en Emilio Scarone?
—En cierto modo sí, ¿por qué no? Escribir mal, enamorarse de los maestros,
escribir para que nadie te lea, llegar a contar tus historias y después deshacerte en
delirios místicos y proyectos interminables. Ascenso y caída.Y, mientras tanto,
seguís sin nadie que te lea. Pero bueno, en El sueño de Tesla, aunque el que lo lea
piense que es de Andreoli, si lo lee bien, ahí está el misterio de Emilio Scarone.
—¿Porque hay al final un misterio? ¿Vos estás seguro? ¿No estaremos
inventándolo nosotros, no estaremos inventándolo desde aquella vez que salimos
de tu librería y nos mostró la tapa de Mundo de dragones ?
Le hago la pregunta pero ya sé la respuesta: es mía. Alfredo sonríe y me tiende
la mano.
—Nos vemos pronto —dice—, llámame, hacemos algo. Todavía tenemos que
discutir por qué metiste a todos esos pendejos, a la Fernandez, al otro, a los de la
banda esa de Las Piedras, Space Glitter... que está buena, no te lo niego, tienen
ritmo, pero meter las letras de un grupo de rock en la historia de la ciencia ficción
Uruguaya... no sé...
—Mirá, justo mañana me voy a la casa de ellos en Las Piedras, a ver qué más
tienen para decirme... Continuará, entonces.
—Continuará —repite, y cruza la calle.
Meto las manos en los bolsillos y empiezo a caminar hacia la parada de
ómnibus. Pienso en Alfredo, en Emilio, en aquellos días de 1994, en el presente. Y
sé muy bien por qué han querido entrar en esta historia tantos recuerdos, sé que
tengo que escribir algo más, una novela, una ficción sobre todos nosotros que
calque una por una nuestras historias y sea sin embargo otra ficción, como el
misterio de Emilio, como aquellos años de revistas, miserias y pasión. Emilio
debería ocupar un lugar central y su misterio surgiría de la nada para deshacerse en
espuma, como en el fondo pasa con todas las historias. Escribir una novela para
matar el misterio de Emilio Scarone; hacer la operación que sólo en una novela
puede hacerse, el arco entre la espuma y la espuma, crear un misterio y
abandonarlo a la intemperie, dejarlo a la acción del viento y del sol, como un
palacio en ruinas que en realidad jamás existió más que como ruinas, que fue
concebido en ruinas, levantado en ruinas y que finalmente desapareció, como
desaparece Alfredo de la novela cruzando una calle, como yo que me subo a un
ómnibus, como Emilio contando una vez más otra de sus mentiras, Emilio, que
sale a recorrer todo El Planeta Con Una Sola Calle para llegar, eventualmente, al
punto de partida . O a no llegar nunca.